DdS_La_construcci_n_social_de_plataformas_digitales

La construcción social de plataformas digitales y la experiencia de la vida cotidiana ¿cómo funcionan los objetos técnicos en época de confinamiento social?

The social construction of digital platforms and the experience of everyday life, how do technical objects work in times of social confinement?

A construção social das plataformas digitais e a vivência do cotidiano, como funcionam os objetos técnicos em tempos de confinamento social?

Mauro Cerbino

Flacso Ecuador / mcerbino@flacso.edu.ec

Natalia Angulo

Universidad Central del Ecuador/naangulo@uce.edu.ec

Chasqui. Revista Latinoamericana de Comunicación

N.º 143, Abril-Julio 2020 (Sección Diálogo de saberes, pp. 291-314)

ISSN 1390-1079 / e-ISSN 1390-924X

Ecuador: CIESPAL

Recibido: 02-06-2020 / Aprobado: 04-07-2020

Resumen

Este artículo busca analizar las experiencias vividas y construidas a través de las tecnologías y sus técnicas de información y comunicación en medio de la pandemia mundial. Por supuesto este ejercicio de indagar en las realidades, tan particulares en los distintos órdenes de la vida social, implica adentrarnos en las nuevas formas de intercambio social y en las distintas prácticas comunicativas en esta época de confinamiento, que ni son tan nuevas y en ciertos casos no tan comunicativas.

La investigación, de corte cualitativo e interpretativo, consideró la morfología de uso de la plataforma ZOOM en relación a la experiencia de la vida cotidiana (en los ámbitos afectivos y laborales) a través de la discusión con docentes investigadores de Ecuador, Brasil y Chile.

Se observó principalmente que el mercado es el que determina las reglas con las que se configuran las distintas dimensiones vitales. El mercado, de la mano con distintas tecnologías e Internet, construyen los nuevos espacios sociales con nuevas posiciones sociales. En este entramado se identifican subjetividades que, a través de las máquinas intentan organizar la vida y los afectos en función de lo que gobiernos y empresas nos han vendido como “nueva normalidad”.

Palabras clave: control social, cultura digital, ciberpolítica, objetos técnicos, tecnologías de la información y comunicación

Abstract

This article seeks to analyze the experiences lived and built through information and communication technologies and techniques in the midst of the global pandemic. Of course, this exercise of investigating the realities, so particular in the different orders of social life, implies delving into the new forms of social exchange and the different communicative practices in this time of confinement, which are not so new and in certain cases. not so communicative cases.

The research, qualitative and interpretive, considered the morphology of use of the ZOOM platform in relation to the experience of daily life (in the affective and work areas) through discussion with research teachers from Ecuador, Brazil and Chile.

It was mainly observed that the market is the one that determines the rules with which the different vital dimensions are configured. The market, hand in hand with different technologies and the Internet, build new social spaces with new social positions. In this framework, subjectivities are identified that, through the machines, try to organize life and affections based on what governments and companies have sold us as a "new normal".

Keywords: social control, digital culture, cyber politics, technical objects, information and communication technologies

Resumo

Este artigo busca analisar as experiências vividas e construídas por meio das tecnologias e técnicas de informação e comunicação em meio à pandemia global. Certamente, este exercício de investigação das realidades, tão particulares nas diferentes ordens da vida social, implica aprofundar as novas formas de intercâmbio social e as diferentes práticas comunicativas neste tempo de reclusão, que não são tão novas e em certos casos. casos não tão comunicativos.

A pesquisa, qualitativa e interpretativa, considerou a morfologia de uso da plataforma ZOOM em relação à experiência da vida cotidiana (nas áreas afetiva e de trabalho) por meio de discussão com professores pesquisadores do Equador, Brasil e Chile.

Observou-se principalmente que o mercado é aquele que determina as regras com que se configuram as diferentes dimensões vitais. O mercado, junto com as diferentes tecnologias e a Internet, constroem novos espaços sociais com novas posições sociais. Nesse quadro, identificam-se subjetividades que, por meio de máquinas, procuram organizar a vida e os afetos a partir do que governos e empresas nos venderam como um “novo normal”..

Palavras-chave: econtrole social, cultura digital, cibernética, objetos técnicos, tecnologias de informação e comunicação

1. Consideraciones iniciales para el diálogo

Reflexionando por un momento en las maneras en las que se van incorporando las distintas tecnologías de información y comunicación, así como sus objetos técnicos a la experiencia de la vida, los términos del argot tecnológico y sus artefactos también se van incorporando al lenguaje cotidiano. Como señalaba Jose Van Dijck (2016) cuando una empresa se vuelve verbo, como tuitear o googlear, es porque ha alcanzado “el pináculo del éxito” (p. 14) porque ha sido capaz de filtrarse en las distintas dimensiones vitales. Esto también ha ocurrido con ciertas marcas que van definiendo disposiciones y posiciones en el espacio social (Bourdieu, 2015) como cuando se hace referencia a instagramers o youtubers, lo que significaría que rápidamente las marcas son capaces de volverse sinónimos de una terminología básica relacionada con actividades sociales y a veces, hasta reemplazarlas.

Esto nos remite a un horizonte de comprensión más amplio sobre las formas en las que se construyen los objetos técnicos en este contexto y que probablemente, con sus mutaciones, constituyan el signo de toda una época que ya venía gestándose desde los años noventa. Lo que sucede es que en términos de afectos y deseos cada época desarrolla su propio lenguaje y su propia gramática que no se circunscriben a los lenguajes formalizados de la escuela o la familia (Guattari, 2006).

Actualmente, escuchar que las personas “tiene un zoom” a determinada hora implicaría, en esa suerte de sinonimia, la sustitución del término videollamada o videoconferencia por una designación distinta de la experiencia de la comunicación mediada por tecnologías. Sin embargo, esta forma de llamar a las actividades a través de los nombres comerciales de ciertos objetos técnicos nos coloca frente a algo más que una cuestión de forma en relación al uso del lenguaje; sino que establece la necesaria problematización sobre la construcción social de los objetos técnicos, pensando en que en estos momentos, las plataformas web para realizar videollamadas, unas más populares que otras, parecieran ser las únicas y mejores vehiculizadoras de las relaciones sociales vitales. De tal forma que ya no se cuestiona su omnipresencia en la vida cotidiana porque es muy difícil reimaginar la vida postpandemia sin estas plataformas digitales.

Lo cierto es que el distanciamiento físico y el confinamiento permitieron que hoy veamos con más claridad la modificación de las prácticas sociales y culturales en diálogo con los sistemas tecnológicos, así como las formas de acceso y uso de la información de los que ya se venía hablando hace tiempo. Nos referimos a los análisis que van a contrapelo de un determinismo tecnológico que ha logrado instalar una tendencia, casi generalizada, de la visión puramente entusiasta de las TIC, dejando de lado la posibilidad de visiones más críticas sobre las tensiones irresueltas entre tecnologías y sociedad.

Estas formas en las que se construyen los objetos técnicos dependen del estado preindividual de esos objetos antes de su individuación en el ciberespacio (Simondón, 2009) donde entran en juego infraestructura tecnológica, informaciones y personas. En realidad, hablar de ZOOM nos permite colocar sobre la mesa un pretexto para analizar, desde la economía política de la comunicación, los modos en que se define este nuevo orden mundial político y económico que ya venía consolidándose, entre otras cosas, gracias a su estrecha y funcional relación con la tecnología y que, con la crisis mundial sanitaria, logró afinar sus estrategias para permear a todos los aspectos de la vida.

2. Metodología

La investigación se trabajó a partir de una metodología cualitativa, a través de un ejercicio hermenéutico, que parte de un encuadre teórico crítico del determinismo tecnológico, y que consideró el estudio del lugar que adquiere ZOOM en la vida diaria. Esto con la finalidad de aproximarnos a un tipo de entorno digital que, según varias fuentes de información, se ha convertido en una de las plataformas preferidas para la realización de videoconferencias en esta época de confinamiento social.

La decisión de seleccionar a esta plataforma proviene de una investigación previa a distintas bases de datos que señalan las ventajas de esta frente a otras, lo que incidió en que ZOOM sea la aplicación más descargada en América Latina entre 25 de marzo al 1 de abril de 2020.

A partir de esta primera decisión sobre el entorno que vamos a analizar, se optó por la realización de un grupo focal de acuerdo a un diseño muestral cualitativo en función de los siguientes criterios de selección: a) seis docentes (tres hombres y tres mujeres) de tercer y cuarto nivel de la educación superior relacionados a la investigación sobre comunicación digital, antropología, sociología, filosofía de la técnica, antropología y periodismo, que se encuentren entre los 25 y 64 años de edad1, b) frecuencia de uso de plataformas para videoconferencia (al menos una vez al día), c) que tengan descargada la aplicación ZOOM, tanto en su celular como en su laptop o computadora de escritorio, lo que daría cuenta de un uso multimodal de la plataforma y una necesidad de conexión desde varios dispositivos, y finalmente, d) que usen ZOOM para temas no solo de educación y trabajo, sino para temas familiares y amistades.

Se optó por el análisis de discurso como estrategia de análisis de la información a partir de cuatro macro categorías: la cultura de vigilancia y control a partir de sistemas informáticos, la economía de la atención, el trastocamiento de la relación espacio-tiempo en este contexto, y la ética del bien decir.

3. Acercándonos a la experiencia de la vida cotidiana

La cultura digital, que pone en relación no siempre simétrica a los sistemas tecnológicos, a los sistemas sociales, y a los sistemas simbólicos y culturales, nos habla de una preminencia del mercado de informaciones y conversaciones en los que la producción y circulación de intangibles sobre la realidad de la excepcionalidad, como lo habitual y lo conveniente, se intensifica gracias a los “altoparlantes” de los que hablaba Pierre Bourdieu (2015), que provienen de políticos y periodistas como portavoces del “buen sentido” simple y lleno de eslogans como #TodoVaAEstarBien.

En su condición de transmisores-amplificadores de mensajes, los altoparlantes son peligrosos en la medida en que no solo propagan discursos, sino que por sus características los altoparlantes no dejan escuchar al resto. En palabras de Eduardo Vizer (2006) “no parece importar tanto cuál es la verdad, sino quien la afirma” (p. 31) y esto se observa en que lo verdadero de una idea no está dado por sus características intrínsecas sino por las relaciones de fuerzas que revela (Bourdieu, 2015). Por tanto, estamos a merced de un proceso de circulación de verdades casi incuestionables en donde como proceso nos remite a un complejo entramado socio técnico que no deja producir ni escuchar por fuera de un guion determinista.

Paralelo al avance de acciones de planificación y toma de decisiones de los distintos niveles de gobierno para redefinir las políticas públicas postpandemia, se modifican también las prioridades a nivel individual y colectivo. Mentes y cuerpos luchan por adaptarse a todas aquellas actividades que ahora llevan el prefijo “tele” como el encabezado de una receta perfecta durante el confinamiento social y posterior a este. Cuando hablamos de una lucha de cuerpos y mentes nos referimos a ese proceso por el que las corporalidades, en su versión física y analógica, parecieran quedar obsoletos (Sibilia, 2009) en una cultura de obsolescencia programada.

El futuro inmediato pareciera que no puede repensarse desarticulado de las tecnologías y por eso va calando en todos los grupos sociales (incluso en aquellos grupos etarios distantes de la tecnología) la idea de que éstas mejorarán las vidas y las formas de sociabilidad humana. Sin embargo, cuando nos adentramos en las formas en que los objetos técnicos se construyen socialmente, en medio de una experiencia vital que cambió abruptamente, encontramos las fisuras (muy visibles en ciertos casos y en otros no tanto) que permiten ir en contra del sentido común dominante, pero sin caer, obviamente, en la tecnofobia.

Sucede que las videoconferencias llevadas a cabo por plataformas como ZOOM se instalan en la rutina diaria, entre otras cosas, primero porque conectaron inmediata y eficientemente con una dinámica de productividad 24/7 que cada vez se vuelve más popular en esquemas capitalistas y que aún en medio del estado de emergencia o de excepción, nunca dejaron de lado la idea de que había que seguir trabajando para un sistema que no podía quedar varado, incluso con la gravedad de la crisis que se vivió entre marzo y mayo de 2020.

De ahí que las instituciones públicas y privadas determinaron sus propias formas de sostener el engranaje productivo, pero además desarrollaron sus propios mecanismos de coordinación de actividades y, por ende, de control y vigilancia de las jornadas y cargas de trabajo. Esto es corroborado desde el ámbito periodístico y de la comunicación política:

Estamos a merced siempre del otro que nos reclama. Estamos siempre a merced de una necesidad que demanda ser satisfecha. Estamos a niveles más sofisticados de mercantilización de la necesidad y la atención del otro. En las redes lo que tenemos es una múltiple proyección de “yoes”. (Informante 4. Periodista, docente e investigadora en comunicación política)

En este marco de análisis, teletrabajo y telesalud han sido dos de los términos de actualidad que le deben su fama a las estrategias discursivas gubernamentales y de empresas dedicadas a las telecomunicaciones, que configuraron un discurso hegemónico orientado, en el caso del teletrabajo a sostener la economía y el sistema productivo aún con los retrocesos en materia de derechos laborales, y en el caso de la telemedicina, como un placebo que funciona como referente de que el contacto y la presencia física cada vez son menos necesarios.

Pensemos por un momento en el procedimiento clínico a través de la auscultación que no tiene que ver solo con la exploración del cuerpo, sino con la escucha directa y atenta y la indagación a través de instrumentos específicos, pero también mediante la empatía, la sensibilidad y destreza semiótica, propias de la consulta médica, en contraste con los procedimientos médicos de valoración inicial a través de inteligencia artificial que, por ejemplo, en China son cada vez más comunes. Si este examen físico se vende (en términos de mensajes) como una posibilidad eficiente y efectiva de hacerse de manera remota a través de tecnologías, es natural que las personas vayan incorporando la idea de que todas las actividades humanas pueden realizarse a través de plataformas digitales.

En segundo lugar y como una cuestión conexa, estos objetos técnicos van ocupando un lugar predominante en los espacios personales gracias a la relación contractual existente entre los espacios laborales y personales.

La forma en que el modelo económico imperante demanda respuestas basadas en la instantaneidad y la disponibilidad a todas horas muestra un hecho determinante sobre las viviendas que ya venían solventando necesidades cada vez más apegadas al trabajo y al estudio, y que, como veremos a continuación en los dos testimonios siguientes, debido a la pandemia y al confinamiento se volvieron rápidamente en espacios funcionales para responder a los requerimientos de oficinas y de centros de estudio en cualquier momento del día o de la noche, con los posibles impactos negativos en la esfera de la intimidad:

En cuanto al trabajo, se van borrando las líneas entre mi tiempo de disfrute y mi tiempo laboral. Psicológicamente esto golpea mucho a las personas porque antes uno iba a la universidad y tenías un espacio físico concreto en el cual te mentalizabas en que ese era tu espacio de trabajo. (Informante 3. Comunicador, docente e investigador en análisis del discurso)

Si vivimos con familiares les robamos el espacio de la casa, porque entonces hay todas las tensiones del mundo. Hay que hacer silencio, no entrar, no aparecerse y no pueden circular o estar en todas partes. (Informante 5. Comunicadora, docente e investigadora en medios comunitarios y populares)

Como se puede ver, el uso de plataformas de videoconferencia para actividades de ocio, distracción, afectos y trabajo se llevan a cabo en el mismo espacio y por tanto la construcción de los objetos técnicos de esta época está directamente relacionada con la construcción social de realidades que se presentan como dominios de verdad producidos y reproducidos en medio de la búsqueda de certezas. A criterio de este investigador nos encontramos en un clima de tensión constante por todo lo que significa trabajar desde la casa:

Es importante analizar todo el aparataje que está en torno a la conexión. Tienes la angustia de tener todo preparado, que no se caiga el internet. Al menos yo trato de preverlo todo. Tengo listo el celular para conectarme desde ahí a internet, tengo las aplicaciones bajadas en el celular, tengo un video por si acaso se llegue a caer Internet, tengo conectado el WhatsApp. Si se vuelve una cuestión medio esquizofrénica. (Informante 2. Comunicador, docente e investigador en cultura digital)

Esto nos lleva al tercer punto de análisis. El miedo provocado por la pandemia mundial fue aprovechado como herramienta de disciplinamiento en medio de una excepcionalidad que puede volverse la regla para el funcionamiento de las sociedades. Todo esto ha generado un estado tal de conmoción y de alerta que, alrededor de los objetos técnicos como ZOOM o similares, se van construyendo unos discursos que sobredimensionan su lugar en las vidas humanas porque aparentemente serían los mejores aliados para la lucha en contra del virus. Así, cada vez más las plataformas de videoconferencias y videollamadas han comenzado a venderse como herramientas eficientes para preservar la salud y la vida.

Para Anthony Giddens (1995) la ansiedad es el correlato natural de las sociedades modernas y que, de acuerdo a cada época construyen a sus propios enemigos. El contacto físico con el otro no solo puede ser peligroso, sino mortal. El otro es el enemigo porque alberga al virus, pero como no es posible <<todavía>> desarrollar cada actividad de la vida sin los otros y otras, los sitios web y las aplicaciones de reuniones se convierten no solo en espacios que hacen girar los engranajes de la productividad, sino en espacios seguros que van incorporándose a la vida cotidiana tan necesarios y normales como el lavado de manos.

De pronto ZOOM se usa en la mañana para reuniones de trabajo y en la tarde para celebrar eventos familiares, sociales o incluso rituales que hasta hace poco estaban pensados exclusivamente para el contacto humano porque son espacios para acompañar, para sostener emocional y afectivamente de manera física, como los velorios. Entonces si cada vez más la plataforma demuestra que puede solventar necesidades inmediatas de encuentro afectivo, de salud y de trabajo, pero además se presenta como una interfaz de uso rápido y sencillo, es al menos obvio pensar que las personas comienzan a sentir más confianza en su aplicación y apropiación.

Esto último es importante porque desde un aspecto técnico las plataformas y aplicaciones móviles disputan su popularidad en términos de accesibilidad, efectividad, interactividad, oportunidad y usabilidad. En ese sentido un tema importante a reconocer es que los sitios para videollamadas van ganando terreno si son capaces de simular espacios de sociabilidad de fácil e inmediato acceso como sucedía con una llamada telefónica tradicional, hasta antes de los sistemas de mensajería instantánea.

Ahora bien, una vez incorporados a la vida diría, estos objetos técnicos pasan a ser vehiculizadores de emociones, lo que Félix Guattari (2006) prefiere llamar más bien afectos. De ahí que hablar de economía del deseo permite profundizar en aquellos dominios de realidad que van mutando conforme a la época. Eso, que para muchos puede implicar el fin de algo, podría ser visto como mutaciones que conllevan cambios en la construcción de artefactos culturales y de subjetividades a ellos acordes. Por eso se observa como una tendencia el uso de plataformas web no únicamente para el trabajo, sino que además se han abierto otras posibilidades de vivir experiencias que, basadas en necesidades transformadas en deseos, recuperan las potencialidades y características del offline, pero encuentran sus propias formas de reinventarse en el mundo digital.

Recientemente recorrió por el mundo la noticia del “Club Quarantine”, una discoteca online que reúne a cientos de jóvenes en cuarentena desde sus casas. Por más extraño que parezca, iniciativas como éstas (algunas de hecho se realizan vía ZOOM) han tenido un recibimiento positivo más allá de lo esperado a tal punto que las plataformas van incorporando otras funcionalidades que ofrecen todo un menú de conexiones: persona-persona, persona-grupos o grupos-grupos, para “conocer a otras personas” y, virtualmente, dar lugar a relaciones de tipo afectivo. Nos dicen:

La gente inventa formas incluso para tomar licor. La gente se reúne, cada quien trae una botella, cada quien trae su sixpack y se ponen a tomar. Se convierte en una experiencia bastante interesante porque veo que la repiten y te invitan cada vez más seguido. (Informante 3. Comunicador, docente e investigador en análisis del discurso)

Sin duda esta experiencia y otras que aparecen gracias a las formas de intercambio social a través de distintas tecnologías, podrían no verse afectadas una vez que termine la etapa de confinamiento, sobre todo porque retomando a Guattari “en diferentes etapas tecnológicas hay diferentes tipos de afectos musicales, o de afectos de imagen, sea cual sea su contenido, su mensaje” (2006, p. 321) y también porque de todos modos el uso masivo de las TIC ha entrado a formar parte de nuestras vidas desde antes de la experiencia pandémica. Esto evidencia que las formas en las que se entiende la vital proximidad de los cuerpos podrían incluso, ser irrelevantes debido a que los afectos, desde una micropolítica del deseo atada al contexto actual, emergen y se sustentan de otros modos por fuera de lo fisiológico.

Desde el mes de marzo de 2020 se han realizado todo tipo de celebraciones, incluso relacionadas al trabajo. Esto acompañado de un discurso político y mediático sobre el aprovechamiento de la crisis para convertirla en la oportunidad, instaló la idea de resiliencia (otro eslogan de tipo relajante muscular), para retomar actividades del hogar y sobre todo retomar la comunicación fluida con la familia y amistades a través de plataformas digitales. De ahí que haber suplido los espacios de relación física presencial con espacios de relación remota a través de sitios web tipo ZOOM, ha sido también una forma de acelerar y normalizar el hábito de uso de estos medios, en concordancia con la “nueva normalidad” que demanda la utilización de estas interfaces como lugares idóneos para la interacción social en todas las dimensiones vitales.

Las experiencias de la vida cotidiana en confinamiento, con y a través de todo tipo de plataformas digitales, más allá de lo instrumental tienen que ver con los modos en los que operan las tecnologías en el sentido individual de la realidad. En medio del temor a la muerte, la ansiedad por el futuro, y la inestabilidad laboral y económica, producto de reajustes en las formas contractuales, las tecnologías erigen la idea de que es posible conservar el control en la mayor parte de actividades individuales (planes, aspiraciones y deseos).

La construcción social del miedo es la clave para explorar en las prácticas socioculturales y sociotécnicas que, en un contexto al que muchos gobiernos han llamado “estado de guerra” (para el cual también se ha creado una gramática propia en torno a derrotar al enemigo), permiten aproximarnos a los sentidos y representaciones de la realidad, del estado de bienestar ahora tan lejano, y de la economía del cuidado, porque al final se trata de una búsqueda de certezas en un panorama de desencanto que no ofrece seguridades en torno a casi ningún aspecto de la vida.

4. Pasaportes sociales para las sociedades de la vigilancia y del control

¿Cuáles son nuestros pasaportes sociales en la actualidad? ¿Qué ofrecemos a cambio de ser parte de un mundo conectado que establece sus dinámicas de sociabilidad en función de distintas tecnologías de información y comunicación? Hablamos de pasaporte sociales jugando con la metáfora visual de personas, con acceso a las TIC, cuya conexión supera las ocho horas diarias en época de confinamiento, siempre frente a una o varias pantallas y probablemente a varias pantallas al mismo tiempo.

Los objetos sociotécnicos son parte de la memoria histórica que nos hablará de cómo fuimos con otros y otras en determinados contextos, poniendo en juego la relación espacio-territorio y espacio-tiempo. André Leroi-Gourhan (1988) decía que “la tecnología constituye una rama especialmente importante, pues es la única que muestra una total continuidad en el tiempo, la única que permite aprehender los primeros actos propiamente humanos y seguirlos de milenio en milenio hasta el umbral de los tiempos actuales” (p. 9).

A través de los siguientes testimonios, se puede afirmar que la reorganización de la vida con esta crisis, nos ha mostrado que las formas en las que nos situamos socialmente pueden medirse en función del capital simbólico y cultural alrededor del acceso y uso de tecnologías que otorgan pasaportes para viajar (el viaje visto como proceso) y para ingresar a distintos “espacios sociales”:

El ámbito del trabajo ha sido muy fuerte. Las dos primeras semanas no lograba adaptarme. Sentía que yo iba en la cola y que no entendía nada, pero el rato menos pensado se comienza entender cómo es posible que la clase, ese espacio sea lo más humano posible. Había que buscar como humanizar la máquina. (Informante 1. Antropóloga, docente e investigadora en género)

En este afán de institucionalizar las redes se determina desde dónde vamos a hacer clases y los formatos a utilizar. Yo creo que se exacerba un poco este deseo de estandarización como una expresión del control porque efectivamente Internet nos da las métricas de efectividad, desde lo cuantitativo. (Informante 4. Periodista, docente e investigadora en comunicación política)

Comúnmente la palabra “gratis” suele asociarse con gratuidad en términos de intercambio monetario, pero en el ciberespacio, la valoración económica funciona en un orden distinto. Los costos inmateriales se determinan en función de dos aspectos como los más predominantes: la atención y la información privada. Iremos desarrollando ambos temas en el camino.

Alguien que en algún momento trabajó en una institución bancaria dirá dos frases regularmente: “el banco nunca pierde” y “nada es gratis”. La analogía se establece debido a que, al igual que la banca, las tecnologías y sus plataformas tienen un rol determinante en la economía de mercado y en el proceso de intermediación entre clientes (ofertantes y demandantes, en este caso de datos). Los objetos técnicos funcionan como mediadores-transductores de las individuaciones y en esa dinámica las empresas que dominan el sector de las telecomunicaciones desarrollaron estrategias que fueron más allá de los estudios tradicionales de mercadeo.

Pero esto no es nuevo. Sabemos que las plataformas de uso “gratuito”, una vez obtenidos las concesiones de acceso y conexión mediante el correo electrónico o medios sociales, inmediatamente tienen pase libre a la información personal a través de la sincronización entre plataformas digitales. Todo esto, nos dice este investigador, tiene que ver con la lógica del mercado:

Para la política neoliberal y la política actual el único organismo vivo es el mercado y a ese es al que hay que mantenerlo. A ese es al que hay que darle un ventilador social, una máquina social que le permita vivir. Sin importar que nosotros, que somos los microorganismos muramos, con tal que ese que si es el verdadero cuerpo y verdadero ser vivo de esta sociedad se mantenga. (Informante 2. Comunicador, docente e investigador en cultura digital)

Ahora bien, en medio del confinamiento, la virtualización como modo de producir y reproducir la vida cotidiana, ha hecho que las plataformas de videollamadas se masifiquen hasta volverse objetos cotidianos de relacionamiento social y laboral, principalmente. Debido a que la lógica de funcionamiento institucional, en casi todo el mundo, sigue estando pensada para las actividades que involucran la presencia física de cuerpos humanos, la crisis como la que se vive desde marzo 2020 e incluso antes en otros continentes, sorprendió a una buena parte de entidades de todos los sectores sociales, culturales y económicos que debieron recurrir a plataformas de uso “gratuito y fácil” para responder rápida y eficientemente a las exigencias de la productividad.

En una cultura de mercado (de experiencias y de divertimento) nada es gratis porque se paga “el acceso” con información sobre gustos y preferencias individuales, debido a que actualmente la noción de costo y más aun de dinero, en su formato material, es distinta. En este contexto, son las empresas desarrolladoras de tecnologías las que, a cambio de ingresos fáciles a sus aplicaciones digitales, “gratuitas” y siempre actualizadas, encontraron otras formas de generar ganancias. Sibilia insiste en que “lo que cuenta cada vez más, no es tanto la posesión de los bienes en el sentido tradicional, sino la capacidad de acceder a su utilización como servicios” (p. 21) y a cambio de ello el contrato se cierra con el otorgamiento de los permisos para que gobiernos y empresas dispongan de la información privada.

Vamos a recuperar la experiencia de los países asiáticos, en particular de China, que se coloca como una virtual potencia mundial en un futuro cercano, incluso por encima de Estados Unidos. En China la popularidad de Facebook o de Twitter esta sobreestimada. WeChat es la plataforma por la que las personas realizan casi todas sus actividades. Cuando decimos casi todas estamos hablando específicamente del trabajo, los pagos de servicios básicos, las compras de todo tipo, las actividades de ocio, las de tipo socioafectivo, etc. Se trata de una aplicación multipropósito creada por Tencent (un centro de investigación y proyectos informáticos) que por la gama amplia de sus servicios se convirtió en la base de operaciones del gobierno chino.

Byung-Chul Han, en un artículo reciente, señalaba la relación entre la pandemia y el régimen de vigilancia biopolítica bajo la cual las comunicaciones, el cuerpo y la salud se convierten en objetos de vigilancia digital2 y eso precisamente lo dijo frente a la pregunta sobre el costo que pagarán las sociedades por el control de la pandemia, a propósito de las fronteras entre libertad y seguridad.

Frente esta problematización de los objetos técnicos como dispositivos de vigilancia y de control social, es necesario debatir no solo el lugar que ocupan las plataformas digitales y la “virtualización” como modo especial y preferido para designar las actividades en lo cotidiano (pese a que lo virtual no es sinónimo de digital):

Hay una confusión en la que se coloca a lo virtual como sinónimo de herramientas o tecnología. Lo virtual no es distancia, es potencia y se puede hacer actual en cualquier momento. Siempre hemos tenido virtualidad tanto física o no, y siempre hemos tenido un distanciamiento físico incluso cuando tenemos contacto con otros. No debería considerarse que lo virtual es conectarse a un sistema tecnológico mediado por computadoras y ahí todo se va a resolver. (Informante 2. Comunicador, docente e investigador en cultura digital)

También es importante indagar en las motivaciones, usos y potenciales deseos que se gestionan con aplicaciones tipo ZOOM, dado que se vuelve fundamental colocar algunos hiatos en la frase “descargue o entre gratis”. Como es habitual y sucede con los manuales y los contratos, no se está leyendo la letra pequeña para acceder a la socialidad del mundo y a la oferta, cada vez más amplia, de servicios digitalizados. Es que el problema no es acceder a la plataforma sino el deseo siempre presente de ser parte de lo real (Badiou, 2016) o lo que se está jugando como real en estos momentos de crisis y de shock colectivo.

En las viviendas, como los nuevos lugares de encierro en términos no solo foucaultianos sino literales, se van modelando -proceso intermedio entre moldear y modular- las nuevas subjetividades en un contexto de miedo a la muerte y de supervivencia, pero además con tecnologías de biopoder que tienen en la mira distintas estrategias de administración de la vida y de programación de mentes y cuerpos sumisos y funcionales a lo que será la “nueva normalidad”. Una crisis sanitaria que ha sido llamada de muchas formas, pero principalmente signado como estado de sitio, de guerra y por ende de excepción, se busca dar forma a sujetos no solo disciplinados sino obedientes, proceso que se consuma en el uso y normalización de reglas de vigilancia y control.

El pasaporte social, en este caso, es un boleto solo de ida Las informaciones se agrupan en grandes infraestructuras tecnológicas capaces de soportar gigantescas bases de datos de los que disponen gobiernos y corporaciones para fortalecer sus alianzas y en el caso de los gobiernos sostener sus regímenes. Naomi Klein en 2007 ya hablaba de “La doctrina del shock” y hoy los alcances de dicha teoría se discuten nuevamente a la luz de la crisis mundial que revela la sumisión de la sociedad ante medidas antipopulares, sometimiento logrado en este estado de conmoción y de emergencia nacional, gracias al temor y la incertidumbre.

Recientemente, en una entrevista Klein analizaba las relaciones entre actores y la presencia de ciertas figuras de empresas desarrolladoras de tecnología, en la comisión responsable de reimaginar la realidad post-Covid en Nueva York. Este equipo ya ha manifestado la decisión de integrar a las TIC “en todos los aspectos de la vida cívica”3, lo que deja ver estas asociaciones peligrosas entre los gobiernos (nacionales o locales) y las empresas de tecnología que, en muchos países tendrán a su cargo la reinvención del futuro, pero en sus propios términos. Desde la comunicación y la filosofía se señala las formas que adquiere, pero también las marcas que deja el control social en esta época marcada por la pandemia y la crisis:

Ahora nos hemos dado cuenta del control, pero esto ya venía desde hace 10 años. El celular es un dispositivo de monitoreo. Si cruzo la calle o si salgo de mi casa, alguien lo sabe. El problema es que ahora nos hemos dado cuenta de que alguien sabe. (Informante 6. Filósofo, docente e investigador)

Hay una suerte de docilidad para ciertas personas en donde la tecnología y la obligatoriedad de la comunicación se ha vuelto la norma y en un estado de satisfacción. La no respuesta inmediata se ha vuelto un insulto. Y la gente entra en esa lógica y lo que es peor se siente cómoda en esa dinámica de inmediatez y obligatoriedad. (Informante 3. Comunicador, docente e investigador en análisis de discurso)

Frente a estas alertas se han publicado, hace poco, algunos ensayos que recogen la discusión que proponía Eco, hace más de cincuenta años, y que establecía la disputa entre “Apocalípticos e integrados”, dos corrientes radicales y opuestas respecto a la cultura popular y los medios masivos de comunicación. En estos ensayos se decía que, al contrario de tomar alguna de estas dos posiciones es necesario volver nuevamente a reconciliarnos con las tecnologías poniendo en valor su potencial, pero con las previsiones del caso. Si bien el llamado a la reconciliación parece la salida más cómoda en medio de un debate polarizado que lleva años, el problema surge cuando el discurso felicista del que hablaba Franco Berardi (2007), es el que domina las agendas públicas, y esto nos obliga a insistir en la no neutralidad de las TIC en articulación con el capitalismo de base neoliberal y postindustrial, que establece sus propias jugadas en contra de grupos históricamente vulnerados.

En Ecuador, poco después del inicio de la pandemia, se presentó la aplicación SaludEC, desarrollada por Prichsouth Tecnologías de Sur que, a cambio del registro en la plataforma con el número de cédula, la dirección del domicilio, la fecha de nacimiento, el correo electrónico y el número de celular, realiza una evaluación de síntomas que correspondan al covid-19 y se determina si tiene o no el virus y de ser así, las acciones a realizar. Importante señalar que varias de las identificaciones proporcionadas se validan en la institución gubernamental de registro civil de datos. Además, la información de esta aplicación se cruza con la que proviene de las llamadas a la línea oficial 171, y en conjunto las bases de datos pueden proveer información del núcleo familiar de la persona registrada.

Digamos que con la finalidad de que los gobiernos tomen las mejores decisiones posibles en medio de una pandemia mundial, las bases de datos operan como lugares de captación de información necesaria, antes, durante y después de la implementación de medidas de protección y contención del virus, o de cualquier otra catástrofe que pudiera presentarse a futuro, y que requiera de la respuesta efectiva de los gobiernos. Sin embargo, en otros contextos en donde los cuerpos en colectivo son peligrosos para el régimen (porque implican posibles brotes de protesta), en minutos, de acuerdo a determinadas situaciones o necesidades gubernamentales, es más que posible acceder a información de una persona y de todo su grupo familiar.

Si esto no nos pone algunas advertencias, nos dicen a continuación, es porque aún no se dimensiona el funcionamiento de los objetos técnicos de informaciones en estados de excepción:

Nos hemos acostumbrado al control porque pensamos que no tenemos nada que ocultar. Pero también las redes no nos dejan muchos espacios para elegir. Tomas ciertas precauciones para no hablar de temas delicados en ciertas redes y te esperas a hacerlo de manera presencial, pero ahora con toque de queda ya ni eso se puede. (Informante 5. Comunicadora, docente e investigadora en medios comunitarios y populares)

Nos han obligado a través de estado de excepción a que sea nuestra única forma de relación laboral, de amistad, etc. el uso de la comunicación digital. Ni siquiera es un deseo, es una obligación y tratamos de adaptarnos a esa lógica. (Informante 2. Comunicador, docente e investigador en cultura digital)

Estas respuestas nos permiten afirmar que, alrededor de este discurso de la máquina como símbolo y como metáfora de bienestar, se consolidan otros regímenes de poder y de control en contrasentido de las libertades individuales y colectivas que actualmente están sujetas a los niveles disparados de miedo y paranoia. Las máquinas de medir son las máquinas de predecir el futuro, acentuando los rasgos de una cultura de la sospecha. A corto y mediano plazo, toda salida o llegada, nacional o internacional, serán espacios de no libertades bajo las micropolíticas de la prohibición y la sanción; y sobre todo la dependencia de otros dispositivos y gadgets de moda en torno a la protección personal para no ser vistos como “los apestados”. Todo ello bajo el eslogan de la seguridad sanitaria.

Sobre esto último, Susan Sontag (1996) diría que todo lo maligno se proyecta en la enfermedad “y se proyecta a su vez la enfermedad (así enriquecida en su significado) sobre el mundo” (p. 62). En ese dominio de sentido, continúa Sontag, según el Oxford English Dictionary, el apestado no es un ser humano con derechos sino un sujeto «ofensivo para la religión, la moral y la paz pública». Esto evidencia los discursos de odio agravados con esta pandemia sobre la presencia de migrantes, de trabajadoras sexuales, de personas con diversidades sexo genéricas o de comerciantes informales, discursos que remiten a una interpretación del orden social en peligro agravado con la presencia de ciertos grupos sociales marginados.

A propósito de esto, otra aplicación que se presentó entre el Gobierno Nacional y la Alcaldía de Quito fue “COVID 19”, plataforma que, al integrar varias bases de datos, así como imágenes de las cámaras de vigilancia de la ciudad, permiten contar con información georreferenciada de los casos de coronavirus para identificar sectores de riesgo en los que se incumple el distanciamiento o la cuarentena. Pensemos en la doble faz de esta medida. La cara que podríamos no estar viendo es la del estigma a determinados barrios, que paulatinamente se van convirtiendo en los nuevos guetos urbanos.

Barrios en donde el control y la vigilancia, lejos de contribuir a la implementación de políticas públicas de mejora en las condiciones de vida de sus habitantes, empeoren los ambientes de desequilibrio económico y social porque arrinconan y etiquetan a lugares como zonas de peligro, conocidas como “zonas rojas”. Saber que el virus “está ahí” podría no cambiar nada, o cambiar mucho (para mal), en términos de habitabilidad y desarrollo, porque se ahondaría aún más en la no conciencia de que la habitabilidad de la vida de cualquiera depende de relaciones mutuas de recíproco reconocimiento del valor de todas las vidas.

Entonces, reconciliarnos con las tecnologías y afirmar que la responsabilidad de su uso recae exclusivamente en las personas o instituciones resulta aventurado, cuando no abiertamente manipulatorio, porque lo que se informa sobre estas aplicaciones es solo lo positivo, lo reconfortante alrededor de la máquina que vigila, la máquina que predice, la máquina que alerta en medio del apocalipsis como narrativa que se mercadea fácilmente en estos momentos de pánico. En un artículo reciente Marcelo Tarí (2020) hablaba del apocalipsis sin mesías, es decir el apocalipsis que se vende mediáticamente como una fuerza redentora que reside en la máquina de gobernar a través de pantallas:

ZOOM posibilita el análisis alrededor de la construcción social de estos objetos técnicos en medio de esta crisis que el gobierno de Ecuador ha señalado como una triple crisis: sanitaria, política y económica. En todo este entramado sociotécnico, se deslizan estrategias de espectacularización integrada (Debord, 2007), que combinan el capitalismo moderno (siempre difícil de dimensionar sus alcances) con lo concentrado del capitalismo burocrático (con mercancías consumibles, materiales e inmateriales), que se relacionan para transformar la economía mundial y las percepciones políticas del mundo. De ahí que la venta de finales infelices se unifica con el poder de la clarividencia de las máquinas para establecer posiciones, incluso corporales frente a pantallas, consumiendo el discurso apocalíptico de empresas mediáticas y gobiernos conforme a sus propios intereses.

5. Las metáforas de la crisis: sobre la atención y la relación espacio-tiempo

Hoy tenemos al menos dos imágenes fijas que constituyen las metáforas de esta época: la del uso de la mascarilla o barbijo, que puede remitir también a sociedades silenciadas, y la de la gente frente a sus pantallas que remite a una sociedad hipervigilante e hipervigilada. Solo vemos pantallas que obviamente nos ven. De ahí que un segundo punto, en esta suerte de transacciones informacionales tiene que ver con la mercantilización y monetización de la atención. Volviendo a Sibilia (2013) “en la sociedad contemporánea, tanto la noción de masa, como la de individuo han perdido preminencia o han mutado… el producto comprado y vendido es el consumidor” (p. 28-29).

En esa lógica, si desde hace tiempo ya lo veíamos, ahora se ha reforzado la dinámica de producción y de satisfacción a través de pantallas. Se trata la disputa de la atención lo que gatilla las estrategias y tácticas de marketing y publicidad a gran escala. De hecho, el neuromarketing, tan popular desde los años 2000, ha venido formalizándose o al menos tratando de hacerlo, como un campo de estudio en el que, en articulación con el psicoanálisis y las neurociencias, el marketing debe brindar soluciones para captar la atención tan volatilizada en el presente.

Si los seres humanos retenemos la atención cada vez menos, es lógico pensar que los procesos de creación y circulación de mensajes y productos comunicacionales, así como las plataformas digitales que los contienen, han tenido que superar varios retos. Aún más en una época en la que hablar de economía de la atención se ha vuelto necesario para la sobrevivencia de las empresas mediáticas y las grandes corporaciones de entretenimiento. Las experiencias de la vida cotidiana, mediadas por los objetos técnicos, y las TIC concretamente, están construyendo las nuevas formas de entender, ser y asumir la vida, pero no todas las empresas logran atraer la atención individual o de masa.

En el caso de ZOOM, esta plataforma se valora, entre otras cosas, por las ventajas de esta frente a otras aplicaciones debido a factores como la accesibilidad, usabilidad, operaciones interactivas y funcionalidad, expresadas en características como la simplicidad de uso para quien la administra, la simplicidad de uso para quien recibe la invitación y se conecta, la rapidez para organizar teleconferencias, la posibilidad de grabar reuniones, la no exigibilidad de cuentas de sistemas para loguearte, y la posibilidad de ver a todos los usuarios activos en la pantalla. Estas ventajas incidieron en que ZOOM sea la aplicación más descargada en América Latina entre el 25 de marzo al 1 de abril de 2020, según estimaciones de varias empresas de bases de datos y que, entre los mismos meses, se triplique el número de quienes usan esta plataforma a escala mundial.

¿De dónde salieron esas características? ¿quién determina esta suerte de rúbricas de evaluación de las plataformas digitales? Los estudios de mercadeo que, en entre otras cosas, han sido capaces de generar métricas de atención para conocer el tiempo de permanencia en una plataforma digital, también conocido como “engagement” y empresas como Google, miden, por ejemplo, la tasa de rebote y tiempo de permanencia de los usuarios en los sitios web.

Como principio, el rebote es inmanente de los procesos de visita en los sitios web, sin embargo, lo fundamental a considerar es el tiempo de permanencia, lo que luego se traduce en informes técnicos sobre la atención generada y las razones por las cuales las personas se quedan o no en determinados espacios. Ives Citton (2017) desde la ecología de la atención, parte de la atención como un fenómeno colectivo y señalaba que “el capitalismo contemporáneo está organizado alrededor de la captura parasitaria de la productividad” (p. 65).

Cuando se produjo el estadillo de ZOOM, a mediados de marzo aproximadamente, no tardaron en aparecer varias críticas fundamentadas sobre la peligrosidad de su uso, debido, especialmente a los roles de quienes organizan las videollamadas (administradores) que pueden vigilar las acciones de quienes intervienen, como compartir pantalla y revisar la actividad en las ventanas, así como monitorear qué personas han estado presentes, por más tiempo en las reuniones, lo que se traduce en la vigilancia de actividad y control de la atención. Una vez más, la atención es valorizada y su falta es sancionada, en el caso del teletrabajo o los estudios.

La atención como problema nos conduce a un análisis sobre la digitalización reconfigurante de las formas por las cuales se generaban los procesos atencionales analógicos y relacionados a la imaginación. Retomando a Vilém Flusser (1970,) Citton coloca como efectos de la digitalización, a la gramatización, programación y estandarización de la percepción de la realidad debido al uso y, por tanto, a la injerencia de los objetos técnicos en el formateo de comportamientos y hábitos, gracias a la preconfiguración de la atención. Esto nos conduce a pensar que, en un futuro inmediato, los efectos homogeneizantes de la preconfiguración de la atención terminen con el deseo de atender (desde la voluntad de hacerlo) y más bien abonen a regímenes algorítmicos y a las estrategias de rebaño tan populares en el marketing, estrategias que determinan los gustos y preferencias en función de los gustos y preferencias de otras personas.

Por eso, para conectar con la velocidad de un sistema que demanda altos niveles de productividad, las industrias mediáticas y sobre todo las de entretenimiento, tienen en la mira apoderarse del control de la atención colectiva y mantenernos siempre atentos a una respuesta inmediata:

Hay un síndrome de Superman, siempre disponible y siempre dispuesto a salvar al mundo. Pero hay una interpretación ética detrás de esto. Hay un fetiche que es puesto en el mecanismo que reduce todo a una mercadería y en este elemento del fetiche, consumimos o somos consumidos. Esta es la actualización del capitalismo tardío cuya característica principal es la capacidad de reventarse permanentemente para vender, consumir y convertir todo en mercadería. (Informante 6. Filósofo, docente e investigador)

En una cultura en la que la atención ha sido vista como bien, su valorización y monetización se cuantifica en medio de la relación espacio-tiempo, en el estar presentes en el acontecimiento y estar presentes para sí y para otras personas. Por eso es importante pensar en una ética de la atención que pueda responder a preguntas tan necesarias frente a la organización de la vida cotidiana a través de medios de captación de atención o “máquinas de atención” versus la vida en colectivo y en común desde la noción de atención conjunta como una posibilidad de reestablecer las solidaridades, las reciprocidades, los afectos y, sobre todo, la escucha atenta. Esto en la misma línea de lo dicho hace poco, cuando señalábamos que:

a contrapelo de lo sostenido por los autores cuyo discurso (neo) liberal reconoce una potencial apertura a nuevas posibilidades de agencias y subjetividades emancipadoras en el uso de los medios, desde la propuesta de la comunicación del común se defiende que dichas potencialidades solamente se pueden materializar a condición de que deriven de prácticas y mediaciones comunicativas de proximidad: del compartir y expresar -en un estar juntos - afectos, pasiones y deseos en la esfera del común. (Cerbino, 2018, p. 149)

Frente a esto colocamos un aspecto adicional. Una crisis mundial como la que vivimos nos conduce también a reflexionar sobre un posible trastocamiento del espacio por el tiempo, un nuevo orden jerárquico bajo el cual las actividades de la vida cotidiana que, hasta hace poco menos de seis meses, eran pensadas en función de cronómetros programados en las matrices de pensamiento globales, ahora se detienen, se reorganizan, se alinean de forma distinta:

El tiempo y espacio está absolutamente trastocado. Hubo un cambio y una ecología que va a quedar diferente. (Informante 4. Periodista, docente e investigadora en comunicación política)

Nos referimos a lo que va dejando de ser o a lo que va cambiando en relación a una superposición del espacio sobre el tiempo en relación al vínculo que existe entre la sociedad moderna y los procesos de aceleración a gran escala de la que habla Judy Wajcman (2017), y que determinaba las formas de estar presentes en varios espacios al mismo tiempo y realizar varias acciones de forma paralela, alimentando así el modelo de productividad capitalista. De acuerdo a lo dicho por la autora “la compresión espacio-tiempo es un tema recurrente, cuyo principal impulso son las tecnologías de la información y la comunicación… la digitalización incluso está generando nuevos tipos de tiempo atemporal, o tiempo instantáneo, eclipsando la lógica lineal del tiempo de reloj”. (p.21)

La idea de “ganar tiempo”, de “sacarle ventaja al tiempo”, remite, entre otras cosas, a superponer el tiempo al espacio. En esta cuarentena obligatoria e incluso en el paulatino desconfinamiento, el espacio toma revancha frente al idealismo de productividad y velocidad, que colocaba al tiempo como factor determinante de los ritmos con los que se desarrolla la vida cotidiana. Esta idea, como lo dice la misma Wajcman, solo tendría sentido si hacemos esta comparación con “un pasado más lento” (p. 22), en donde no existía la noción de ahorro del tiempo.

Esta reflexión podría tener cabida si es que se la coloca a partir de un cambio de lugar para ir en reversa del sentido común dominante, bajo el cual el modelo capitalista construyó al espacio como mercancía. Es necesario devolverle la densidad al espacio social en el que se determinan las condiciones y los ritmos en los que se construyen y se experimentan las realidades, sobre todo, teniendo presente que “en el modelo de la comunicación mediática comercial la desterritorialización asoma como uno de los puntales de la razón neoliberal” (Cerbino, 2018, p.159).

Si para Henri Lefevbre (2013) cada modelo de producción tiene su propio espacio social característico, nos preguntamos cómo está siendo o cómo será realmente el espacio social en el que se reinventará en modo de producción del capital (porque encontrará la forma de reinventarse) ¿Cómo se van a trazar las fronteras y se van a delimitar los horizontes de sociabilidad, en buena parte marcados por un sentido espacial distinto al que pertenecíamos hace menos de seis meses? Evidentemente ganarle al tiempo implicaba una transmutación del espacio en cuanto a la superación de las barreras espaciales que constituían un problema para producir al ritmo vertiginoso de la eficiencia en respuesta a las percepciones, cada vez más generalizadas, de escasez de tiempo.

Esta eficiencia que, desde las prácticas culturales dominantes en relación a la productividad y el consumo no siempre ha sido bien aplicada, ha dado lugar a una pedagogía del tiempo sobre los usos y manejos que debiera dársele en función de un entramado complejo en donde la mayor parte de las actividades vitales han sido catalogadas como responsabilidades a cumplir (incluso en los ámbitos afectivos). Como s señala a continuación, la maquinización de las personas alcanza la cima de del éxito sobre todo porque encuentra en las tecnologías y en los objetos técnicos las herramientas ideales para concretar la metodización de la conducción de la vida:

Hay una relación mucho más sistémica de la búsqueda del bienestar y las consecuencias éticas que tiene ese convivir. Mucho de esto responde a una ampliación de nuestras relaciones personales, de nuestros espacios de lo doméstico y de intimidad, extrapolados especialmente a sujetos que estamos en este momento incorporados a un mercado capitalista que no para, y que hoy nos coloca a distancia. (Informante 1. Antropóloga, docente e investigadora en género)

Hoy los espacios están limitados. Vivimos experiencias solo a través de pantallas. Hay mucho de la carne y de lo físico que se perdieron en este momento. Se perdieron las complicidades y las miradas porque hay mucho que en una pantalla no se puede mostrar. (Informante 5. Comunicadora, docente e investigadora en medios comunitarios y populares

El confinamiento implicó que todo se detuviera, y aunque las tecnologías de información y comunicación se volvieron mesías de un nuevo apocalipsis, la curva de aprendizaje en relación a su incorporación a todas las actividades individuales y colectivas, implicó repensar un nuevo orden social frente al cambio abrupto de la normalidad global y capitalista.

Con la pandemia en curso, la larga cuarentena que se vivió a escala mundial, e incluso, con el rebrote permanente de contagios que implica confinamientos intermitentes, el espacio reclama su lugar en la experimentación de la cotidianidad, su materialidad e inclusive su poética (Bachelard, 1965). Así, sobre una de las trialécticas de las que hablaba Henri Lefevbre (2013) sobre las representaciones del espacio, los espacios de representación y las prácticas espaciales, podemos señalar que son estos lugares de discusión en donde hay que colocar nuevamente las preguntas en relación a las formas en las que comprendemos la relación, pero también la distanciación espacio-temporal.

6. Colofón: cuestiones de ética

Las relaciones lingüísticas y discursivas mediadas por plataformas digitales remiten a un conjunto de problemas de orden ético que vale la pena explorar. Al hablar de ética no nos referimos a principios universales que regulan el hacer el bien. Acaso nuestra reflexión se orienta hacia una ética relativa al discurso, se enmarca dentro del discurso en el que los sujetos están insertos. Al respecto se señala:

Yo creo que lo que nos está haciendo falta es precisamente más reflexión ética. Se ha decidido que todos vayamos al ambiente virtual. No importa si es un niño de 5 años o una persona de 50. Y la reflexión ética no fue hecha, ni tampoco la reflexión pedagógica. El contexto está creando una normalidad sobre algo que necesariamente no es normal ni adecuado. No significa que de cajón sea perverso, malo o diabólico, pero el hecho de que estemos todos metidos en el proceso sin ninguna reflexión de base lo veo como un tremendo problema. (Informante 6. Filósofo, docente e investigador)

Aparecemos desde múltiples yoes. Yo transparente, yo ético o yo experto, que se constituye en una máscara para deshacerse de responsabilidades del decir y son más bien estrategias para seguir en la jugada, pero no asumir ninguna responsabilidad. (Informante 5. Comunicadora, docente e investigadora en medios comunitarios y populares)

En ese sentido, pretendemos proponer qué puede entenderse por una ética de los sujetos de enunciación en una relación mediada por un objeto tecnológico. Una posibilidad a nuestra disposición es lo que Lacan (2012) denomina la ética del bien decir. En línea con lo anticipado aquí no se trata de una ética de un decir el bien, de nombrarlo, de una justa o buena acción fundamentada en el acto de decir (o de habla), tal como se desprende de la teoría de Austin (1982) de que los actos lingüísticos sugieren acciones performativas.

En la concepción psicoanalítica es un decir que rebota hacia el sujeto que habla (el analizante en la clínica) y del cual éste asume la responsabilidad. Esta no solo por lo que dice y le es entendible, sino sobre todo por lo que no le es, de eso que no le pertenece a la razón porque del inconsciente. La responsabilidad de la que hablamos es la que tiene que ver con que el sujeto responde por “su” decir. Las comillas son de rigor, así como hemos dicho, ese decir es solo parcialmente motivado o intencional. Como sabemos en la clínica es el decir no intencional el que interesa mayormente al analista y al analizante (obviamente no del mismo modo porque el analista mantiene la dirección de la cura).

Nos limitaremos ahora a construir algunos argumentos en torno a lo que hemos llamado una ética de sujetos de enunciación. Por ello nos apartamos parcialmente del psicoanálisis y entramos en el ámbito de la reflexión lingüística y comunicacional. Aclaremos que por sujetos de enunciación entendemos, tanto a lo que permite que haya enunciación, es decir el horizonte previo a la generación de cualquier enunciado más allá de los interlocutores empíricos, como también esos mismos participantes de una situación comunicativa, capaces de entablar un diálogo. Lo que puede significar construir un lazo social que une a los parlantes.

En la comunicación y no en la mera recepción (la de oyentes) los locutores asumen razonablemente el papel intercambiable de locutor y destinatario. A este se dirige un locutor y en esta acción se reafirma el derecho que asiste el destinatario de formular respuesta, lo que lo convierte en locutor. Por tanto, el elemento constante de la enunciación es el destinatario siendo el derecho al diálogo solo para destinatarios y no para cualquier oyente. Podemos decirlo así: la diferencia que marca hablarle a un destinatario o a un oyente es que en el primer caso se habla a un quien, en el otro se habla frente a cualquiera. Este, no teniendo derecho de respuesta, no podrá entablar diálogo alguno.

Introduzcamos otro elemento. Para que haya comunicación afirmamos que la palabra que genera el locutor, en una situación de comunicación, es una palabra situada, esto quiere decir que es reconducible al horizonte de enunciación, es una palabra histórica:

El discurso relaciona, construye y por supuesto destruye. En estos momentos no tenemos otros lugares que no sean las redes, el Twitter. Hemos perdido la plaza para decir. De ese espacio me queda la posibilidad de elegir qué digo y hay una responsabilidad sobre el silencio también, porque eso también es decir de alguna forma, así como pensar en la responsabilidad sobre silenciar a otros. (Informante 4. Periodista, docente e investigadora en comunicación política)

Pasemos reseña ahora a nuestra hipótesis en cuanto a la circulación de decires en las relaciones lingüísticas mediadas por plataformas digitales. En ellas y por ellas dicha circulación configura un escenario en el que los participantes no son ni locutores ni destinatarios. No son lo primero porque los locutores no identifican destinatarios en sus decires sino solo oyentes en una situación que podríamos definir como de enunciación sin diálogo, esto es un monólogo. Tampoco son destinatarios porque al no haber locutores que los identifiquen como tales solo quedan como oyentes y sin derecho de respuesta (dirigida a un locutor), aunque puedan expresar sus puntos de vista mas no en un diálogo que es inexistente en las condiciones descritas.

Las consecuencias de este estado de cosas es que al no haber diálogo no puede entrar en juego el valor ilocutivo del acto de decir: las obligaciones que con la palabra el locutor asume hacia el destinatario y que le permite cualificarla en el momento de su decir. Así como la ausencia de las promesas de acción junto con el destinatario, del cual y por medio de su decir el locutor debería hacerse cargo. Hacerse cargo de la acción conjunta es posible solo por el cuidado de la palabra dada, expresada por ejemplo por adverbios de enunciación (Ducrot, 1982) como son “dicho entre nosotros” o “en confianza”. Estos adverbios son imposibles en la situación de no diálogo que a nuestro entender caracteriza las plataformas digitales y son en cambio fundamentales porque “cualifican la relación que se establece en la palabra con el destinatario” (op. cit. 519).

Ahora bien, volviendo al psicoanálisis, tenemos un ingrediente más en cuanto a la ética del bien decir que hemos brevemente señalado arriba. La relación entre un locutor y su destinatario no es similar a la del analizante con el analista. Sin embargo, hay algo que nos puede ser útil en nuestra argumentación. Se trata de que es ético aquel decir del analizante del cual pueda asumir la responsabilidad, es decir responder por él. Como se ha visto en el psicoanálisis no se trata de un responder consciente y racional de parte del analizante. Es el analista que crea este sentido sin a su vez afirmarlo claramente, solo conduciendo el discurso hacia el sentido por medio de constantes cortes que “provocan” al analizante.

La diferencia radical entre el abordaje analítico y nuestro argumento es que en el diálogo (en la clínica no hay diálogo) entre un locutor y un destinatario la responsabilidad del decir es consciente (mejor dicho, debería serlo) en el locutor, quien solo así, respondiendo por su decir, puede hacerse cargo del destinatario; y, puede asumir su cuidado, a partir del acto de acción conjunta de construcción de un “dicho entre nosotros”. Por otra parte, el derecho de respuesta que asiste al destinatario como tal, configura también un momento ético significativo porque remite a que ese asuma su rol de locutor cerrando de alguna manera un círculo que es lo que define una ética de los sujetos de enunciación. Es importante el verbo cerrar porque de no ser así no habría promesas, compromisos y acuerdos posibles a los cuales atender.

Entonces la pregunta es: ¿qué palabra es la que circula en las plataformas digitales y que define las relaciones lingüísticas y sociales de personas que ahí intervienen?

Es parloteo. Irresponsable. Lo dicho, sin relación con el decir de la enunciación que une los interlocutores en una situación de comunicación, se asemeja a la expresión “como quien dice”. Expresión que cuando dicha es el zenit de un decir vacío sin sujeto de enunciación. Es algo que se parece (y que lo reproduce) al modo de funcionamiento de los medios radiotelevisivos masivos de información de tipo comercial, los cuales, es conocido, que operan distribuyendo contenidos a receptores (oyentes) sin que estos puedan actuar como destinatarios en el sentido señalado arriba. En la inmaterialidad de las relaciones lingüísticas mediadas por plataformas digitales, en la ausencia de cuerpos dotados de condiciones discursivas y textuales, en las que se vuelve problemática la constitución subjetiva de la escena de enunciación, se configura hoy el mayor desafío para sostener la necesidad de una ética del bien decir. Y por contrastar los riesgos de una época que cada vez más parece asumirse como posthumana.

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1 De acuerdo a la última encuesta de Tecnologías de la Información y comunicación-Encuesta Multipropósito del INEC en 2018, son quienes tienen smartphone activado en los últimos 12 meses.

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