Monografico_2_La_critica_comunicacional

La crítica comunicacional latinoamericana: los factores en su forja

Latin American communication criticism: The factors in its forge

A crítica da comunicação latino-americana: Os fatores na sua forja

Erick TORRICO VILLANUEVA
Orcid: https://orcid.org/0000-0003-1237-9241
Universidad Andina Simón Bolívar (Bolivia)
etorrico@uasb.edu.bo

Chasqui. Revista Latinoamericana de Comunicación

N.º 149, abril - julio 2022 (Sección Monográfico, pp. 39-54)

ISSN 1390-1079 / e-ISSN 1390-924X

Ecuador: CIESPAL
Recibido: 20-01-2022 / Aprobado: 22-04-2022

Resumen

Las “décadas rebeldes” de América Latina, 1960 y 1970, condensaron los factores históricos, contextuales, intelectuales e institucionales que dieron lugar a la configuración del pensamiento crítico comunicacional de la región. Este artículo ofrece un panorama de los componentes que intervinieron en ese proceso y que posibilitaron la constitución de un campo de conocimiento y una comunidad académica con identidad propia y un horizonte utópico que continúa vigente.

Palabras clave: comunicación, América Latina, dependencia, identidad, pensamiento crítico.

Abstract

1960 and 1970, the “insurgent decades” of Latin America, condensed the historical, contextual, intellectual and institutional factors that gave rise to the configuration of the region’s critical communicational thinking. The article offers an overview of the intervening components in that process and which enabled the constitution of a field of knowledge and an academic community with their own identity, but also a utopian horizon that continues to be valid.

Keywords: communication, Latin America, dependency, identity, critical thinking.

Resumo

As “décadas rebeldes” da América Latina, 1960 e 1970, condensaram os fatores históricos, contextuais, intelectuais e institucionais que deram origem à configuração do pensamento comunicacional crítico na região. O artigo oferece um panorama dos componentes que intervieram nesse processo e que possibilitaram a constituição de um campo de conhecimento e de uma comunidade acadêmica com identidade própria e um horizonte utópico que continua válido.

Palavras-chave: comunicacao, Latino-América, dependência, identidade, pensamento crítico.

Introducción

El pensamiento comunicacional crítico latinoamericano echó sus bases en la convergencia de al menos cinco factores durante los decenios de 1960 y 1970: la circunstancia histórica regional, el contexto internacional del momento, el movimiento contra la modernización dependiente, la tarea de construcción institucional y el activismo académico.1

En la larga trayectoria de subordinación que había vivido, América Latina fue desarrollando una conciencia identitaria y de liberación que no solo encontraría, en esos años, una evidente maduración, sino que iba a manifestarse en diferentes ámbitos, desde la organización social y la acción política hasta la producción y la incidencia intelectuales. De ese modo, se dio en ese proceso la articulación fructuosa de condiciones estructurales con disponibilidades de la coyuntura y capacidades de agencia.

El producto de ello fue la configuración de una concepción alternativa de la comunicación que se instaló, con derecho propio, entre las corrientes predominantes en el campo de la especialidad, la empírico-pragmática, de origen estadounidense, y la crítico-política, de cuna europea. Aunque hasta el presente esta tercera vertiente no goce de pleno reconocimiento en determinados espacios o circuitos académicos internacionales, tiene en su espíritu crítico-utópico la marca latinoamericana, indeleble y constante, en la investigación y la teorización comunicacionales.

Por tal razón, como invitación para avanzar en una más cabal apreciación de su significado, se esboza aquí una aproximación más bien panorámica a los componentes que pueden ser considerados principales intervinientes en su surgimiento.

La subalternidad como trasfondo

Desde su incorporación a la geografía y la vida del mundo conocido en 1492, el territorio y los pueblos de lo que mucho más tarde adoptaría la denominación de América Latina o Latinoamérica resultaron objeto de subordinación, primero en la fase de conquista-colonización propiciada por Europa, después en el seno de la misma creación republicana independentista y, posteriormente, en el de las relaciones interamericanas, al igual que en el de aquellas establecidas con potencias extra-continentales.

El punto inicial de ese transcurrir, con base en el etnocidio y el epistemicidio, fue el que sembró la condición de subalternidad de la región, ya que además de inaugurar el inesperado vínculo hispano con el otro que acababa de ser “descubierto” fijó una jerarquización en la que este fue inmediatamente inferiorizado. Sin embargo, esa sujeción y clasificación forzadas se constituyeron, en el fondo, en la piedra angular de la futura unidad histórica regional:

En el origen de la unificación de esta inmensa área, antes privada de lazos internos, existe un acontecimiento traumático por todos conocido: la conquista española y, luego, la colonización y evangelización conducida hasta fines del siglo XVI por las coronas de España y Portugal. Sólo a partir de aquel momento comienza a ser percibida y, con el tiempo, a percibirse a sí misma como una unidad política y espiritual lo que hoy llamamos América Latina. (Zanatta, 2012, p. 12)

Pese a no considerar el caso brasileño, José Carlos Mariátegui ya había señalado este mismo hecho unificador en 1924:

Los pueblos de la América española se mueven en una misma dirección. La solidaridad de sus destinos históricos no es una ilusión de la literatura americanista. Estos pueblos, realmente, no solo son hermanos en la retórica sino también en la historia. Proceden de una matriz única. La conquista española, destruyendo las culturas y las agrupaciones autóctonas, uniformó la fisonomía ética, política y moral de la América hispana. Los métodos de la colonización de los españoles solidarizaron la suerte de sus colonias. (Mariátegui en Marini y Millán, 1994, p. 75)

Al respecto, Alcira Argumedo (2001, p. 136) remarcó que Latinoamérica tiene “un sujeto social heterogéneo, que encuentra sus puntos de unidad en una historia común de resistencias y desgarramientos, de sueños de dignidad y autonomía”.

No obstante, esa unidad primigenia, provocada por la irrupción invasora de los europeos, no posibilitó, en los hechos, la conformación de una comunidad de pueblos, pero sí dejó el substrato compartido de su subalternidad.

Las luchas anticoloniales, inicialmente protagonizadas por las poblaciones nativas, y de las cuales fueron parte asimismo aquellas trasladadas desde África y esclavizadas, llevaron al nacimiento final de las naciones latinoamericanas, en cuyo interior quedó reproducida la estructura de subalternización heredada de las etapas precedentes. Todavía en camino a que la emancipación política fragmentaria fuera alcanzada con ese rasgo de desigualdad interna, desde 1823 se alzó la amenaza de control desde el norte del continente sintetizada en la llamada “doctrina Monroe” o de “América para los americanos”, la cual fue haciéndose carne paulatinamente, tuvo mayor concreción tras la intervención estadounidense en la guerra independentista cubana, en 1898, y cobró nueva vigencia con la victoria de Washington sobre el nazi-fascismo en la segunda conflagración europeo-estadounidense (Chaunu, 1964).

La distribución de áreas de influencia entre los Estados Unidos de Norteamérica y la Unión Soviética tras aquella derrota del proyecto expansionista alemán llevó a la recomposición del mapa euroasiático y dio lugar a otros graves enfrentamientos posteriores como las guerras de Corea (1950-53) y de Vietnam (1955-75) que no eran sino exteriorizaciones violentas de la pugna que se desató por la supremacía a escala planetaria.

En ese marco, a su situación internacional secundarizada, derivada de su integración colonizada a la dinámica mundial, Latinoamérica sumó como características una profunda brecha social intestina, una debilidad común frente a los poderes político-económicos que competían por el dominio global, así como un largo periodo de golpes de Estado y gobiernos militares autoritarios.

Fue en medio de esa circunstancia que se produjo el triunfo de la revolución nacionalista en Cuba, en 1959, convertida en socialista para enfrentar en alianza con la Unión Soviética las presiones estadounidenses, y fue cuando comenzaron a emerger diversas experiencias guerrilleras de izquierda que buscaban, casi todas sin éxito, implantar modelos políticos antioligárquicos y antiimperialistas. Ante ese clima de agitación social y política, los Estados Unidos de Norteamérica pusieron en marcha en 1961 la “Alianza para el Progreso”, un plan de reformas y de ayuda económico-social contra el subdesarrollo, pero también, en 1975, impulsaron la represión de la izquierda mediante el establecimiento del “Plan Cóndor” que coordinó las acciones de varias dictaduras de uniforme en la región.

A partir de 1961 algunas naciones latinoamericanas comenzaron a participar en el Movimiento de Países No Alineados (NOAL), cuyo propósito inicial era conformar un bloque anticolonialista, antiimperialista y pacifista diferenciado de los otros dos, el capitalista y el socialista-comunista.

Con todos esos antecedentes y hechos, las de 1960 y 1970, las “décadas rebeldes” de América Latina, desafiaron intensamente la subordinación externa e interna y fueron el escenario de la emergencia de un pensamiento comunicacional propio y crítico.

Las comunicaciones en el ojo de la tormenta

Hacia finales de los años 70 del siglo XX, con Jean D’Arcy, apareció en Francia la primera propuesta sobre el “derecho a comunicarse”, que este autor sostuvo que algún día podría ser incorporado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Pocos años después, diversos análisis latinoamericanos, que cuestionaron las estructuras, intereses, contenidos e investigación de los procesos de comunicación masiva (informaciones, publicidad y entretenimiento), aportaron evidencias sobre las desigualdades existentes en los flujos internacionales del sector y acerca de la dependencia vigente tanto en materia de patrones de producción y circulación de mensajes como del empleo de modelos conceptuales y metodológicos (Beltrán, 2000).

De forma progresiva las comunicaciones fueron convirtiéndose en un tema polémico. Luis Ramiro Beltrán, propulsor de las “políticas nacionales de comunicación”, describió así ese estado de cosas en 1979:

La comunicación internacional era, en gran parte, territorio de aguas mansas. Ya no lo es. En la década actual ha llegado a ser un centro de grande y a menudo caldeada controversia como parte de una más extensa y creciente confrontación entre los países desarrollados y aquellos en vías de desarrollo. (Beltrán, 2007a, p. 14)

En ese lapso se hizo evidente la relación entre poder y comunicación, misma que se convirtió en uno de los ejes del conflicto hegemónico. En 1976 el Movimiento NOAL demandó la creación de un Nuevo Orden Informativo Internacional (NOII) para descolonizar los flujos informativos internacionales y equilibrarlos, mientras la Unesco emprendió con dificultad las conferencias intergubernamentales regionales sobre Políticas de Comunicación en América Latina, Asia y África orientadas a conectar la comunicación con el desarrollo, pero también a impulsar la independencia y el equilibrio informativos. Los gobiernos de las principales potencias capitalistas y las organizaciones empresariales del sector mediático desplegaron entonces una serie de acciones de resistencia y descrédito contra esas propuestas.

Un año después la Unesco constituyó la Comisión Internacional para el Estudio de los Problemas de la Comunicación y en 1978 reconoció abiertamente las demandas del Movimiento NOAL relativas al NOII. Las tensiones entre el bloque occidental y el Tercer Mundo (el Sur “subdesarrollado”), representado por los NOAL, se incrementaron en 1980 con la aprobación mayoritaria del informe de la ya referida Comisión que propugnó un Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación (Nomic) para democratizar el espacio de las comunicaciones.

En la presentación de dicho documento, Sean MacBride, presidente de esa Comisión, afirmó:

Hay muchas opiniones divergentes acerca del significado del “nuevo orden” y de lo que deba abarcar, así como hay opiniones diversas sobre los medios que deban utilizarse para alcanzarlo. Pero a pesar de estas divergencias, no hubo nadie en la Comisión que no estuviese convencido de que se requieren cambios estructurales en el campo de la comunicación y de que el orden existente es inaceptable para todos. (MacBride et. al., 1993, p. 20)

Las constataciones y recomendaciones del informe fueron rechazadas por los principales países capitalistas y llevaron a la salida de los Estados Unidos de Norteamérica y de algunos de sus aliados de la Unesco, lo que buscaba neutralizar el ímpetu de cambio que había nacido.

El clima internacional en torno a las comunicaciones estaba claramente enrarecido. Se trataba, sin duda, de una tormenta. Los latinoamericanos Luis Ramiro Beltrán, Fernando Reyes Matta, Gabriel García Márquez y Juan Somavía desempeñaron un papel fundamental en la orientación de las discusiones que tuvieron lugar al respecto, los dos primeros en su condición de asesores del ministro de Información de Túnez, Mustapha Masmoudi, quien viabilizó la propuesta de los NOAL en 1976, y los dos últimos como miembros activos de la Comisión que abrió las puertas al Nomic desde la Unesco.

El cuestionamiento de la modernización

Las ya mencionadas “décadas rebeldes” fueron también muy ricas en la formulación de alternativas a la situación de América Latina y a los modos predominantes de entenderla.

Si bien en la década de 1920 “empieza a constituirse un pensamiento latinoamericano crítico y original” (Marini y Millán, 1994, p. 9), este se formalizó con mayor claridad para mediados del siglo XX, cuando las interpretaciones de la realidad social, política y económica de la región registraban sobre todo la influencia del marxismo tanto en su vertiente indoamericanista como en la pro-soviética (Löwy, 2015), a la par que la de la emergente e influyente reflexión capitalista sobre el desarrollo, esto es, de la modernización.2

Fue esta última corriente la que se estableció preferentemente en el plano académico y aun en el político e introdujo ideas acerca de la dualidad societal, las políticas económicas y de inversiones, la planificación del desarrollo o la industrialización; pero de forma paulatina también se abrió paso un cada vez más estructurado pensamiento que se dirigió a examinar la realidad regional a partir de categorías propias y no apenas desde el “deber ser” capitalista (Roitman, 2008, p. 32).

Ya en 1948 la Comisión Económica para América Latina (Cepal) sentó precedente con sus análisis de los desiguales intercambios centro-periferia, junto a su planteamiento de sustitución de importaciones (Marini y Millán, 1994), esquema explicativo que en 1969 fue corregido por la Teoría de la Dependencia. Esta incorporó la necesidad de historizar la comprensión de los procesos económicos, de reconocer su conexión con los de índole político-social y de asumir el subdesarrollo como resultante de una situación de dependencia, tanto interna como externa. Por tanto, no se trataba solamente de “señalar las características estructurales de las economías subdesarrolladas” como había hecho el cepalismo (Cardoso y Faletto, 1988, p. 23), sino de analizar “cómo las economías subdesarrolladas se vincularon históricamente al mercado mundial y la forma en que se constituyeron los grupos sociales internos que lograron definir las relaciones hacia afuera que el subdesarrollo supone” (p. 23-24), con la consiguiente constricción de las decisiones nacionales por la dinámica y los intereses de las economías desarrolladas.

En general, el dependentismo transparentó la relación de causalidad existente entre desarrollo y subdesarrollo, mostró el papel de los intermediarios locales en la dependencia, erosionó la imagen modélica que se tenía de Europa occidental y los Estados Unidos de Norteamérica como ejemplos de modernidad e introdujo una serie de herramientas analíticas como “capitalismo dependiente”, “desarrollo desigual”, “dependencia estructural” o “colonialismo interno”. Su contenido intrínsecamente polémico hizo evidentes varias tendencias en su interior, las cuales, en lo básico, postularon salidas reformistas (intra-capitalistas) o revolucionarias (pro-socialistas) al subdesarrollo de la región.

Estas puestas en cuestión de la “economía del desarrollo” y la “sociología de la modernización” removieron el orden y el temario que prevalecían en los estudios sobre la sociedad latinoamericana, supusieron una ruptura con el “complejo de inferioridad en la producción de conocimientos” (Roitman, 2008, p. 31) y abarcaron diversos ámbitos de la reflexión crítica. Así, aparte de la Teoría de la Dependencia, emergieron los retadores planteos de la Pedagogía del Oprimido (1970), la Teología de la Liberación (1971), la Comunicología de Liberación (1976) y la Filosofía de la Liberación (1977).

Latinoamérica estaba en movimiento. La modernización, con su idea de desarrollo a lo euro-estadounidense, fue puesta bajo observación y diferentes opciones entraron en discusión.

Una institucionalidad identitaria

En el transcurso de esos sucesos, la denominación “América Latina” fue ganando terreno. Surgida en la mitad del siglo XIX con un alcance restringido e inclusive como objeto de manipulaciones políticas en la confrontación entre imperios europeos (Gran Bretaña y Francia, en particular), tuvo que esperar casi una centuria para empezar a prevalecer sobre otras maneras que habían sido usadas para designar a la región (América española, Hispanoamérica, Sudamérica o Indoamérica, por ejemplo).

Su aceptación en el mundo intelectual, en el político y en el de la diplomacia implicó tanto un registro geográfico y cultural diferenciador como la atribución de un contenido contestatario y reivindicativo. Como sostiene Carlos Altamirano (2021, p. 38), “más aún, el surgimiento de ese nombre habría significado un acontecimiento revelador: el advenimiento de una conciencia continental que hasta entonces se había buscado a tientas a sí misma y que halló, al fin, en ese apelativo, el nombre que la expresaba su identidad“.

La manifestación más visible de la asunción de ese sentido de pertenencia compartido y de esa dirección para una ruta común se dio en la constitución de la arquitectura institucional latinoamericana que comenzó en 1948 con la creación de la ya mencionada Cepal, una agencia de la Organización de las Naciones Unidas instalada para aportar al desarrollo económico de la región. Fue entonces que se empleó por primera vez oficialmente en el lenguaje intergubernamental el nombre de “América Latina” como referencia al conjunto de los países del área.

Vinieron luego, ante todo en el ámbito académico, la Asociación Latinoamericana de Sociología (1950), la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (1957), el Centro Latino-Americano de Pesquisas en Ciências Sociais (1957), el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (1967), el Centro de Estudios Democráticos para América Latina (Cedal, 1968) y el Instituto Latinoamericano de Estudios Transnacionales (1976), entre otros espacios con esa impronta.

En el caso específico del campo comunicacional siguieron esos pasos el Centro Internacional de Estudios Superiores de Periodismo para América Latina3 (CIESPAL), en 1959; la Asociación Latinoamericana de Educación y Comunicación Popular, en 1972; la Federación Latinoamericana de Periodistas, en 1976, y la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (Alaic), en 1978. Se sumaría a esta secuencia, aunque recién en 1981, la Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación Social.

Así, de forma progresiva, tuvo lugar un proceso de institucionalización de la latinoamericanidad como eje identitario.

El desanclaje comunicacional

La investigación y la teorización sobre los fenómenos comunicacionales emergieron en el seno de la sociedad estadounidense, contexto en el cual, como señaló Luis Ramiro Beltrán (2000, p. 98), las ciencias sociales reflejaban en su “filosofía, objeto y método” las “particulares circunstancias estructurales” de esa realidad, lo que lógicamente las convirtió en ciencias “orientadas fundamentalmente a estudiar la conformidad con las necesidades, metas, valores y normas prevalentes del orden social establecido”.

La llamada mass communication research (investigación de la comunicación masiva), que se desarrolló en ese cuadro entre las décadas de 1920 y 1960, fue exportada a América Latina junto con el difusionismo,4 el interés por los procesos informativos, publicitarios y propagandísticos, así como con la preferencia por los análisis de contenido y las encuestas de opinión.

Esa traslación de “premisas, objetos y métodos foráneos” para la investigación comunicacional (Beltrán, 2000, p. 87-122) tuvo su complemento en el influjo estadounidense en la formación de profesionales en materia de medios de difusión y en la bibliografía utilizada en la región. De acuerdo con Raymond Nixon, esta influencia estuvo presente desde 1934, cuando fueron abiertas las primeras dos escuelas de periodismo en Argentina, y fue “indiscutible” (Nixon, 1978 y 1982). Asimismo, en sus años iniciales, CIESPAL fue un lugar de irradiación de las ideas y modelos estadounidenses y europeos, tanto para la enseñanza como para la investigación, hecho que cambió sustancialmente a partir de 1973, cuando este centro, junto al Cedal de Costa Rica, llevó adelante el primer seminario regional sobre investigación de la comunicación y cuestionó de modo abierto las “teorías de la comunicación y la metodología de la investigación elaboradas en los centros metropolitanos”, así como su aplicación indiscriminada “a las situaciones de la región, con resultados obviamente inadecuados y a veces distorsionantes” (Chasqui, 1973, p. 3).

No obstante, en la fase previa a ese desenlace ocurrido en San José de Costa Rica, que asimismo formuló una serie de pautas para la investigación comunicacional crítica, e inmediatamente después de ello, fueron varios los pensadores latinoamericanos que demarcaron y alimentaron ese camino. Conviene, aquí, destacar a cinco de los más representativos:

El primero fue el filósofo ítalo-venezolano Antonio Pasquali. Su libro Comunicación y cultura de masas, publicado en 1963 e inspirado en el imperativo frankfurtiano de ejercer la crítica del orden social existente para emancipar a los seres humanos, fue contundente en el cuestionamiento de los medios masivos y del concepto prevalente de comunicación. “Los medios masivos son la punta de lanza de una tecnología que es la expresión suprema de la racionalidad instrumental y represiva” (Pasquali, 1977, p. 29), afirmaba en un segundo prefacio a esa obra, al tiempo que buscaba asentar el entendimiento de la comunicación como un saber-en-común (o con-saber) constitutivo de lo social (p. 47) y declaraba su intento de “inaugurar un nuevo sistema categorial de la relación en los dominios de la razón sociológica” (p. 42).

Pasquali estaba, pues, claro en su propósito de enfrentar no solo las ideas predominantes en el ámbito comunicacional, sino, junto a ellas, las concepciones epistemológicas y ontológicas que les subyacían.

En 1967, el comunicólogo boliviano Luis Ramiro Beltrán observó el “falso concepto de las comunicaciones” que en su criterio asignaba al emisor la acción de persuadir y al emisor la de aceptar (Torrico, 2016, p. 138) y desde 1974 elaboró al menos tres seminales análisis acerca de la investigación comunicacional latinoamericana y las teorías de la comunicación, así como de las probabilidades de reencauzarlas críticamente.

En su estudio La investigación en comunicación en Latinoamérica: ¿indagación con anteojeras? de aquel año, estableció que esta investigación “ha seguido orientaciones conceptuales y metodológicas establecidas por investigadores europeos y norteamericanos” (Beltrán, 2000, p. 48) y “parece haber sido a veces, una búsqueda con los ojos vendados” (p. 62). En 1976, con su artículo “Premisas, objetos y métodos foráneos en la investigación sobre comunicación en Latinoamérica, ratificó esa percepción y remarcó “el resultado en general negativo de esa influencia derivada de la adopción no crítica de marcos conceptuales y patrones metodológicos norteamericanos y europeos en contextos latinoamericanos”; pero también anticipó “la posibilidad de configurar en esta región una ciencia social y una ciencia de la comunicación [la comunicología de liberación] instrumentales a la transformación social en ella” (Beltrán, 2000, p. 87).

Por último, su propuesta de superación del tradicional modelo lineal transmisivo y persuasivo de la comunicación, que identificó como “el esquema perdurable”, la hizo en el artículo “Adiós a Aristóteles: La comunicación ‘horizontal’”, preparado en 1979 a solicitud de la antes referida Comisión de la Unesco que presidió Sean MacBride. Allí Beltrán, sustentado en la comunicación democrática y en el derecho a la comunicación, planteó las “bases para un modelo de ‘comunicación horizontal’” (Beltrán, 2007, p. 15) que presuponía condiciones “de acceso libre e igualitario, diálogo y participación” (p. 30). Aclaró, empero, que no se trataba de sustituir el clásico modelo de la comunicación vertical, sino de propugnar una “alternativa coexistente”; al respecto señaló que:

Idealmente todas las comunicaciones debieran ser horizontales. En la práctica esto no siempre es posible ni tal vez siquiera deseable. Por tanto, si la comunicación vertical tiene que permanecer en escena hasta cierto punto, lo que de ninguna manera debe suceder es que sea manipulatoria, engañosa, explotadora y coercitiva. (Beltrán, 2007, p. 32-33)

En 1970, el pedagogo brasileño Paulo Freire publicó su Pedagogía del oprimido, en que calificó como opresora toda relación de explotación o que impida la afirmación de la persona como tal y denunció esa misma naturaleza en el sistema educativo basado en la narración o disertación del docente hacia los educandos, que convierte a estos en objetos pacientes, obligados a memorizar el conocimiento del “que sabe” y los reduce a “seres de la adaptación, del ajuste” (Freire, 1981, p. 75).

El diseño freireano apuntaba a la formación del “hombre dialógico” mediante la “inserción crítica de los oprimidos en la realidad opresora” (p. 43) y reconocía en la dialogicidad la “esencia de la educación como práctica de la libertad” (p. 97). La educación, así, era comprendida como una relación de reciprocidad en la que no puede haber sujetos pasivos y que, por tanto, se resume en comunicación, en diálogo, pero en un diálogo problematizador (Freire, 1987).

De ese modo, Freire descalificaba aquella comunicación que era asimilada simplemente a transferencia y exigía la coparticipación en el acto de pensar la realidad para actuar en y sobre ella en pos de transformar las estructuras cosificadoras, con lo que también descartaba la utilización de las técnicas de propaganda y persuasión presentes en el sector mass-mediático y alentaba un humanismo para “ser más” (Freire, 1987, p. 82).

También en 1970 el abogado y demógrafo belga Armand Mattelart, vinculado al Centro de Estudios de la Realidad Nacional (Ceren) de la Universidad Católica de Chile, publicó sus primeras críticas a la mass communication research, en las que identificó como “vicio de origen” su carácter de respuesta a intereses comerciales, al que añadió su preocupación por garantizar que los medios masivos cumplan funciones de estabilización social y logren efectos conformadores en sus públicos. Todo ello, decía este autor, conducía a que el approach funcionalista, fundado en supuestos de neutralidad axiológica, se redujera a ser una sociología meramente descriptiva del statu quo (Mattelart, 1970).

Inmerso en la experiencia del gobierno socialista de la Unidad Popular, que fue derrocado en 1973, e influido por el pensamiento materialista histórico, Mattelart impugnó el “concepto naturalizado de comunicación de masa” por su contenido de clase, sostuvo que la comunicación y sus productos participan de la lógica de la mercancía, denunció a los “medios burgueses” como “productores de consenso” y convocó a “devolver el habla al pueblo” y a transformar el “modo de producción de la comunicación” en implicación con la práctica de las masas populares (Mattelart, 1978 y 1981).

El quinto precursor sin que esta mención signifique que no hubiese otros intelectuales que abonaran la visión crítica en la región en aquellos años,5 fue sin duda el español-colombiano Jesús Martín-Barbero, quien en su libro Comunicación masiva: Discurso y poder, de 1978, completó los esquemas analíticos ya reseñados con el señalamiento de otro espacio de dependencia en la comunicación en América Latina: “la concepción misma de la ciencia, del trabajo científico, y de su función en la sociedad” (Martín-Barbero, 1978, p. 20). Entonces, añadió ahí mismo, “lo exógeno no son los productos que se consumen sino las estructuras de producción de los conocimientos y de la existencia social toda”.

El activismo intelectual de estos progenitores del pensamiento comunicacional latinoamericano, inserto en las condiciones generales que sellaron las “décadas rebeldes” y fruto de un diálogo crítico entre los procesos y particularidades político-sociales de la realidad regional y las interpretaciones sobre la industria cultural, la cultura de masas, la lucha de clases o la dependencia cultural y académica, posibilitó un verdadero desanclaje frente al predominio precedente de la concepción tradicional sobre la comunicación.

Hacia un campo y una comunidad propios

Esa construcción de una perspectiva comunicacional latinoamericana y latinoamericanista6 tuvo lugar, asimismo, en espacios académicos constituidos para alentar la investigación especializada y dar cabida a la discusión de ideas y la divulgación.

Tras el nacimiento de CIESPAL, en el lapso acá comprendido, se establecieron algunos centros de estudios y organizaciones de expertos. En el primer caso, se debe mencionar al Instituto de Ciências da Informação de la Universidade Católica de Pernambuco, en Brasil; al ya citado Ceren, en Chile, y al Instituto de Investigaciones de la Comunicación de la Universidad Central de Venezuela, fundados en 1963, 1968 y 1975, respectivamente (Marques de Melo y Gobbi, 2000; Fuentes, 2006). En el segundo, del seminario que coorganizaron CIESPAL y Cedal en 1973 emergió para 1976 la Asamblea Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (Fuentes, 2006, p. 45), aunque no tuvo mayor actividad; dos años más tarde, gestada por un grupo de latinoamericanos que asistió a la XI conferencia de la International Association of Mass Communication Research celebrada en Varsovia, como recordaba Beltrán (Herrera, 2004, p. 101), entró en escena la Alaic, en Caracas. Le había antecedido, en 1977, la Sociedade Brasileira de Estudos Interdisciplinares da Comunicação y le siguieron las asociaciones de investigadores de Venezuela (1978) y México (1979); las de otros países llegarían en la década siguiente y aun después.

El seminario de Costa Rica de 1976 reunió por primera vez a los investigadores de la comunicación de la región, evaluó la situación de los trabajos hechos en el área, cuestionó en términos generales la adopción de enfoques teórico-metodológicos externos y formuló varias propuestas para orientar e impulsar la investigación. El marco conceptual expuesto en el informe final de ese encuentro da cuenta del espíritu que adoptó:

Con una metodología diseñada por los latinoamericanos para América Latina, con un instrumental de trabajo mucho más depurado y crítico, se debe llegar al descubrimiento de toda la interrelación económica, política, social y cultural que configuran (sic) las estructuras de dominación y de poder que, muchas veces, condicionan y determinan los sistemas de comunicación imperantes. (Chasqui, 1973, p. 4)

Pero esa reunión no solamente se erigió en un referente para guiar teórica, temática y metodológicamente la investigación comunicacional, sino que, en criterio de José Marques de Melo, tuvo otra doble significación histórica:

Primero, CIESPAL pasaba a legitimar investigadores que, abierta o veladamente, disentían de su postura teórica y metodológica. Segundo, CIESPAL iniciaba su propia autocrítica, asumiendo los resultados del encuentro y guiándose por un camino más identificado con los anhelos progresistas de la región. (Marques de Melo, 2007, p. 316)

Pese a ese cambio de rumbo y a la renovada legitimidad que alcanzó, CIESPAL no llegó a tomar el liderazgo para la constitución de una comunidad académica regional, lo que sí ocurrió, de a poco y no sin debilidades ni incertidumbres, en Alaic.

Para finales de los años 70 del pasado siglo (tiempo de la “resistencia crítica”, según Marques de Melo, o la “década de fuego” para Beltrán), el campo de la Comunicación quedó conformado como un espacio de conocimiento en la región y empezó la articulación de un conjunto de especialistas, varones y mujeres, en torno a su estudio.

Los resultados de la forja

Si bien no cabe usar estrictamente la noción de “escuela” para referirse al producto de la configuración de la crítica comunicacional latinoamericana,7 lo cierto es que esta se estructuró durante las “décadas rebeldes” como un pensamiento especializado con identidad propia.

A la tónica crítica que le distingue crítica a la que sometió las teorías y los métodos importados, la modernización, el desarrollo y el difusionismo, la cosificación, la mercantilización de los medios, la inequidad internacional en los procesos de información y comunicación, la marginación de los sectores populares y la dependencia, debe añadirse su involucramiento con la democracia, los derechos y la justicia social, lo que le otorga una dimensión utópica innegable.

El pensamiento crítico comunicacional de América Latina se fraguó, así, sesenta años atrás. Hoy, el horizonte legado por sus forjadores continúa siendo necesario.

Referencias bibliográficas

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1 Se podría también hablar de un activismo profesional, pues en esos años hubo una importante acción de varias organizaciones de periodistas, en particular las de índole sindical, que cuestionó las estructuras y contenidos mediáticos, al igual que las condiciones de dependencia de los países o la región en su conjunto.

2 En términos generales, el punto de partida de esta teoría es la presentación de una dicotomía, explícita o no, entre dos tipos ideales de países o sociedades que involucraban, entre otros, los siguientes pares: moderno-tradicional, avanzado-atrasado, desarrollado-subdesarrollado. Esta teoría sostenía que todas las sociedades o países atravesaban las mismas etapas en su proceso de desarrollo histórico, siguiendo un único camino universal que los llevaba desde uno de estos polos hacia el otro (Beigel et. al., 2006, p. 334-335).

3 En 1974 hubo un cambio en el nombre: se puso Comunicación en vez de Periodismo, pero se decidió no modificar la sigla.

4 El principal supuesto difusionista se refiere a que una sociedad “avanzada” puede o debe transferir sus elementos culturales a otra que, desde su punto de vista, no lo es, lo cual otorga un papel central a la comunicación en ese proceso modernizador. La “comunicación para el desarrollo” fue una derivación lógica de esa misión asumida como “civilizatoria”.

5 Por ejemplo, José Marques de Melo también integra en la lista de iniciadores de la crítica comunicacional latinoamericana al ecuatoriano Jorge Fernández, al argentino Eliseo Verón y al uruguayo Roque Faraone (Marques de Melo et. al., 2001, p. 24), y Enrique Sánchez al argentino Héctor Schmucler y al venezolano Ludovico Silva (Sánchez, 2015, p. 130).

6 Se trata de una perspectiva situada en y desplegada desde la historia y la geografía de la región, además de comprometida con su elaboración identitaria y la consecución de sus objetivos de liberación integral (social, política, económica, tecnológica y cultural).

7 Para una discusión al respecto, puede verse la aproximación que hace Torrico (2016, p. 85-90).

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