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Inicios de la Comunicación Social: de la razón crítica al auge de la razón instrumental

Beginnings of Social Communication: from critical reason to the rise of instrumental reason

Os primórdios da comunicação social: da razão crítica à ascensão da razão instrumental

Alicia ENTEL
Argentina

Universidad de Buenos Aires (UBA)
aliciaentel@gmail.com

Chasqui. Revista Latinoamericana de Comunicación

N.º 149, abril - julio 2022 (Sección Monográfico, pp. 55-68)

ISSN 1390-1079 / e-ISSN 1390-924X

Ecuador: CIESPAL
Recibido: 28-01-2022 / Aprobado: 22-04-2022

 

Resumen

Los estudios de Comunicación Social en sentido amplio, que ya han recorrido un siglo en América Latina, se enriquecieron en sus inicios con las dimensiones políticas, sociales, culturales – a veces en tensión- así como con un conjunto de perspectivas teóricas y metodológicas que les permitieron desarrollar prospectiva, anticipar futuro. Tales posibilidades han atravesado un periplo que no los dejó inmunes frente al impacto de los modos de construir poder del capitalismo neoliberal así como de sus legitimaciones socioculturales. El artículo intenta demostrar cómo las huellas de dicha visión de mundo han impactado y puesto en riesgo a la densidad del propio campo. De ahí el pensar en el deslizamiento de la razón crítica al auge de la razón instrumental.

Palabras clave: política; sociedad; comunicación; prospectiva; memoria

Abstract

Social Communication studies in a broad sense, which have already covered a century in Latin America, were enriched in their beginnings with political, social and cultural dimensions -sometimes in tension- as well as with a set of theoretical and methodological perspectives that allowed them to develop prospective, to anticipate the future. Such possibilities have gone through a journey that has not left them immune to the impact of the ways of building power of neoliberal capitalism as well as its socio-cultural legitimations. The article attempts to show how the traces of this worldview have impacted and put at risk the density of the field itself. Hence the thought of the slippage of critical reason to the rise of instrumental reason.

Keywords: politics; society; communication; foresight; memory

Resumo

Os estudos de Comunicação Social em sentido amplo, que já cobrem um século na América Latina, foram enriquecidos em seu início com dimensões políticas, sociais e culturais - às vezes em tensão - assim como com um conjunto de perspectivas teóricas e metodológicas que lhes permitiram desenvolver prospectivas, para antecipar o futuro. Tais possibilidades passaram por uma jornada que não as deixou imunes ao impacto das formas de construção de poder do capitalismo neoliberal e de suas legitimações socioculturais. O artigo tenta mostrar como os traços desta visão de mundo têm impactado e colocado em risco a densidade do próprio campo. Assim, o escorregamento da razão crítica para a ascensão da razão instrumental.

Palavras-chave: política; sociedade; comunicação; prospectiva; memoria

Introducción

En América Latina, la Comunicación Social como fenómeno, así como los estudios de Comunicación y Periodismo han estado atravesados por la dimensión política desde muy temprano. No es extraño; vivimos en una región del planeta que ha padecido siglos de colonialismo y dependencia, de sumisión por violencia y, a veces, de subalternidad agradecida; asimismo también hubo y hay pocas, pero contundentes prácticas de resistencia real. En la trama de estas conflictividades siempre han estado formas de comunicación social, medios y hoy redes también organizaciones, centros, y, por cierto, grupos de poder. Con esto queremos decir que muy tempranamente se advirtió que, por más que se negara o se subordinara a una supuesta neutralidad empresarial, las tendencias y los conflictos de poder estaban presentes en el mundo de la Comunicación.

Si nos remontamos a principios del siglo XX, ya en 1926 el Primer Congreso Panamericano de Periodismo, reunido en Washington, fue el ámbito donde no solo se conjugaron los intereses de grandes empresas de medios gráficos en términos de la formación de los periodistas, sino que también se creó la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) caracterizada por la defensa empresarial de los medios gráficos, que, a su vez, se evidenciaban subalternos en una cadena casi de mando a los intereses, modas y proyectos mediáticos del norte. Por ejemplo, el discurso hegemónico del mencionado Congreso ponía el acento en la llamada objetividad en la prensa. Se conjugaba el recurso positivista de atenerse a los hechos de gran tradición en el siglo XIX, es decir la objetividad, la verificación, con alusiones abstractas a la ética, al bien común. Pero, en verdad, se trataba de proponer una agenda y una formación periodística acorde con intelectuales orgánicos al mundo empresario. Incluso, el propio periodismo se iba consolidando como empresa, así como los periodistas, de considerarse escritores o columnistas literarios, se convertían en “trabajadores de prensa”.

No es casualidad que, dentro de ese mismo clima de época en los Estados Unidos, comenzaran a desarrollarse las tareas de sondeo para advertir el impacto de los medios en las decisiones electorales. Se recuerda como un clásico, en los estudios de Comunicación de todas las Américas, a Harold D. Lasswell, el primer gran ensayista en Comunicación, con el libro Técnicas de propaganda en la Guerra Mundial (1927) que inicia la investigación con el análisis de las interrelaciones entre audiencias y efectos. Posteriormente, Lasswell idea el famoso modelo comunicacional (¿Quién dice qué, a quién, y con qué efecto?, etc.) en el imaginario de un circuito al que había que quitarle ruidos y obstáculos que pudieran interferir en la Comunicación. Se sella una alianza impactante entre el mundo de la política, las empresas y el mundo de la Comunicación. Han sido tan importantes y tan pregnantes estos inicios de investigación que, durante muchas décadas, se expandieron por los estudios como casi la única visión científica posible para Comunicación.

Objetividad nominal1 para el periodismo y sondeos para conocer cómo piensan los pueblos con relación tanto con un producto a consumir como a un candidato político, dos dimensiones que se complementaron en los inicios de los estudios y prácticas de Comunicación. Se operó así un reduccionismo para el propio campo y, al mismo tiempo, se evidenció cómo tales metodologías eran pioneras en los deseos de control social; poco parecía importar el mundo de la vida, las cotidianeidades, la supervivencia, los conflictos laborales, las creencias de vastos sectores de población de la región. Importaba si los medios colaboraban para consumir, para elegir, o bien para aceptar mandatos de gobierno que aseguraran la gobernabilidad.

En este sentido, queremos esbozar la hipótesis de que, en lo que va de un siglo en el pensamiento de Comunicación, se ha desplegado una curva o parábola desde estos inicios con rasgos funcionalistas, pasando por posiciones con ideas muy alejadas de ese origen: reconocimiento de las luchas, las discursividades y de que la comunicación siempre es en la cultura, y la política, de que la Comunicación Social merece estudios críticos, hasta volver de modo resignificado a algo parecido a esos inicios donde, tanto para aceptar o para cuestionar, se vuelve a edificantes y tranquilizantes modos de neofuncionalismo en la creencia de que aplicando sus herramientas se logrará nuevamente comprender y cooptar a unos públicos que ya no son los mismos ni están en el mismo espacio-tiempo. Vamos a esbozar un derrotero.

Sobre la emancipación

Aunque el país quedara por momentos condenado a cierto aislamiento, la Revolución Cubana, en 1959, no fue un hecho separado, sintetizó, de alguna manera, la rebelión frente a años de sojuzgamiento, de dictaduras, y la necesidad real y simbólica de que se terminara con la consideración de una América Latina como lugar del turismo servil, el divertimento prostibular y diversas formas de esclavitud. Fue mucho lo que se habló, estudió y estigmatizó acerca de la Revolución Cubana desde los años 60. Se hizo referencia al comunismo como forma autocrática, a los liderazgos carismáticos, a las insurrecciones violentas, a la intromisión de la entonces llamada URSS. Pero, pocas veces se pone en juego algo tan comunicacional y simbólico como la construcción de las identidades. Es decir, cuando un pueblo se reconoce en su valor y logra alejarse de como diría Hegel la dialéctica del amo y el esclavo. Cuando reconoce que tiene voz propia2 y eso lo enorgullece. Por ello, no es casualidad que aún hoy, pasados más de 60 años, con la permanencia de un bloqueo ya indigno, y con transformaciones que la propia Cuba se dio, continúen los discursos estigmatizadores. Sin embargo, cabe destacar que el impacto de la Revolución Cubana en muy variados órdenes en el mundo intelectual, en las propuestas políticas, culturales, etc. fue proporcional a la enorme tarea de rechazo elaborada desde los centros capitalistas más importantes. Una primera respuesta estuvo en la Alianza Para el Progreso de modo de evitar la expansión de la que muchos consideraron “mancha de aceite”, es decir, que otras “Cubas” se extendieran por el continente. Propició propuestas de reforma agraria, la creación de universidades en la región, planes de alfabetización, modernización de la infraestructura de comunicaciones.

En paralelo y por los cambios tecnológicos, en los años 60 se expandieron canales de televisión, mejoraron las posibilidades radiofónicas. Se consolidaron empresas de medios, y hasta se ampliaron aquellas que solo contaban con medios gráficos. Esto último no fue algo menor. Muy por el contrario, la radiofonía ya venía cumpliendo un papel muy importante en América Latina, para las capas medias, para sectores populares, para el mundo rural casi siempre muy aislado. No solo se expandieron las broadcastings comerciales, sino que y esto interesa especialmente América Latina ha sido muy rica en radiofonía alternativa, en medios alternativos, en agencias que intentaban elaborar información no sometida a los intereses de los grandes conglomerados mediáticos. Fue así como nació, por ejemplo, Prensa Latina, fundada en 1959, por iniciativa de Fidel Castro y contó con el apoyo del periodista argentino Jorge Ricardo Masetti, su primer director general. Allí participaron en ese comienzo, entre otros, Gabriel García MárquezRodolfo Walsh.

Por citar una definición, Luis Ramiro Beltrán pionero en el campo de la Comunicación en una ponencia de 1993 sintetizó parte de su pensamiento histórico, decía

La comunicación alternativa para el desarrollo democrático se centra en la idea de que, al expandir y equilibrar el acceso y la participación de la gente en el proceso de comunicación, tanto a niveles de medios masivos como a los interpersonales de base, el desarrollo debe asegurar, además de beneficios materiales, la justicia social, la libertad para todos y el gobierno de la mayoría. (en Gumucio Dagrón y Tufte, 2008)

La complejidad de este mapa inicial de la Comunicación latinoamericana no puede reducirse a esquemas. Por lo que hemos tratado de mostrar a través de lo fenoménico, convivían conflictivamente, por cierto, las perspectivas funcionalistas, los modos del periodismo que abarcaban desde el sentido positivista antes mencionado con ilusión de objetividad hasta modalidades de ficcionalización de los relatos (non fiction), y más aún periodismo educativo, así como intenciones gramscianas de periodismo militante.

A este caleidoscopio corresponden sumar las acciones y reflexiones ligadas al conjunto Comunicación/Educación por parte de religiosos católicos que también dejaron huella imborrable en el mundo laico de la Comunicación. Si bien la Iglesia Católica ha estado presente desde las acciones colonizadoras, desde las apuestas educativas de diferentes órdenes como los jesuitas, los salesianos, ya en medio del mundo mediático del siglo XX, en los inicios de los fenómenos comunicacionales alternativos y aquellos populares en América Latina hubo muchas acciones confesionales. Merece mencionarse el ejemplo emblemático de comunicación educativa: la creación por parte del padre Salcedo de una radio en Sutatenza (Colombia) en 1947 (Acción Cultural Popular para la alfabetización básica y popular-ACPO). Es sabido que había priorizado dos misiones fundamentales para dicho logro: credo y alfabetización. O alfabetización y credo “para que los campesinos no se dejen llevar por ideas disociadoras”, decía. Con estas enseñanzas de las llamadas escuelas radiofónicas para ámbitos rurales se inauguraba un modo eficaz de educación a distancia que, sin duda, mejoraba la calidad de los campesinos. En la propuesta de Radio Sutatenza se elaboraron cinco cartillas iniciales, cuyos contenidos eran: números, alfabeto, tierra, salud y espiritualidad. “Es la hora de la educación o la hora de la tragedia nacional”,3 decía Salcedo. Frases claves para comprender este proyecto pueden ser: “radio para las escuelas”, “correspondencia con los campesinos”, “presencia contenedora”. Se trataba de un modo peculiar de alfabetización y contención al mismo tiempo.

Otra experiencia inicial emblemática junto a muchas otras que omitimos ha sido la de las radios mineras en Bolivia que jugaron un papel fundamental en el ámbito político y social del país, entre 1930 y 1940. Dieron voz a miles de personas y permitieron fortalecer el sindicalismo de los trabajadores mineros (Kuncar y Lozada, 1984). Desde estos comienzos humildes donde lo educativo y lo laboral estaban muy presentes, se han expandido con vaivenes, prohibiciones y debates legislativos pero de modo exponencial, las radios en la región que no fueron opacadas por el mundo audiovisual y merecieron una cantidad importante de estudios e investigaciones ligadas a su necesidad, identidad y legitimación (Ortega Ramírez y Repoll, 2020).

Así también, tempranamente, se desarrollaron tanto la industria del cine como las formas del documentalismo social. Lo mencionamos porque deseamos poner énfasis en que tanto los medios como la Comunicación Social en Latinoamérica tuvieron como sello importante la tensión entre lo que Walter Benjamin (1980) llamaría la “politización del arte” y la expansión comercial y utilitaria. Así como se podían registrar y había públicos para documentales que mostraban situaciones de inequidad en la región, ya también para los años 70 se expandían grandes empresas comerciales de medios cuya característica similar entre sí era concentrar la elaboración y distribución de información a partir de muy pocas usinas.

Deseo transformador y dependencia

¿Cómo estudiar entonces estos orígenes comunicacionales donde se mezclaban perspectivas funcionalistas de estudios de opinión pública con fenómenos alternativos creados desde las bases, intermitentes en su legitimación, aunque continuos y como expresión de luchas? ¿Con cuáles perspectivas teóricas abordarlos que no cercenaran los fenómenos y a la vez dieran cuenta de su complejidad? ¿Cómo analizar la actuación de destacados intelectuales dedicados a la Comunicación que, al mismo tiempo participaban en la Teología de la Liberación, o habían sido militantes en procesos políticos de alta conflictividad con el orden existente, o bien aquellos que habían participado en el mundo de las empresas de medios?4

Entre las perspectivas que se convirtieron en siembra eficaz, muy tempranamente en los estudios de Comunicación además de las perspectivas funcionalistas antes mencionadas una tuvo que ver con interpretaciones de los textos de Antonio Gramsci, en especial aquellos dedicados a los intelectuales, el periodismo y la educación o el principio educativo como dijera el pensador sardo. La otra, incorporada más en los circuitos intelectuales que en la vida académica, fue la de los representantes de la corriente de Frankfurt. De modo más instrumental las herramientas provistas por la Semiótica.

Así como la Revolución Cubana fue un buen motivo para revisitar las teorías marxistas, el triunfo de Salvador Allende en Chile en los años 70, sus ideas de la revolución en paz, la necesidad de observar profundamente los comportamientos de los sectores populares, también estimularon a investigadores e intelectuales en general, a retomar y recrear, por un lado, las perspectivas sobre qué significaban las llamadas democracias burguesas, y por otro, revisitar, desde una mirada “setentista” con influencia de Louis Althusser, el pensamiento de Antonio Gramsci.

La pregunta por la cultura y por las relaciones de hegemonía no podían responderse solo desde la perspectiva del reproductivismo althusseriano, y mucho menos la circulación de las producciones populares o alternativas, o simplemente de resistencia. En este sentido, el pensamiento gramsciano parecía adecuarse mejor a la comprensión de estos nuevos fenómenos. Conceptos recreados por Antonio Gramsci como los de “sociedad civil” y “sociedad política” que remitían no solo a Marx, sino a la dialéctica hegeliana, conceptos como el de hegemonía como más amplio que el de dominación, ya que incluía a los procesos culturales, y no solo al pensamiento sobre la coerción, descripciones sugestivas como la de “intelectual orgánico” y reflexiones como las de la formación de los periodistas y lo que el pensador sardo llamaba “el principio educativo”, resultaban muy pertinentes para comprender fenómenos latinoamericanos sin la mirada que solo atinaba, con cierto desprecio, a denominarlos “populistas”(Laclau, 2005). Daba pie para intentar entender a los espacios de la sociedad civil como campo de conflictos y no como meros reproductores del orden existente. Por este camino también, a abandonar cierto purismo intelectual para empezar a comprender los gustos populares y a los movimientos colectivos sin tildarlos de carentes de sentido revolucionario. La revista Comunicación y Cultura creada en 1973 en Santiago de Chile por Armand Mattelart y Héctor Schmucler, cuyo prólogo del N.1 sostenía inscribirse en la tradición gramsciana, resultó un interesante espacio de debate. También era de mayo de 1973 el N.1 de la nueva serie de la revista Pasado y Presente, entre cuyos integrantes Francisco Aricó y Juan Carlos Portantiero, a su manera, fueron fundamentales para comprender la recepción del pensamiento de Antonio Gramsci en América Latina (Filippi, 2017). Los responsables de ambas publicaciones componían un núcleo intelectual y político inicialmente afín que luego entró en colisión.

Sin embargo, tuvieron que aproximarse los años 80 para que se extendiera con fuerza la idea de la profunda vinculación entre Comunicación y procesos y prácticas culturales. No fue obra de los inicios, incluso debatió con estos inicios gramscianos, pero la adhesión que suscitó en el campo de la Comunicación merece que se lo ubique entre los fundadores. Nos referimos a Jesús Martín-Barbero y su obra clásica de 1987 De los medios a las mediaciones. Se decía inspirada en los cultural studies de la Escuela de Birmingham, en especial en Raymond Williams. Pero, a nuestro entender, en su obra se reflejaba más una sensibilidad propia para advertir los fenómenos comunicacionales y los gustos populares, la herencia del realismo mágico latinoamericano y huellas de una formación confesional (Entel, 2000).

Por otra parte, como señalábamos, un horizonte de ideas críticas que también estuvo y está presente en los estudios de Comunicación Social es el proveniente de la llamada Escuela de Frankfurt con sus representantes, especialmente de la primera época: Herbert Marcuse, Theodor Adorno, Max Horkheimer, y un poco al margen Walter Benjamin (Entel,1999). Por cierto, que una fue la recepción de estos estudios en los orígenes, y otra es la visión en la actualidad. En la década de los 60-70, el concepto emblemático de esta corriente, “la industria cultural”, se daba de modo aislado y recortado del libro donde pertenecía que era la Dialéctica del Iluminismo de 1944, escrito por Max Horkheimer y Theodor Adorno. Esto era así porque interesaba muy especialmente, en los años 70, la crítica a la idea de mercado como centro de las comunicaciones sociales, y porque la visión de mundo de muchos intelectuales de la Comunicación priorizaba la denuncia y el deseo de profundas transformaciones sociales. También, en este caso fue a fines de los años 80 donde se ampliaron los estudios sobre la Escuela de Frankfurt en toda Latinoamérica; el mundo académico se permitió la crítica de la crítica, y se reivindicó de modo puntual a Walter Benjamin, aunque por momentos, ya en los 90 y en los comienzos del nuevo milenio se desdibujaron un tanto las críticas frankfurtianas a la marcha de las sociedades capitalistas incluidos los medios. La preocupación por las industrias culturales se sumó en especial a los estudios sobre políticas de comunicación que, desde las pioneras reflexiones a partir del emblemático Informe McBride crecieron exponencialmente y hasta fueron una de las áreas donde los saberes académicos se pusieron rápidamente al servicio del logro de legislaciones democratizadoras de la Comunicación Social.

Hemos mencionado a la Semiótica entre las corrientes y visiones de mundo que alentaron los primeros estudios de Comunicación. Las lecturas iniciales tuvieron a los textos de Roland Barthes en el centro e la escena: desde los didácticos cuadernillos de Elementos de Semiología y Análisis de Discurso de los años 50 y traducidos al castellano en 1963 hasta Mitologías de 1957, traducido al castellano en 1980 por Héctor Schmucler. Así siguieron muchos otros textos de gran pregnancia en el mundo de la Comunicación: El grado cero de la escritura, El placer del texto, La cámara lúcida, entre otros. Fue interesante advertir cómo los estudios de Semiótica, que en América Latina también estuvieron inspirados por la obra del argentino Eliseo Verón, obraron como núcleo duro con visos científicos en tanto que a las otras perspectivas se las consideraba algo confusas para los análisis o excesivamente “ideologizadas”. En un análisis crítico (Entel, 2006) se sostiene que “En el afán de consolidar científicamente el campo, la única que ganó fue la Semiótica que se transformó en aquel núcleo duro ansiado por quienes necesitan las ciencias exactas, lo edificante y no se animan a asumir el momento de la negatividad, es decir, el, a veces, impresentable pero imprescindible distanciamiento proporcionado por la duda, la incertidumbre o la antítesis.

Entonces, el campo pareció olvidar las artes y oficios, y hasta la intervención social, y se expandió en innumerables analíticas de cuanto producto mediático real o imaginario circulara. Partidos en pedazos, en fragmentos y en partículas, semas, lexemas, fonemas, morfemas, kinemas, todo retazo mediático podía llegar a convertirse en un gran desparramo de piezas de muchos rompecabezas que no siempre se volvían a componer, y quedaban, como en cuarto infantil, tirados para próximos juegos. Juegos del lenguaje, juegos de los textos y textualidades. Simplemente juegos ¿Estábamos volviendo sin darnos cuenta a la ideología estetizante del artexarte? ¿No era que Comunicación y sociedad constituían un núcleo indisoluble?” (Entel, 2006, p. 71).

Explicamos, y lo reiteramos, que las diferentes visiones intelectuales y tendencias estuvieron presentes en el campo de la Comunicación en una relación a veces conflictiva, por el logro del sentido hegemónico, pero todo ello incluidos los debates entre académicos también abrió horizontes muy ricos de reflexión y acción para investigadores y estudiantes.

No regalar el futuro

Entre las cuestiones que fueron tematizadas bastante temprano en Comunicación pero que estamos dejando ex profeso para el final es, en verdad, estratégica, la de las tecnologías de la comunicación y la información (TIC).

Fueron pioneras, aunque no únicas, las obras de Armand Mattelart (1974) como Agresión desde el espacio, cultura y napalm en la era de los satélites de 1973 donde, el antes demógrafo y luego estudioso de los medios en pleno gobierno de la Unidad Popular en Chile, denunciaba la afinidad entre las estrategias bélicas de los Estados Unidos y las mediáticas. Luego de esta obra emblemática, se desarrollaron investigaciones en diferentes centros académicos de Latinoamérica, a medida que también el mundo telemático se expandía con fuerza. Sin embargo, no todas las voces fueron de crítica ni en el modo Mattelart ni en modos que aceptaban las tecnologías; pero, cuestionaban sus usos.5 Tuvieron mucho éxito las visiones celebratorias, el repetir sin reflexionar que, por ejemplo, las ciudades donde gran parte de la gobernanza está automatizada son “ciudades inteligentes” desconociendo por completo qué quiere decir inteligencia humana, precisamente como dotación contraria a los automatismos.

A partir de esos orígenes la presencia de los estudios sobre tecnologías mediáticas y Sociedad proliferó, no solo porque las transformaciones tecnológicas ya se extendían con éxito en la vida cotidiana y en las producciones mediáticas, sino porque también tuvo éxito, en muchas unidades académicas, la idea de que tales capacitaciones eran indispensables para la formación de buenos profesionales. Se creía que las unidades académicas “ranqueaban” bien si mostraban abundante tecnología, aunque no en todos los casos existía la misma preocupación por la calidad en la producción digital audiovisual. En ocasiones, hubo mucha más tecnología mediática que estudios acerca de las estéticas, memorias e historia de la producción de imágenes y de guiones de calidad que no imitaran los estereotipos propuestos por las industrias. En este sentido, los usos tecnológicos valorables en verdad fueron sometidos a una suerte de vaciamiento de sus contextos de producción, circulación y consumo.

No podríamos fijar los años exactos ya que el debate entre profesionalismo y academicismo ha teñido los estudios de Comunicación desde sus inicios, pero lo cierto ha sido que, de modo sincrónico en la región, tal vez acompañando los proyectos neoliberales de los años 90, dichos estudios, que habían sido densamente críticos y atravesados por la dimensión política en sentido amplio, fueron deslizándose hacia un cierto aplanamiento de la razón crítica y privilegiando la razón instrumental.

Decíamos al comienzo que en América Latina los estudios de Comunicación han tenido especialmente carácter político y predictivo, que asumieron con fuerza el papel estratégico que de hecho poseen las comunicaciones masivas en las interacciones políticas y sociales del capitalismo tardío. Muchos estudiosos de la Comunicación anunciaron lo que vendría ni bien se advertían los primeros síntomas: la concentración de la información, las tecnologías para el control, la política como melodrama y las falsedades y riesgos de las redes. Esto se puede lograr siempre y cuando se reconozca la densidad de los fenómenos comunicacionales, se los examine inicialmente y se los aborde de modo complejo como producción social de sentidos con memoria, historia, contextos y prospectiva. Pero lamentablemente, también los estudios de Comunicación, así como sus prácticas, por momentos, tendieron solo a responder a demandas del mercado, a la hiperespecialización o a una focalización extrema en las investigaciones, lo cual ha redundado en una suerte de ceguera con respecto a los contextos de producción y a la historia encerrada en el mismo objeto de estudio.

Por otra parte, en diferentes épocas y en esto fue pionera América Latina se puso énfasis en alguna dimensión, tópico, especificidad o modo de abordar la Comunicación, y hasta se podrían señalar “momentos”: lo primero fue el Periodismo, luego las Ciencias de la Información, a continuación la Comunicación Social, después Comunicación y Cultura y más recientemente Comunicación y Ciudadanía sin olvidar los atravesamientos transversales respectivamente por la ética, la política y la estética así como las tecnologías. La convivencia de todos estos momentos persiste y enriquece. Pero, ¿qué sucede con la reflexión y la prospectiva? Al parecer habría cierto miedo o desdén por el apropiarse, por parte del ámbito intelectual, del pensar lo que será de la Comunicación Social a futuro, cuáles serían los contextos más enriquecedores y democráticos, y, como si fuera una ofrenda, le regalan el futuro al mundo tecnológico, como si solo este fuera el que puede pensarlo y muchas veces solo en términos de mercado.

Entonces, si los estudios que venimos describiendo, por miedo, o por visión posmoderna de presente permanente, abandonan su capacidad de hacer prospectiva y reduciéndose solo a la eficacia profesional eluden la dimensión política que hizo identidad desde su nacimiento, serán estudios de otra cosa, pero no de Comunicación Social.

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1 Destacamos lo de “nominal” en el sentido de que la mayor parte de las veces era una objetividad solo de nombre o que obedecía a los requisitos de algunos manuales de estilo periodísticos como el no firmar las notas, escribir en tercera persona, todo lo cual no era garantía de objetividad.

2 Salvando las distancias por los modos de gobierno, en Argentina, durante el primer peronismo 1946-1955, una de las evidencias más reconocibles fue que mucha población adquirió conciencia de “trabajadores “y “trabajadoras”, los famosos “descamisados”. Y el logro de esa identidad dio mucha fuerza a la clase obrera no solo para luchar por sus demandas, sino también para soportar los años de resistencia cuando un golpe militar derrocó a Perón (Gené, 2005).

3 Radio Sutatenza: Las cartillas del progreso campesino (en YouTube) 1962

4 Se suele hacer referencia —de modo un tanto patriarcal— a los “padres fundadores” de los estudios de Comunicación en América Latina, algunos de los cuales no solo habían sido comunicadores o profesores universitarios sino también militantes políticos: Antonio Pasquali, Luis Ramiro Beltrán, Armand Mattelart, Héctor Schmucler, entre otros.

5 Se trataba, por ejemplo, de reconocer la relación entre tecnologías y proyectos políticos y pensar en legislaciones democráticas que incorporaran los usos sociales de los medios y las tecnologías. Rememoraban, de alguna manera, aquel famoso debate entre Habermas y Marcuse en Ciencia y técnica como ideología de 1968 incluido en el libro del mismo nombre. El debate tenía como eje si la marcha de las sociedades hacía obligatorio el auge de la razón instrumental y el devenir de las tecnologías de control social o si se trataba, ante todo, de un auge propiciado por determinados proyectos políticos. Esto último era lo que pensaba Herbert Marcuse (Habermas, 1986).

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