Dialogo_TICs_como_bumeran

Las TIC como búmeran. La importancia de una filosofía retroprogresiva en su análisis

ICT as a boomerang. The importance of a retroprogressive philosophy in your analysis

TIC como um bumerangue. A importância de uma filosofia retro-progressiva na sua análise

Cintia Soledad VESPASIANI

Argentina

Universidad Nacional de Lomas de Zamora

cintiavespa@gmail.com

Chasqui. Revista Latinoamericana de Comunicación

N.º 149, abril - julio 2022 (Sección Diálogo de saberes, pp. 243-258)

ISSN 1390-1079 / e-ISSN 1390-924X

Ecuador: CIESPAL
Recibido: 23-12-2021 / Aprobado: 22-04-2022

 

Resumen

Con base en la filosofía retroprogresiva y los estudios englobados en la metafórica teoría de la Ecología de los medios, nace una nueva mirada en torno al desarrollo y evolución de las tecnologías de la información y la comunicación. La misma pretende erradicar la extinción de los medios como simples tecnologías de distribución y da cuenta de la coexistencia y coevolución de especies mediáticas que, a lo largo del tiempo, han aportado al surgimiento de nuevas formas de comunicar. Es por eso que hoy las tecnologías de comunicación digitales son altamente disruptivas, pero, a la vez, retoman rasgos propios de medios preexistentes que parecían enterrados pero que hoy sobreviven en ellos e, incluso, colaboran en su apogeo.

Palabras clave: retroprogresión; TIC; Ecología mediática; remediación: convergencia

Abstract

Based on the retroprogressive philosophy and the studies encompassed in the metaphorical theory of Media Ecology, a new perspective on the development and evolution of information and communication technologies is born. It aims to eradicate the extinction of the media as simple distribution technologies and accounts for the coexistence and coevolution of media species that, over time, have contributed to the emergence of new ways of communicating. That is why today digital communication technologies are highly disruptive, but, at the same time, they retake features of pre-existing media that seemed buried but that today survive in them and even collaborate in their heyday.

Keywords: retroprogression; ICT; media ecology; remediation: convergence

Resumo

Com base na filosofia retroprogressiva e nos estudos englobados na teoria metafórica da Ecologia dos Media, nasce um novo olhar sobre o desenvolvimento e evolução das tecnologias de informação e comunicação. Visa erradicar a extinção dos meios de comunicação como simples tecnologias de distribuição e dá conta da coexistência e coevolução de espécies midiáticas que, ao longo do tempo, contribuíram para o aparecimento de novas formas de comunicação. É por isso que hoje as tecnologias de comunicação digital são altamente disruptivas, mas, ao mesmo tempo, ocupam recursos de mídias pré-existentes que pareciam enterradas, hoje sobrevivem nelas e até colaboram no auge.

Palavras-chave: retroprogressão; TIC; ecologia dos meios de comunicação; remediação: convergência

La velocidad eléctrica mezcla las culturas de la prehistoria con la hez de la comercialización industrial, al analfabeto con el medio alfabetizado y el pos alfabetizado. Colapsos mentales de varios grados de intensidad son un resultado muy frecuente del desarraigo y de la inundación con una nueva información y un sinfín de nuevos patrones de información. (Mc Luhan, 1964, p.37)

La naturaleza omnívora de los nuevos medios

En los últimos veinte años es mucho lo que se ha avanzado en materia de tecnología de información y comunicación. Las TIC han gozado de una extendida y aún vigente fama que parecería haber borrado de un plumazo todo lo construido anteriormente en materia tecnológica.

Pero sin quitarle mérito a lo nuevo, resulta necesario comprender que su naturaleza no es intrínseca a estas sociedades. Al igual que otros desarrollos propios de la época, las TIC no son inherentes a la misma por motu propio sino porque resultan innatas en una evolución que debe tomar en cuenta el desarrollo de procesos anteriores para ser comprendidas.

Con este objetivo, es necesario analizar los rasgos que aún mantienen vivos de medios precedentes y erradicar la falsa creencia de que un nuevo medio viene a matar al medio o tecnología de la comunicación preexistente. Por el contrario, hablamos en este caso de tecnologías digitales que son sinónimo de progreso, ruptura y novedad, pero que conservan un rasgo ineludible: “su naturaleza omnívora” en relación al pasado, el presente y a lo que vendrá. Algo aventurado hace más de medio siglo por la mente brillante de Marshall Mc Luhan, pero que buena parte del mundo parece haber olvidado: “El contenido de todo medio es otro medio…” (Mc Luhan, 1964, p. 30).

Como tal - y en sintonía con la idea que propongo- aunque no puede negarse que las tecnologías de información y comunicación actuales son altamente disruptivas, es determinante en su comprensión y profundo análisis detectar en ellas las huellas de un pasado que vuelve. No en términos de una involución, sino como un “búmeran” que nos habilita una especie de “progreso al pasado”.

Las nuevas formas de comunicación, que vinieron a revolucionarlo todo, llevan impresas huellas del pasado que retornan. Lo inédito y lo ya consumido convergen así en nuevas maneras de comunicar que, al igual que el aparato de madera curvada creada por los australianos, describe una parábola en su recorrido: en algún momento siempre retornarán a su punto de partida.

Es por eso que sería adecuado un revisionismo en torno a los discursos que las abordan: los mismos suelen emparentarlas con la idea de progreso y repeler lo “tradicional” como si fuera mala palabra. Pero se olvidan de que muchos aspectos clave de su funcionamiento vienen a mejorar o profundizar formas de comunicación ya exploradas.

A saber: retoman rasgos dialógicos de la oralidad, descentralizan mensajes como en épocas previas a los MCM, valoran la personalización de contenidos en una lógica similar a la planteada por Walter Benjamin cuando criticaba a las primeras industrias culturales y su pérdida de aura (Benjamin, 1937, p. 44) y hasta cuestionan a los profetas de la linealidad y a quienes postulaban a la tecnología alfabética como única manera de alcanzar la abstracción y el pensamiento racional.

Todo eso sin mencionar los cambios en la percepción del espacio-tiempo y la ética laboral que encierran las nuevas tecnologías, que marcan una ruptura con la organización de la sociedad industrial típica de la modernidad y también nos ofrecen una especie de guiño o reconciliación con el pasado. Un ejemplo es la ruptura de la jaula de acero y las nuevas coordenadas espacio temporales que introducen, que parecen ignorar las miles de reglas impuestas por los Estados-Nación y el capitalismo moderno para regular y controlar a sus sociedades.

En todos estos cambios que se introducen, no hay sólo progreso. Hay también una especie de eterno retorno nietzscheziano. La remediación (Bolter & Grusin, 2010, p.50) o mediamorfosis (Fidler, 1997, p.57) que evidencian las TIC no hacen más que confirmar el rasgo omnívoro de una nueva forma de comunicación que, al igual que este tipo de animales, se alimenta de forma oportunista y generalista de una vasta multitud de especies de diferentes reinos: el pasado, el presente y lo emergente.

De ahí lo radical e importante que resulta un análisis o filosofía retroprogresiva (Pániker, 1985, p. 39) para comprender “estos cambios de escala” entre el hoy y el ayer que introducen, según la mirada azuzada de Mc Luhan (1964, p.29), los medios tecnológicos cuando se tornan invisibles. Y el retroprogreso nos ofrece un binocular perfecto para observar este fenómeno. ¿Anulando el progreso? No. ¿Dejando atrás los avances y volviendo a la aldea agrícola? No. Simplemente yendo “simultáneamente hacia lo nuevo y lo antiguo, hacia la complejidad y el origen…” (Pániker, 1985, p.39).

Es necesaria una mirada que nos habilite a entender lo que hoy está pasando desde el pasado y que, a su vez, nos permita observar el pasado desde lo que hoy está pasando. Sólo de esa manera se podrán derribar los mitos y utopías que hoy giran en torno a las nuevas tecnologías y sus cambios de escala. Pues, no comprender los antagonismos, las ambivalencias, lo arcaico y a la vez el salto evolutivo, reduce el fenómeno a si el mismo es bueno o malo. Este reduccionismo recae, a su vez, en miradas tecnocráticas sobre si los progresos tecnológicos nos llevarán al paraíso o al mismísimo infierno1, y no permite concebir a la tecnología como algo que nos compone y que, por ende, evoluciona e involuciona –va y viene como un búmeran- con nosotros.

La actitud retroprogresiva, por el contrario, nos permite situarnos en medio de la tensión (Pániker, 1985, p.40) y da cuenta de una sociedad más compleja, ambivalente, a la vez primitiva e informatizada. Lo que también evidencia la capacidad adaptativa, la neuroplasticidad, del cerebro humano a los cambios de escala que generan los nuevos medios. Esto es, nuestros cerebros no se adaptaron bruscamente de sostener las cuñas de los primeros tipos de escritura a agarrar una lapicera de pluma o cliquear en un ordenador. La adaptación fue paulatina al ritmo que llevó la penetración de cada nueva ecología de los medios.

En resumen, es necesaria una filosofía retroprogresiva para comprender que las “nuevas” TIC se alimentan de forma omnívora de las miles de innovaciones o técnicas preexistentes (desde el frote de dos ramas para encender el fuego, la tecnología alfabética, la imprenta o los ferrocarriles) y sus respectivos cambios de escala (el calor generado por el hombre, el ordenamiento lineal y lógico de los pensamientos, la masificación de la información o los cambios productivos a raíz de la posibilidad de recorrer distancias a gran velocidad). Y que estos últimos cambios de ambientes o ecologías son mensajes complejos, según diría el teórico canadiense (Mc Luhan, 1964, p. 29), vinculados a un presente que recupera prácticas antiguas y deja también un espacio abierto a lo nuevo, a la incertidumbre.

Una mirada retroprogresiva de las tecnologías de comunicación

Los cambios de escala que trae aparejada esta tercera revolución industrial son muchos y, aunque es cierto que algunos de sus componentes principales (como algoritmos, inteligencia artificial, realidad aumentada) son inéditos en la historia de la tecnología, dan cuenta de un fenómeno que debe analizarse para entender que su gestación se remonta a una variedad de “viejos adelantos” que los hicieron posibles: la convergencia.

El politólogo del MIT Ithiel de Sola Pool fue el primero en proponer este concepto (Pool, 1983) para referirse a un hecho que sólo puede analizarse desde la retroprogresión y que refiere a la hibridación de viejas y nuevas lógicas de direccionamiento de la comunicación y de múltiples lenguajes y medios en un solo soporte o interfaz para hacerlos accesibles.

Hablar de convergencia permite echar por tierra a la llamada “profecía de la sustitución” (Albarello, 2019, p.28) y entender que el carácter omnívoro de las tecnologías de la comunicación radica en su aptitud para nutrirse de todo tipo de tecnologías preexistentes, no matándolas, sino haciéndolas vivir dentro de sí. Esto es, no extinguen a sus predecesoras sino, más bien, las reconfiguran por medio de la convergencia. En analogía con las especies animales de este tipo, no hacen diferencia entre reinos, sino que los absorben todos por medio de la transmisión de “códigos genéticos de tipo comunicativos” (Fidler, 1997, p.59), que serían los múltiples lenguajes de los cuales se nutren.

Esto nos permite concebir a los medios, no como simples herramientas técnicas que se reemplazan, sino como sistemas culturales asociados a determinadas prácticas sociales. Bajo esta lógica, por ejemplo, los vinilos, los cassettes, los CD, los MP3, Spotify, remiten a tecnologías de distribución2, que nacen, se desarrollan y son reconfiguradas o remedadas por sus descendientes; mientras que el sonido grabado que transmiten sería en este caso el medio que evoluciona, el mensaje que a través de una nueva tecnología permite ese cambio de escala.

Entonces, la sustitución de especies tecnológicas sólo puede circunscribirse a dos procesos: el que alienta el comercio y el que promueve la economía de la información. En el primer caso, esta profecía se expresa en la “obsolescencia programada” prevista por las empresas para alentar el consumo y, como diría el sociólogo francés Dominique Wolton, el llamado “vals de las modas” (2000, p.37), una sucesión efímera de tecnologías que parecen superarse (el nuevo Ipod, el nuevo Smartphone) y que generan sumisión entre los consumidores.

En el segundo, en el “knowledge-gap” (Wolf, 1994, p.77) o brechas entre quienes son capaces de manejar las tecnologías y quienes no; por lo que la competencia del más apto ya no tiene que ver con una evolución biológica o genética, como en la naturaleza, sino cultural. En suma, con la necesidad de formar parte de ese círculo virtuoso de tecnologías que generan información que, a su vez, generan tecnologías que fabrican más información, propio de la llamada economía de la información (Castells, 2009, p.100).

Pero la extinción, reitero, no se ve en los medios. Por el contrario, es crucial advertir los reiterados procesos de “remediación” en la historia de las tecnologías. Un concepto desarrollado por Bolter y Grusin (2010, p.50) que también se inspira en los postulados de Mc Luhan para dar cuenta de la evidente contaminación entre viejos y nuevos medios. La remediación consiste justamente en la representación de un medio dentro de otro medio. Es, en alguna medida, lo que Pool definía como “convergencia” y lo que aquí queremos establecer cuando hablamos de la naturaleza “omnívora” de la especie tecnológica.

De acuerdo a lo que establecen Bolter y Grusin (2010, p.38), la doble lógica sobre la que se funda la remediación (transparencia u opacidad) advierte que tanto la naturaleza inmersiva de las nuevas tecnologías como su configuración opaca o hipermedial han absorbido aspectos de viejos medios o tecnologías de la comunicación. Las TIC se nutren de la transparencia o capacidad de desaparecer de medios o técnicas antiguas como la pintura realista basada en el uso de la perspectiva o la fotografía (hoy típicas de los sistemas inmersivos de realidad virtual, por ejemplo) que ocultan su dispositivo; y también devoran la opacidad presente en los wunderkammers3 de la época barroca, las vanguardias del SXX o el hip-hop, donde el medio es opaco y se impone a su contenido (como ocurre hoy con la triple W).

La teoría metafórica de la “Ecología de los medios” tan bien delineada por Scolari (2015, p.29) contribuye a este análisis. Porque la única manera de entender que las TIC actuales funcionan como un búmeran histórico de ida y vuelta entre todas las tecnologías remediadas a lo largo del tiempo es dar cuenta de la relación fundamental que los medios establecen con su entorno. Al punto de volverse invisibles y formar parte intrínseca de las sociedades. Ese ambiente que generan a su alrededor las tecnologías que nos constituyen, y que cambian nuestros modos de percepción, se dan de forma inconsciente.

Pero si hacemos el esfuerzo de racionalizar y reflexionar sobre cada uno de ellos, daremos cuenta de este ir y venir, de esta especie de eterno retorno nietcheziano, relacionado a la convergencia de lo viejo y lo nuevo, lo arcaico y lo informatizado, lo moderno y los pos moderno, lo “pre parentético, parentético y pos parentético” (Piscitelli, 2011, p.26) en materia de tecnologías de comunicación.

Con ese fin, repasaremos ejemplos concretos que cada uno puede poner a propia consideración:

1. En la comunicación actual se extienden y recuperan, tomando la tétrada de Mc Luhan (1988) ciertos rasgos dialógicos de la oralidad. En una vuelta atrás o retorno del búmeran, y tal como lo establece con pesar el lingüista Raffaele Simone:

(…) a finales del SXX, hemos pasado gradualmente de un estado en el que el conocimiento evolucionado se adquiría, sobre todo, a través del libro y la escritura (es decir a través del ojo y la visión alfabética o, si se prefiere, a través de la inteligencia secuencial) a un estado en el que éste se adquiere también -y para algunos principalmente- a través de la escucha (es decir el oído o la visión no alfabética), es decir, a través de la inteligencia simultánea”. (Simone, 2000, p.37)

El filósofo argentino Alejandro Piscitelli retoma esta idea al abordar la tesis del “Paréntesis de Gutemberg” (2011, p.25), delineada por el profesor Lars Ole Sauerberg, según el cual la era digital y las nuevas tecnologías de la comunicación conciben un cierre del paréntesis de quinientos años en los que dominó la imprenta, bajo el reinado de la tecnología alfabética y la inteligencia secuencial.

Esto no significa la muerte del libro impreso ni de la linealidad alfabética, sino más bien –si usamos la proyección retroprogresiva como lupa- un retorno a ciertas costumbres y hábitos vinculados a la creación de conocimiento por vía de la oralidad. El cierre del paréntesis supone hoy en día el fin de la hegemonía del libro como único método para producir y adquirir conocimiento y un regreso a la creación colectiva de obras, concebidas como procesos permanentes y no como productos terminados.

Remite a las viejas epopeyas homéricas y a la tradición oral en la transmisión de saberes. Como relata Piscitelli en otro de sus trabajos (2005, p.136), la propia Escuela de Toronto, referenciada en Mc Luhan, investigó obras como “La Odisea” y “La Ilíada” y advirtió que ambas eran resultado de una producción colaborativa que, además de al gran Homero, incluyó a memorizadores y poetas que fueron reproduciendo estos innumerables versos con la ayuda de reglas mnemotécnicas ante la inexistencia aún de la escritura como técnica de registro.

Este rasgo colaborativo en la producción de conocimiento hoy también tiene razón de ser de la mano de las nuevas tecnologías que, como advierte el propio Walter Ong, componen una especie de “oralidad secundaria” (Ong, 1982, p.10) al recuperar ciertas lógicas tribales y colectivas en la transmisión del conocimiento y la información, que eran propias de la era pre-parentética. Es decir, de la “Galaxia Homero”, previa a la “Galaxia Gutemberg”.

La oralidad reaparece no sólo en la primera telealfabetización, vinculada a los medios de comunicación de masas, sino también de la mano de las tecnologías digitales. Ya sea con la mensajería instantánea, donde se narra de forma coloquial y también se envían mensajes de voz, en las redes sociales, en Skype o en los Podcast. Allí se da una especie de hibridación entre oralidad y escritura, entre la fijeza del texto escrito y la fugacidad de la palabra oral, entre la composición individual, autónoma y estable y la creación colectiva, apropiada y recontextualizada.

El sampleo, el remix, la narrativa transmedia (Scolari, 2013), las wikis, son algunos de los ejemplos pos-paréntesis de Gutemberg (Piscitelli, 2011, p.26) que retoman ese rasgo recreativo, colectivo, contextual e inestable, de tipo performativo, que tenía antes la trasmisión de conocimiento. Lógica que hoy se advierte en la “inteligencia colectiva” (Levy, 1994, p.20) y las “multitudes inteligentes” (Rheingold, 2002, p.14) que promueven las redes.

Este nuevo tipo de ecosistema comunicativo, donde la oralidad convive con diferentes modalidades de escritura, recuerda el concepto de “aldea global” alentado por Mc Luhan (1962) que, aunque fue fuertemente criticado, parece haber descrito (ya hace medio siglo) ese retorno o vuelta a los tipos de comunicación más tradicionales: el hombre regresando a su condición tribal de aldea –caracterizada por lo oral y lo co-presencial- pero a escala planetaria con motivo de la globalización de las comunicaciones.

El esfuerzo en el análisis de tipo retroprogresivo se encuentra concentrado aquí en la necesidad de comprender que esta vuelta parcial a la oralidad no tiene que ver con un retorno a la época de las “cavernas”; sino más bien con esta instancia pos-parentética que permite hibridar, remediar o hacer converger a ambas formas de comunicación en un solo soporte.

2.Otro aspecto retrospectivo de las TIC es la impronta descentralizadora de sus mensajes. Este rasgo distintivo que traen consigo las nuevas tecnologías parece ignorar el extendido desarrollo de la modalidad broadcasting típica de los medios de comunicación de masas, que ocupó buena parte del siglo XX.

Aquella imponía una lógica mediática acorde a los tipos de sociedad y producción de la era moderna en la cual se forjaron. Establecieron un esquema de comunicación uno a muchos que se amoldó a creaciones industrializadas y estandarizadas de sociedades de masas que inauguraron una veta antes no explorada: la distribución de contenido cultural de forma masiva.

El contexto en el cual se forjaron tuvo que ver con el desarrollo de los Estados-Nación y las democracias de masas, que abrieron la posibilidad de que los ciudadanos eligieran libre y masivamente a sus representantes, bajo el amparo de los estrenados valores de la Revolución Francesa. Semejante escenario propugnó el surgimiento de sociedades de masas, ungidas también en el marco de las tendencias igualitaristas que inauguró la llamada revolución industrial.

Fueron las innumerables técnicas de producción que introdujo esta última las que abrieron las puertas a la masificación de bienes y servicios, igualando condiciones y satisfacción de necesidades varias. A su luz, las industrias culturales, previamente concebidas como instrumentos únicos e irrepetibles con un “aura” o singularidad propia, a decir de Benjamin (1937, p. 44), también comenzaron a serializarse.

Y en esos moldes modernos, de producción estándar y centralizada, es que se cocinaron los medios de comunicación de masas que, gracias a su pervasividad, instauraron un modelo en el que el flujo de la comunicación se emitía de arriba hacia abajo, de un medio o centro a una masa. Lo que permitió que la comunicación discurriera de forma intensiva, aunque sólo controlada por la instancia que detentaba el poder de emisión.

Hoy el panorama cambió. Las tecnologías digitales marcan un salto retroprogresivo porque, a la vez que progresan, también regresan a la desintermediación propia de la época previa a los MCM. Las redes digitales permiten conectarnos emulando su naturaleza física. Y esa reticularidad propia de sus nodos es la que también hoy se observa en las comunicaciones de toda índole.

Disfrazada bajo una pseudo comunicación interpersonal -aunque mediada por tecnologías, apps e interfaces- los mensajes que antes no tenían respuesta o réplica, hoy dan lugar a que múltiples peers o prosumidores (Toffler, 1980, p.10) los respondan. Este rasgo interactivo de la comunicación promovido por las TIC es posible gracias a un cambio de paradigma en el direccionamiento de la comunicación. Es que esa distribución masiva que tanto maravilló desde principios hasta mediados del siglo XX hoy ha dado paso a otra realidad aún más extraordinaria: el acceso. Pasamos de la distribución masiva de información bajo modelos centralizados y jerarquizados a un acceso irrestricto (Orihuela, 2002) por parte de audiencias que, por su rasgo interactivo, hoy se transformaron en peers o usuarios.

Se evidencia, así, un flujo que ya no es vertical y centralizado, sino que, emulando una red, da cuenta de una comunicación sin centro, de tipo reticular. En la cual se impone la llamada “autocomunicación de masas” que describe Castells (2009, p. 88) para dar cuenta de tres aspectos clave de la descentralización: es el usuario el que genera el mensaje, el que define los posibles receptores y el que selecciona los mensajes o contenidos de la Web.

Así las cosas, bajo el reinado de la modernidad y la mentalidad industrial, emergieron sociedades de masas que concibieron modelos de comunicación unidireccionales, verticales y centralizados de uno (medio) a muchos (masa). Mientras que hoy en plena pos modernidad, emerge una especie de sociedad individualista de masas (Wolton, 2000, p.162) que, aunque contempla la producción en serie y los mensajes masivos, se caracteriza por la difusión reticular, horizontal y descentralizada de muchos (medios y peers) a muchos (medios y peers), similar a la que existía previo a los MCM.

Allí se ve claramente la “inteligencia colectiva” que hoy promueven las redes. Este concepto de Pierre Levy (1994, p.20) refiere justamente a ese poder de emisión distribuido, en clara ruptura con el centralismo propio de la masividad y en sintonía con la vieja tradición de la creación conjunta de obras como procesos permanentes que se transmitían de generación en generación.

3.Se advierten nuevas percepciones espacio temporales que, aunque no retoman las viejas formas de medir y concebir el tiempo y el espacio, dan cuenta de los medios como ambientes que hoy eluden la linealidad constante y las ansias de conquista territorial típicas de la modernidad.

Es que las nuevas TIC introducen un nuevo tiempo policrónico -que funciona y se explota en distintos niveles- y multitasking que esquiva a la coherente y alabada linealidad impuesta por el mecanismo tecnológico más adorado por el capitalismo moderno: el reloj. No es que volvamos al tiempo biológico y natural de las sociedades agrarias, pero sí nos situamos un paso por delante o un paso por detrás del famoso conejo blanco de Lewis Carroll que se escurría al ritmo de su agobiante tic-tac.

Lo revolucionario de las tecnologías digitales es que traen consigo la posibilidad de dejar atrás ese Cronos o tiempo cuantitativo mercantil de la modernidad, que se caracterizaba por su linealidad, su abstracción y su naturaleza monocrónica, según Hall (citado por Scolari, 2008, p.279). Esta última en virtud de una perspectiva económica que lo dividía en bloques y lo ponía al servicio de la planificación, el respeto por las jornadas laborales y los calendarios.

El extraordinario manejo del tiempo que nos ofrecen las nuevas tecnologías digitales plantean también cambios rotundos en los espacios que, al poder ser alcanzados rápidamente por medio de una comunicación instantánea de fibra óptica, parecen reducirse. En este estadío, el tiempo no deja de ser valorado. Sino más bien es deconstruido: adquiere un nuevo valor que ya no está asociado a los usos y significados del capitalismo moderno sino a una idea menos rígida y más flexible o fluida, más cercana a la de los tiempos pre industriales y pre fordistas, pero no por eso menos ambiciosa.

El caso es que, si la sociedad informatizada no sirve para recuperar las virtudes de una sociedad preindustrial, no sirve para nada. Ya se sabe que antes de inventarse el reloj y el calendario, los hombres no tenían la obsesión del tiempo que pasa. Pues bien; si algún sentido tiene un mundo informatizado y electrónico es el de permitirnos recuperar la vieja libertad de un mundo sin tiempo abstracto, de un mundo perpetuamente reinventado cada día (Pániker, 1985, p.40).

Estas nuevas implicancias espacio temporales modificaron ciertas concepciones culturales, como por ejemplo en relación al valor de lo público y lo privado. Si hay algo que fue decisivo en los sistemas políticos modernos de Occidente fue la división explícita entre ambas instancias, sobre todo por el valor de la propiedad privada en el auge del capitalismo moderno.

Mientras que diversas tecnologías sustentaron a lo largo de la historia esta división bien marcada, las tecnologías digitales la han puesto de cabeza. El surgimiento de comunidades virtuales y redes sociales ha desplazado los límites entre lo público y lo privado, superponiendo espacios individuales y colectivos, de forma similar a lo que ocurría en las sociedades pre industriales.

Tal como explica Sibilia (2008, p.27) pasamos de esa “sociedad disciplinaria” en palabras de Michael Foucault (1976), que rigió desde finales del siglo XVIII hasta mediados del siglo XX y que se caracterizaba por subjetividades “introdirigidas”, a una nueva forma de “ser o estar en el mundo” que es más afín a la espectacularización y la publicitación de lo privado, dando lugar a personalidades “alterdirigidas” y más pendientes de la mirada ajena.

Algo que no hace más que dar cuenta de un cambio en las concepciones de tiempo y espacio, que alteran la forma de constituirse y auto percibirse y dejan atrás al tipo de subjetividad hegemónica propia de la era moderna, adecuándose más a sociedades donde la nueva lógica capitalista ya no pasa por cronometrar la producción, sino que la misma abarca toda la vida, pero sin panóptico.

Esto no implica un retorno a las cavernas, pero sí una vuelta a ciertas formas ya exploradas de producción acordes a concepciones espacio temporales distintas, más libres y menos orwelianas si así se quiere. Dejamos atrás el Cronos moderno, la flecha que nos empuja ciega y obstinadamente hacia adelante, y recuperamos algo del Kairos, de ese tiempo más inestable, que va más de la mano con la inspiración y el sentido de oportunidad.

4.En línea con lo anterior, se observan rotundos cambios en la ética laboral a partir de la nueva vinculación entre trabajo y tiempo, que retoma modelos laborales menos rígidos y cronometrados. Aunque el trabajo atado al suelo y las jornadas horarias siguen vigentes, las TIC también dan lugar a nuevas experiencias bajo un tiempo más flexible y menos dependiente del reloj, como en instancias previas a la modernidad.

El filósofo finlandés Pekka Himanen (2001, p.14) lo ha retratado muy bien en su consideración respecto de la nueva ética laboral que encierra la llamada era de la información: el estilo “hacker”. Concepto que ha sido erróneamente asociado a los “delitos informáticos” pero cuyo origen está alejado de la “piratería” y, en cambio, remite a la pasión y el entusiasmo por superar un problema. El hacker puede resolver inconvenientes informáticos, mecánicos o artísticos. Es decir, puede no estar ligado indefectiblemente al software. Pero sí da cuenta de una relación apasionada con el trabajo que realiza.

Este vínculo con el trabajo, visto más como propósito personal y como auto realización, aleja la creencia de la labor únicamente como deber, filosofía que ha sostenido al capitalismo moderno tras la Reforma protestante y que ha diseminado este “pensamiento monástico”4 en la ética laboral de todo el mundo. Tal como teorizaba Max Weber (1905), el trabajo era el fin en sí mismo y el fundamento central de la cultura moderna, que fomentaba la mentada culpa cristiana para garantizar una labor “bien hecha”. La jaula de acero y la consigna “el tiempo es oro”, popularizada por Benjamin Franklin, sostenían el espíritu de este primer capitalismo en relación a la necesidad de explotar al máximo el tiempo con trabajo duro y sacrificio. Porque el sacrificio, luego, era recompensado por Dios.

Esa idea tan familiarizada y enraizada en nuestras sociedades, pero a la vez tan poco natural, hoy choca con nuevas concepciones ideológicas que encuentran lugar ante la caída de esos grandes relatos que sostenían a la modernidad. No sólo la secularización de las sociedades ha hecho lo propio; sino la misma economía, que hoy ya no depende tanto de esa jaula de acero, de ese panóptico orwelliano, como sí de los datos, el conocimiento y la información, que circulan libremente y a toda hora en la red.

La ubicuidad de las tecnologías fomenta una nueva modalidad de trabajo que, al poder ser ejecutado en tiempos y espacios más flexibles, permiten optimizar las tareas y hacer convivir esas labores con otros quehaceres cotidianos. Entonces el trabajo sigue siendo el centro, pero es visto bajo otra lógica: ni como castigo (pre protestantismo) ni como deber o salvación (protestantismo).

Es habitual que ya no se trabaje por jornada laboral, por lapsos monocrónicos y cronometrados, sino por objetivos. Y aunque el tiempo sigue siendo oro y el trabajo continúa rigiendo nuestras vidas, el mismo ya no juega un rol carcelario, sino que convive con las pasiones y la realización personal a través del mismo. Del “deber” de trabajar a valorar la naturaleza misma del trabajo, tal como sucedía antes de que el fordismo y la maximización del beneficio a bajo costo propia de la modernidad lo ocuparan todo. En otro paso marcha atrás, entonces, las economías viran hacia la desindustrialización.

5.En la llamada economía de la información encontramos nuevas formas de concentración y vigilancia, que hoy se retoman de forma tan silenciosa como imperceptible.

En materia de consumo comunicativo y cultural, la triple W de espíritu libertaria creada por Tim Berners Lee venía a romper con el paradigma de la concentración. La promesa giraba en torno a nuevos espacios para crear medios de información independientes, expresarse más libremente, romper con la intermediación típica de los medios de masas y quebrar la cultura monopólica de las pocas empresas que detentaban el poder de emisión.

Y aunque todo eso fue una realidad en su primera década de vida, en los siguientes veinte años ese espíritu se ha ido desvaneciendo. Las industrias culturales, tan golpeadas en principio con la digitalización, han ido adaptándose y encontrándole una veta al negocio: personalizar contenidos y recopilar, en su consumo, datos sobre los perfiles de los usuarios para poder ofrecérselos a un alto costo a sus verdaderos clientes, los gigantes publicitarios.

Los oligopolios mediáticos de las industrias culturales analógicas -nacidos a la luz de la desregulación financiera de los ‘80 en adelante- fueron desarticulados por las nuevas tecnologías. Pero estas últimas dan paso hoy a una nueva especie de, como dice Bustamante, “gigantismo global y multimedia” (2005, p.7), que fomenta la integración entre redes, operadores de telecomunicaciones y fabricantes de software con las grandes corporaciones mediáticas. Y, por ende, le abren nuevamente las puertas a la concentración.

La única diferencia aquí es que la vigilancia y el panóptico en el capitalismo moderno saltaban a simple vista, con reglas preestablecidas y aceptadas. Mientras que hoy, toda la información y los datos que cada usuario, como materia prima del sistema, le ofrece a esta nueva economía “extractiva”, en palabras de Zuboff (2015), pasan casi desapercibidos. La vigilancia está allí, nuevamente. Aunque no la veamos.

La ecología y el espejo retrovisor

Todo deviene entonces de comprender que las innovaciones tecnológicas, y entre ellas las nuevas tecnologías de comunicación, con sus cambios, fluctuaciones y retroprogresos, no hacen más que imitar la complejidad de los sistemas vivos, la entropía que da lugar al cambio. De ahí la importancia de la ecología de los medios y la mirada retroprogresiva para concebir a nuestras sociedades y tecnologías como un todo unificado y complejo que progresa y, a la vez, retorna

La metáfora ecologicista ofrece un marco esencial para pensar la evolución tecnológica de los medios de comunicación en consonancia con la evolución de las especies. Pero erradicando la idea de la extinción, que nos insta a consumir sin conciencia y nos hace creer que la supervivencia de un medio siempre está ligada a la muerte de otro, y poniendo el foco en una ecología mediática que, como en el reino de las especies naturales, parte de la complejidad y del principio del orden a partir del desorden.

Sólo así se entiende el enfoque retroprogresivo que nos permite cambiar de foco: virar nuestra visión obnubilada e ingenua en torno al progreso indefinido para redireccionarla a una mirada que eluda la simplificación lineal de la modernidad y tenga en cuenta la complejidad mediática, histórica y cultural que ya llevamos transcurrida para estar parados en este presente.

La evolución y adaptación de los medios, propia de la convergencia, así nos lo hacen ver. Ese carácter estigmergético (Levy, 2015) que reina en la comunicación y que imita la extraordinaria capacidad auto organizadora de las especies naturales para subsistir da cuenta de cómo las tecnologías mediáticas coexisten y coevolucionan (Fidler, 1997, p.58) en el marco de una complejidad comparable a esos sistemas naturales.

Así como las especies evolucionan para adaptarse a un ecosistema cambiante, también lo hacen las tecnologías vinculadas a la comunicación para adaptarse a un mundo mediático complejo y, por ende, anárquico y caótico, como todo sistema vivo.

Entonces, lo disruptivo de las nuevas tecnologías de comunicación se evidencia en el mensaje de las mismas, esto es en los cambios de escala y de percepciones que introducen en nuestras vidas y que fluctúan entre un ayer, un hoy y un mañana de retorno constante. Mientras que parte de los contenidos de estos nuevos medios siempre van a ser medios remedados o tecnologías preexistentes, lo que determina su rasgo omnívoro. El eterno retorno nietzcheciano, la posibilidad de estas formas de comunicación de repetir patrones o retomar hábitos aprehendidos en el pasado para lanzarnos a lo nuevo nos ubica en una especie de transhistoria. Nos instala como espectadores privilegiados de un devenir ya construido, pero, a la vez, lleno de incertidumbre.

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1 Ambas miradas reeditan el viejo conflicto planteado por Umberto Eco a mediados de los `60 en relación a la aparición de la cultura de masas, en torno a la cual bautizó a los teóricos de la comunicación en corrientes denominadas “apocalípticos” e integrados”. (Eco, 1964). Hoy ese fenómeno es advertido entre los llamados tecnofóbicos y tecnofílicos o “continuistas críticos” y “discontinuistas acríticos” (Scolari, 2008 p.123).

2 Henry Jenkins, por medio de la historiadora Lisa Gitelman, ofrece un modelo de medios que funciona en dos niveles: en el primero, un medio es una tecnología que posibilita la comunicación; en el segundo un medio es un conjunto de protocolos asociados a prácticas sociales y culturales que se han desarrollado en torno a dicha tecnología. Los sistemas de distribución son única y exclusivamente tecnología, los medios son también sistemas culturales. (Jenkins, 2006, p.24).

3 Analogía tomada del trabajo de Bolter y Grusin. Remite a los cuartos de maravillas, también llamados gabinetes de curiosidades, en los que los nobles y burgueses europeos de los siglos XVI, XVII y XVIII coleccionaban y exponían objetos exóticos y eclécticos, de distintos rincones del mundo.

4 La cultura monástica proviene del funcionamiento de los monasterios. En el siglo VI, por ejemplo, la regla monástica de San Benito exigía a todos los monjes que consideraran un deber el trabajo asignado, y a los hermanos haraganes les alertaba de que ‘la inactividad es la enemiga del alma’. Era inconcebible que los monjes pudieran discutir el trabajo que les era encomendado (Himanen, 2001, p.17).

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