DdS_Pueblo_y_clase_La_identidad_obrera_en_la_propaganda_del_Partido_Comunista_del_Ecuador2

Pueblo y clase: la identidad obrera en la propaganda del Partido Comunista del Ecuador (1975-1990)

People and class: the worker identity in the propaganda of the Communist Party of Ecuador (1975-1990)

Pessoas e classe: a identidade operária na propaganda do Partido Comunista do Equador (1975-1990)

Adrián Tarín-Sanz

Universidad Central del Ecuador / artarin@uce.edu.ec

Cristina Benavides

Universidad Central del Ecuador / acbenavides@uce.edu.ec

Miguel Vázquez-Liñán

Universidad de Sevilla (España) / mvazquez@us.es

Chasqui. Revista Latinoamericana de Comunicación

N.º 144, Agosto - Noviembre 2020 (Sección Diálogo de saberes, pp. 319-342)

ISSN 1390-1079 / e-ISSN 1390-924X

Ecuador: CIESPAL

Recibido: 01-04-2020 / Aprobado: 04-07-2020

Resumen

Para el marxismo, la cuestión del sujeto es fundamental. Quién debía hacer la revolución y, sobre todo, por qué, produjo una intensa literatura que fue interrumpida cuando ciertas lecturas de la obra de Vladímir Lenin se convirtieron en discurso oficial del comunismo internacional: la clase trabajadora, como elemento objetivo dentro de las relaciones de produccion, debía liderar la revolución hacia el socialismo en alianza con otras clases. Para el caso ecuatoriano, la organización llamada a defender esta tesis fue el Partido Comunista del Ecuador (PCE), enmarcado dentro de la órbita soviética. Sin embargo, el estudio de su propaganda nos ofrece una disputa discursiva al interior mismo del Partido entre la visión clasista tradicional y una populista de latinoamericano. Un concepto, el pueblo, que amplía los márgenes de la ortodoxia, pero cuyo uso extendido revela una posición ambigua sobre la posición del PCE respecto al sujeto revolucionario.

Palabras clave: propaganda, historia de la prensa obrera, partido comunista del ecuador, populismo, clase trabajadora

Abstract

For Marxism, the question of the subject is fundamental. Who should make the revolution and, above all, why, produced an intense literature that was interrupted when certain readings of Vladimir Lenin's work became the official discourse of international communism: the working class, as an objective element in the relations of production, had to lead the revolution towards socialism in alliance with other classes. In the Ecuadorian case, the organization called to defend this thesis was the Communist Party of Ecuador (PCE), framed within the Soviet orbit. However, the study of its propaganda offers us a discursive dispute within the Party itself between the traditional classist vision and a populist one of Latin America. A concept, the people, which widens the margins of orthodoxy, but whose widespread use reveals an ambiguous position on the position of the PCE with respect to the revolutionary subject.

Keywords: propaganda, history of the workers press, communist party of ecuador, populism, working class

Resumo

Para o marxismo, a questão do sujeito é fundamental. Quem deve fazer a revolução e, acima de tudo, por que, produziu uma literatura intensa que foi interrompida quando certas leituras da obra de Vladimir Lenin se tornaram o discurso oficial do comunismo internacional: a classe trabalhadora, como elemento objetivo nas relações de produção, teve que liderar a revolução para o socialismo em aliança com outras classes. No caso equatoriano, a entidade convocada para defender essa tese foi o Partido Comunista do Equador (PCE), enquadrado na órbita soviética. Porém, o estudo de sua propaganda nos oferece uma disputa discursiva dentro do próprio Partido entre a visão classista tradicional e uma visão populista da América Latina. Um conceito, o povo, que amplia as margens da ortodoxia, mas cujo uso difundido revela uma posição ambígua sobre a posição do PCE em relação ao sujeito revolucionário.

Palavras-chave: propaganda, história da imprensa operária, partido comunista do equador, populismo, classe operária

1. Introducción

Como es de conocimiento común, la crisis económica global que inició en 2008 despertó una mayor preocupación política sobre la cuestión del trabajo, algo que está teniendo su reflejo, también, en una producción académica que anteriormente había mostrado cierto desinterés por ello (Ibarra, 2007). Basta revisar las principales bases de datos científicas para advertir, durante la última década, un aumento significativo de las publicaciones centradas en analizar la actualidad de la clase trabajadora.

Hablar de clase es, siempre, problemático, dado su carácter polisémico e, incluso, ambiguo. Sin embargo, la financiarización de la economía, el aumento de la precariedad laboral y los recientes cambios tecnológicos, han despertado un fecundo debate a su respecto: que las clases sociales se han diluido al haberse modificado las condiciones del trabajo (Granter, 2009);1 que el débil vínculo entre riqueza y trabajo ha generado nuevas clases precarias (Standing, 2013); que el aumento del general intellect como fuerza de producción está determinando un nuevo tipo de trabajador del conocimiento (Berardi, 2005); o la negación de todas las fórmulas anteriores (Yasih, 2017), dan muestra de ello. Así, el autor que, seguramente, marcó un antes y un después en esta nueva puesta en valor de la clase como preocupación académica es Owen Jones (2012), cuyo ensayo sobre la destrucción cultural de la clase trabajadora británica ha tenido sus réplicas en otros contextos, incluidos los de habla hispana (Lenore, 2014; Romero Laullón & Tirado Sánchez, 2016; Tarín Sanz & Rivas Otero, 2018).

Nuestro trabajo se inscribe en este crecimiento editorial sobre la cuestión, con la intención de contribuir a llenar algunos vacíos2 que, al respecto, existen en la literatura ecuatoriana: aunque valiosos, solo unos pocos estudios que abordan la construcción de identidades de clase han visto la luz siguiendo los procesos de evaluación estándar (Bustos Lozano, 1991; 1992; Striffler, 1999; Latorre & Farrell, 2014; Valle Marega, 2016). De ellos, ninguno explica el papel que la prensa obrera juega en este asunto, hecho sobre el que queremos llamar la atención en nuestra investigación.

El estudio de la prensa obrera, además de introducirnos en el imaginario de sus autores, nos ayuda a “recordar” aquello que no vivimos; esto es, a llevar a cabo un ejercicio de memoria que pone en valor las luchas pasadas, las prácticas de solidaridad entre los trabajadores y la posibilidad de incidir en el presente político. Siguiendo a Todorov (2000), se trata de trabajar una “memoria ejemplar” que nos ayude a actuar sobre el hoy y el mañana. La memoria es, además, con Mate (2008), una actividad hermenéutica que hace visible lo que fue invisibilizado, reivindicando la mirada de las olvidados; un acto de justicia ya que, sin memoria de la injusticia, no hay reparación posible. El ejercicio necesario de la recuperación (mediante el recuerdo y el análisis) de esas prácticas y, por lo tanto, de la resistencia al olvido, tiene en la investigación de la prensa obrera un aliado de primera magnitud.

Al mismo tiempo, la investigación del discurso de la prensa militante es una necesidad académica y política. Buena parte de las historias del periodismo siguen ofreciendo una mirada escasa y sesgada a las publicaciones obreras y partidistas. Los trabajadores, en diferentes momentos de su historia, no se limitaron a difundir una serie de contenidos de oposición a la prensa hegemónica, sino que pusieron en pie sistemas de comunicación complejos y con la fuerza suficiente para hacer frente, a pesar de sus escasos recursos, a los medios de comunicación de la burguesía. El estudio minucioso de las formas de producción de esa prensa, de sus canales de circulación, así como de sus contenidos y la recepción de los mismos sigue siendo una asignatura pendiente en muchos casos.

Por todo ello, nos proponemos realizar un primer aporte a esta discusión. Para esto, recogemos las conclusiones a las que llegó hace treinta años Bustos Lozano (1991) respecto a la tensión existente en Ecuador entre las identidades clasistas y populistas. Creemos que las lógicas locales y regionales de acción política tuvieron que convivir con fórmulas importadas -principalmente dictadas por la Unión Soviética a través del Comintern- de una manera no exenta de tiranteces. Las lecturas comunistas de orden global que prestigiaban a la clase trabajadora como sujeto revolucionario chocaron con un agregado de voluntades más amplio y menos definido: el pueblo.

Precisamente por esta razón, utilizamos como objeto de estudio el diario El Pueblo, órgano central de propaganda del Partido Comunista Ecuatoriano (PCE), uno de los medios de comunicación obreros más importantes del país. El periodo de análisis escogido se corresponde con las décadas comprendidas entre 1975 y 1990, etapas que coinciden con tres ciclos de movilización que dieron oportunidad para la radicalización de identidades: el primero, caracterizado por el retorno a la democracia (1975-1979) tras las dictaduras de Velasco Ibarra, Rodríguez Lara y el triunvirato militar; el segundo, en el marco de la implantación del modelo neoliberal y la “sucretización” de la deuda externa (1980-1988); y el tercero, que se corresponde con el aumento de las políticas de privatización del sector público y la primera crisis de gobernabilidad del período de retorno a la democracia (1989-1996).3 Este último ciclo, además, coincide a nivel internacional con el declive del campo socialista.

Para cumplir con el objetivo marcado, a saber: analizar el proceso de formación de la clase trabajadora emprendido por la prensa obrera ecuatoriana, en concreto, la perteneciente al PCE, proponemos un diseño metodológico basado en un análisis de contenido cuantitativo.

2. Clase social y prensa partidaria: algunas precisiones teóricas

Para el marxismo, la cuestión del sujeto se volvió un debate fundamental, sobre todo, cuando su crítica al capitalismo dejó de ser un ejercicio teórico para pasar a ser un proyecto político de voluntad revolucionaria. Quién debía hacer la revolución y, sobre todo, por qué, produjo, al principio, una intensa literatura que, finalmente, fue interrumpida cuando algunas tesis sobre ello se convirtieron en discurso oficial del comunismo internacional. En tanto que para Karl Marx las clases son dependencias dialécticas basadas en la posición que cada una ocupa en las relaciones de producción, debían ser los miembros de la clase trabajadora quienes, por su situación objetiva de explotación, lideraran el cambio hacia la sociedad comunista,4 organizados bajo una vanguardia (el Partido) que daría dirección política y cultural al proceso (Lenin, 1979a; Gramsci, 1986). Esta función orientadora del Partido no se ejercería solo hacia los trabajadores, sino también hacia los campesinos que, tras la experiencia revolucionaria soviética, podían ser considerados aliados estratégicos (Lenin, 1979c).

Años más tarde, las teorías leninistas y estalinistas sobre el sujeto fueron contestadas desde dos vertientes desconectadas entre sí. La primera, atravesada por la experiencia china, discutió el papel lateral (de alianza, en el mejor de los casos) que debía cumplir el campesinado, considerándolo central para las sociedades desindustrializadas, agrarias y semifeudales (Tse-Tung, 2018). La segunda, decepcionada con la evidencia de que la clase trabajadora occidental no había cumplido con su designio doctrinal de sepultar al capitalismo y que, además, se encontraba en proceso de “desestructuración” como resultado de las reformas neoliberales, discutió si la propia categoría de clase debía seguir teniendo vigencia a la hora de pensar el sujeto (Bilbao, 1995).

Así, tanto los populistas como una nueva hornada de teóricos marxistas convinieron reconocer que no existía una correspondencia clara entre clases e ideología (Eagleton, 2004), y que la clase era, además de un lugar dado, una identidad (Wright, 2015). De este modo se explicarían, por ejemplo, las disonancias entre los niveles de renta reales de la población y su autopercepción clasista (Fernández Albertos & Kuo, 2018).

Esta segunda idea es, para nuestro trabajo, una referencia. Pensamos que además de ser, la clase se hace (Efstathiou, 2014), y en ese proceso de formación, siguiendo la monumental obra de Thompson (1966), juega algún papel la producción ideológica y propagandística. Por ello, la prensa de partido ha sido, tradicionalmente, una de las herramientas esenciales de la propaganda del movimiento obrero, entendida, ésta última, como la necesaria educación política de los oprimidos para su emancipación a través de todos los medios de comunicación y cultura disponibles. De esta forma, lejos del significado peyorativo que suele albergar hoy el término “propaganda”, para los comunistas constituye uno de los pilares de su trabajo político, imprescindible junto a la agitación,5 para construir la conciencia de clase (Lenin, 1979b). Educar para la libertad, “sugerir” para abrir los ojos de las masas, de forma que fuesen conscientes de su condición de explotados y también de que ésta no era (es) “natural”, sino producto de unas condiciones materiales que podían, y debían, ser subvertidas. En la propaganda partidista, siguiendo la coherencia vanguardista, se proponía al propio Partido como el canal necesario para llevar a cabo esta subversión revolucionaria.

La propaganda política, según la visión marxista tradicional, tiene carácter de clase, de ahí que pueda hablarse de, cuando menos, dos tipos diferenciados de propaganda: burguesa y comunista. Mientras la burguesía niega el carácter de clase de la propaganda y la utiliza como método de manipulación social para mantener su hegemonía, la propaganda comunista sirve para la concienciación, a través de la educación política, de los sujetos revolucionarios. La definición de “propaganda de partido” que incluye la Gran Enciclopedia Soviética (1969-1978) aclara que se trata de

un sistema de actividad espiritual fundamentado científicamente y elaborado por el partido comunista. En el proceso de la propaganda bajo la dirección del partido comunista se lleva a cabo la difusión de la ideología y la política marxista-leninista con el objetivo de la formación, educación y organización de las masas.

Así, entre las características de la propaganda comunista se encuentran su base científica (e ideológica y “espiritual” al mismo tiempo), y el carácter partidista y de educación política para la emancipación; es, además, el arma fundamental en la lucha de clases. Por consiguiente, la propaganda comunista debería ser, por definición, antiburguesa y, siempre según la lógica soviética, combate la manipulación de los medios de comunicación y de la cultura de la burguesía.

Estas características nos llevan a entender el discurso de la prensa comunista como fuente de primerísima importancia para comprender el imaginario que los partidos intentaban construir y difundir (el periódico no es sólo una herramienta de difusión, sino también de organización interna del partido) entre los trabajadores. De esta forma, su discurso nos permite rastrear pistas clave para la interpretación de las luchas de poder en los diferentes contextos, unas luchas que daban forma y fondo al contenido del periódico. De esta forma, junto a contenidos propagandísticos de tono educativo, que forman ideológicamente, encontramos también, en la prensa y el pasquín partidista, mensajes dirigidos a la movilización de las masas; y, por tanto, todo ello, a la imaginación de un actor colectivo concreto que es sujeto protagonista de dicha confrontación, y que cuenta con una identidad definida que le diferencia del enemigo de clase. De esto es, precisamente, de lo que nos ocupamos en este artículo.

3. El Partido Comunista del Ecuador: entre la Unión Soviética, China y América Latina

La influencia del campo socialista en la conformación de los partidos comunistas alrededor del mundo tuvo, también, sus ecos en Ecuador. A pesar de que las ideas formalmente comunistas llegaron al país andino con cierto retraso respecto a otras geografías, producto de la falta de desarrollo de los sistemas de circulación ideológica (transporte marítimo y vial, imprentas, etcétera) y de un lenguaje marxista erudito y poco divulgativo, podemos afirmar que la estructura del Partido Comunista del Ecuador (PCE) reprodujo, durante años, el modelo de organización soviético, así como su política exterior. La mirada “soviética” al socialismo fluyó por la prensa y la propaganda comunista ecuatoriana, de manera más marcada durante sus primeros años de andadura. Así, en un inicio, “el discurso [de los comunistas ecuatorianos] se orientó́ a dar cuenta de los problemas del comunismo internacional, en razón de su vinculación a la Internacional Comunista” (Páez Cordero, 2001, p. 130).

Pero pronto la hegemonía de la línea soviética en Ecuador6 se fracturó -así como en gran parte del planeta- con el triunfo y la consolidación de la revolución China (1949), experiencia que realizó un aporte inédito en la construcción de la estrategia militar revolucionaria: la guerra popular prolongada y direccionada del campo a la ciudad (Connelly, 1983). Para países con estructuras económicas y sociales similares -una economía feudal atrasada y amplias capas populares campesinas-,7 la receta maoísta se convirtió en un imán para los militantes comunistas. Como plantea Bonilla Soria (1991), esta fue la principal causa de la escisión al interior del PCE y fundación del Partido Comunista Marxista Leninista del Ecuador (PCMLE) en 1964, que además, también se vio atravesada por las lógicas regionalistas y tensiones de poder entre los comités centrales guayaquileños y capitalinos.8 De este modo, la disputa entre “cabezones” (soviéticos) y “chinos” (maoístas) marcó una parte sustancial del debate al interior de las organizaciones de trabajadores ecuatorianas durante la mayor parte del periodo de estudio (1975-1990), por lo que, como reflejan los datos de nuestro trabajo, la construcción propagandística del sujeto revolucionario también estuvo determinada por el divisionismo y las denuncias de traición, así como por la política local y regional, que en ocasiones se superpuso a las directrices oficiales del bloque soviético.

A la contienda partidista debemos sumar, también, la posición común que adoptaron sobre cómo “asaltar los cielos”, en un contexto desfavorable para la lucha armada.9 Aunque durante los años sesenta la mayor parte de la izquierda, incluida el PCE, se dedicó a combatir la dictadura en las calles, pronto se decantó por posiciones integracionistas en la futura democracia representativa. Por esta razón, todas las organizaciones, sin excepción, sufrieron cismas, acusados de haber “abdicado del proyecto revolucionario”.10 Desoyendo las críticas, el PCE creó el Frente Amplio de Izquierdas (FADI), con el objetivo de concursar electoralmente; con el mismo propósito, el PCMLE fundó el Movimiento Popular Democrático (MPD).11

La idea de conformar frentes legales y partidos para participar en las elecciones regulares permitió que, tanto el movimiento sindical como los partidos de izquierda, participaran de la redacción de la nueva Constitución de 1978. En ella, se reconocieron algunas conquistas que pueden atribuirse al movimiento obrero ecuatoriano, como el reconocimiento del sector estatal de la economía y la necesidad de su desarrollo, y la consagración de los derechos sindicales (Muñoz Vicuña & Vicuña Izquierdo, 1984). A pesar del éxito que esto pudiera suponer, la división entre plataformas (FADI y MPD) impidió un triunfo electoral para el proyecto comunista que hubiera sido histórico (Maugé, 2008). En las elecciones del mismo año, el FADI obtuvo casi 100.000 votos (un 6%), lejos de lo obtenido por los binomios que pasaron a segunda vuelta.

A la larga, el FADI devino en una agrupación de militantes con tendencias disímiles (comunistas y socialistas radicales). A decir de Muñoz Vicuña y Vicuña Izquierdo (1984), se conformó con la finalidad de integrar en un solo frente las propuestas de una izquierda moderada que, sumándose a la oleada democrática de aquellos años, les permitiría tomar el poder a través de las urnas.12 Sin embargo, la disputa con el MPD se intensificó en los años siguientes, y para las elecciones presidenciales de 1984 la izquierda tuvo tres candidaturas: FADI, MPD y el socialismo moderado.

La victoria del candidato conservador León Febres Cordero (1984-1988) pareció confirmar la tesis de que la separación electoral fue una estrategia errónea.13 Con todo, y a pesar de la represión del nuevo gobierno contra los movimientos disidentes,14 la izquierda intervino regularmente en la vida electoral del país (Rodas Chaves, 2000).

A pesar del convulso periodo que supuso el gobierno de Febres Cordero, el FADI continuó intentando ampliar su base de acción, y conformó un bloque parlamentario integrado por seis partidos de centroizquierda. Esta coalición, sin embargo, no resultó como se esperaba, y terminó por desgastarle políticamente al no lograr su función de contrapeso de la derecha ni haber podido promulgar leyes favorables a los intereses de la clase trabajadora. Debilitados, en 1998 el FADO inició una operación de negociación y propaganda sobre la unidad de la izquierda, insistiendo en la participación conjunta con el MPD y la necesidad de alcanzar un gobierno socialista por la vía electoral. Aunque en esta ocasión sí pudo alcanzarse la candidatura única, la suma no dio para llegar a la segunda vuelta electoral, y terminaron apoyando al socialdemócrata Rodrigo Borja (Izquierda Democrática).

En el ámbito sindical, los partidos comunistas crearon sus propios satélites que, de manera orgánica, se sumaron a las líneas marcadas por las dirigencias partidistas. De este modo, sectores cercanos a René Maugé, antiguo líder del FADI, tomó el control de la Confederación de Trabajadores del Ecuador (CTE), haciendo desaparecer oficialmente el discurso del socialismo pensado desde el antagonismo entre clases sociales.15

Con la caída del muro de Berlín, las fracturas internas se agravaron, las fuerzas se redireccionaron hacía el fortalecimiento de Liberación Nacional (1987), frente político amplio del partido creado para participar en elecciones después de que surgieran tensiones al interior del FADI. En esencia, Liberación Nacional asumió la tesis de Fukuyama (1992) sobre el fin de la historia y de las ideologías. La tensión anterior entre los ejes izquierda–derecha/socialismo–capitalismo quedó obsoleta frente a una nueva forma de mirar la realidad, consolidando el privilegio de la perspectiva nacional (el pueblo luchando contra la oligarquía) sobre la global (el internacionalismo proletario).

Una cuestión final que debe mencionarse sobre este periodo: aunque existe en la década del ochenta una reflexión sobre la necesidad de incorporar al campesinado indígena del país en la plataforma de lucha del partido, poco o nada se hizo al respecto (Quevedo Ramírez, 2018). Apenas se incluyó un punto en casi todas las declaraciones, exigiendo mejorar las condiciones de vida y de trabajo de los campesinos, y la discusión sobre los conflictos de tierra fue, como se verá en los resultados, casi inexistente.

4. Materiales y métodos

Como mencionamos en la introducción, en el presente estudio nos planteamos analizar el proceso de formación de la clase trabajadora emprendido por la prensa obrera ecuatoriana, en concreto, la perteneciente al PCE. Los objetivos específicos son:

  1. Identificar, medir estadísticamente y analizar el léxico con el que el PCE describió propagandísticamente a sus aliados y adversarios, fuesen estos externos a la clase trabajadora o internos (organizaciones de trabajadores rivales).
  2. Identificar, medir estadísticamente y analizar las temáticas recurrentes a nivel nacional e internacional propios de la prensa del Partido.
  3. Identificar, medir estadísticamente y analizar los elementos formales del diario El Pueblo.

4.1. El análisis de contenido

Para lograr los objetivos planteados, en esta investigación aplicaremos como método el Análisis de Contenido (AC) con un enfoque cuantitativo. El AC es un método que goza de especial predicamento en los estudios de comunicación (Jensen, 2002; Berger, 2011), ya que es “a systematic assignment of communication content to categories according to rules, and the analysis of relationships involving those categories using statistical methods” (Riffe, Lacy & Fico, 2014, p.3). Además, es una metodología que, tradicionalmente, ha ofrecido resultados exitosos en el análisis de la prensa alternativa, obrera y de la construcción de imaginarios de clase (Stanfield & Lemert, 1987; Manaev, 1992; Heider, 2004).

Los estándares científicos que ofrece el AC (Neuendorf, 2016) son la objetividad e intersubjetividad –“objectiviy is desirable (…) [but] all human inquiry is inherently subjective but still we must strive for consistency among inquiries (p. 18)”-; un diseño a priori –“all decisions on variables, their measurement, and coding rules must be made before the final measurement process begin” (p. 18)-; confiabilidad –“the extent to which a measuring procedure yields the same results on repeated trials” (p. 19)-; validez –“the extent to which an empirical measure adequately reflects what humans agree on as the real meaning of a concept” (p. 19)-; generalibidad –“the extent to which they may be applied to other cases, usually to a larger set that is the defined population from which a study’s sample has been drawn (p. 19)”-; y replicabilidad –“a safeguard against overgeneralizing the findings of one particular research endeavor (p. 19)”-.

El instrumento de recogida de datos (Anexo 1) se ha trazado teniendo en cuenta contenidos formales (código, año de publicación y cabecera); de diseño (tipo de portada; tipo de imágenes; colores); y de contenido (temática nacional, temática internacional, origen del adversario externo, conceptualización del adversario externo, origen del adversario interno, conceptualización del adversario interno, origen del aliado; conceptualización del aliado; y representación de las imágenes).

Del mismo modo, también hemos elaborado un libro de códigos (Anexo 2) con el objetivo de estandarizar y cumplir los criterios de replicabilidad a la hora de vincular las conceptualizaciones de los adversarios (internos y externos) y aliados (categorías 10, 12 y 14 de la ficha de análisis), y sus orígenes (categorías 9, 11 y 13 de la ficha de análisis).

4.2. Muestra de estudio

Como hemos expuesto en acápites anteriores, el periodo de análisis comprende desde 1975 hasta 1990,16 y el medio escogido es el diario El Pueblo, órgano oficial del PCE. Como es habitual en la prensa obrera, ésta es irregular en su periodicidad (Arias Escobedo, 2009), lo que dificulta extraer el universo real si no se dispone del archivo completo. Y esto es, precisamente, lo que suele ocurrir en este tipo de comunicación propagandística en el país, ya que las colecciones han quedado destruidas, dispersas o en manos de coleccionistas privados. Con todo, se han conseguido localizar ejemplares en la sede del PCE de Quito y Guayaquil. Ante tales complicaciones se decidió escoger, aleatoriamente, un ejemplar por cada mes, resultando en 240 periódicos, algunos de ellos, sin embargo, incompletos por la falta de conservación.

En la medida en que en la prensa obrera predomina la polémica y el adoctrinamiento, así como sus escritores están más motivados por su actividad política que por la periodística (Ibidem), se han tenido en cuenta todos los géneros sin distinción, desde los formalmente informativos -notas de prensa o noticias- como otros más creativos -caricaturas, análisis, entrevistas, columnas de opinión-. Del mismo modo, son objeto de análisis todos los elementos del titular, del cuerpo del texto y las fotografías o ilustraciones.

5. Análisis y resultados

5.1. Lenguaje y discurso: la construcción léxica del antagonismo

En este apartado, pretendemos identificar, medir estadísticamente y analizar qué términos utilizaba la propaganda del PCE para definir al sujeto revolucionario, así como a sus adversarios. Entendemos este aspecto como fundamental para cumplir con los objetivos propuestos en nuestro estudio, ya que, siguiendo a Schmitt (2007), creemos que la construcción de antagonismos es parte fundante y diferenciadora del hecho político. Esclarecer con quienes se identificaron y, por consiguiente, a quienes excluyeron del proyecto de cambio, puede aportar lucidez a cómo el Partido aterrizaba el debate marxista sobre el sujeto.

Por ello, hemos contabilizado todas las palabras y conjuntos de palabras que hacen referencia a estos actores (aliados y adversarios), reduciendo la muestra a dos ediciones aleatorias por año; es decir, 22 periódicos. Ello, debido a que el amplio volumen consultado se hacía inabarcable si se consideraba completo. La contabilización bruta, a la que hemos denominado “conceptualización”, da lugar a otra, “origen”, en la que agrupamos en categorías aquellos términos que comparten una misma semántica. De este modo, “clase trabajadora” y “proletariado”, aunque son “conceptualizaciones” distintas y matizables, mantienen un “origen” común: la clase.

El lenguaje utilizado para describir tanto al aliado como al adversario externo (aquel que no forma parte de la clase trabajadora) guarda un origen coherente. En ambos casos, aquellos términos que remiten a la clase tienen una mayor presencia respecto a otros. Sin embargo, esta ventaja es menor de lo que se le podría suponer a un Partido situado en la órbita soviética. Así, la diferencia entre las categorías de “clase” y de “ideología”, en lo que respecta al origen del aliado, es de solo seis repeticiones. A una distancia mayor le siguen otras, como las relativas a la propiedad de la tierra o al patriotismo (Figura 1).

No obstante, si desgranamos este resultado, comprobamos que la palabra más utilizada es pueblo (ideología), seguida de clase trabajadora, clase obrera (clase) y campesinos (propiedad de la tierra) (Figura 2).17

Apostamos porque ello entronca con una forma de hacer política tradicional y arraigada en América Latina (Di Tella, 1965), el populismo, que entiende que la construcción del sujeto revolucionario debe ser un agregado de voluntades dispares pero unidas en un mismo cuerpo, el pueblo, (Mouffe, 2018) y que, por tanto, huye de categorizaciones estrechas, y no considera como elemento nuclear la posición que ocupamos en las relaciones de producción. Así, para los populistas son los intereses compartidos, y no la clase, aquello que configura la construcción de un actor colectivo capaz de provocar un cambio. Como hemos visto, esta interpretación se aleja parcialmente de lo dictaminado por el marxismo oficial de corte soviético, para quien la clase trabajadora debe ser la vanguardia, y no un agregado más, de la lucha social. Esclarecedoras en ese sentido pueden ser las palabras de Pedro Saad (2013), histórico dirigente del Partido, para quien la revolución “nacional-liberadora” tiene “como fuerzas motrices a la clase obrera, al campesinado, a la pequeña burguesía urbana y a la burguesía que no esta vendida al imperialismo” (p. 342).

Figura 1. Origen del aliado

Figura 2. Conceptualización del aliado

Algo parecido ocurre con el adversario externo, cuya conceptualización ofrece orígenes de “clase” e “injerencia” con similar frecuencia (Figura 3), aunque el primero es superior en número. Cabe aquí una particularidad, y es que términos que no podían ser clasificados y que, por tanto, figuran como “otros”, ocupan el tercer lugar. Con ellos, nos referimos a descalificaciones de uso común, y no a denominaciones de carácter político.

Una vez más, si examinamos la terminología concreta que se emplea (Figura 4), obtenemos matices que dan muestra de la singularidad discursiva de los Partidos en Latinoamérica (y su concreción ecuatoriana), y que está atravesada por la experiencia histórica de la colonización. Así, las acusaciones al imperialismo sobrepasan a las realizadas al enemigo de clase, que a su vez también queda descrito a través del lenguaje típico del populismo latinoamericano, la oligarquía (Puiggrós, 2006). La burguesía, fórmula preferida por el marxismo de corte soviético, queda recluida al cuarto lugar, lejos de las prioridades lingüísticas.

Figura 3. Origen del adversario externo

Figura 4. Conceptualización del adversario externo

Llama la atención, sin embargo, que, en un país con un sector agrícola tan amplio, las apelaciones a los conflictos originados por la propiedad de la tierra sean del 11% respecto a los aliados, y del 7% en los adversarios.18

Respecto al adversario interno (aquel que forma parte de la clase trabajadora, pero se opone a los intereses del Partido), de nuevo las lógicas nacionales o regionales se impusieron a las directrices importadas. En este sentido, adversarios como el trotskismo, la socialdemocracia o el anarquismo pasaron inadvertidos frente a la disputa local con el maoísmo. Como ya se ha señalado, este sector protagonizó una escisión organizándose alrededor del PCMLE e iniciando una confrontación que se mantuvo durante décadas, convirtiéndose en rivales electorales y compitiendo por la hegemonía del marxismo ecuatoriano. De este modo, y aunque no son temáticas recurrentes en El Pueblo, el origen del adversario interno es principalmente ideológico (Figura 5), y se expresa a través de términos como “chinos”, “maoístas” o “pseudoizquierda” (Figura 6). Estas apelaciones críticas con el maoísmo desaparecen por completo en 1989 y 1990, producto del acuerdo alcanzado entre MPD y FADI para concurrir juntos a las elecciones presidenciales. De manera parecida a lo que ocurría con el adversario externo, la categoría “otros” (descalificaciones comunes) se encuentra como la más mencionada, y le siguen otras de origen social o de injerencia.

Figura 5. Origen del adversario interno

Figura 6. Conceptualización del adversario interno

5.2. Temáticas y contenidos

Como hemos explicado, el diario El Pueblo fue el órgano de propaganda del PCE. Por ello, reviste especial importancia el análisis histórico de sus contenidos, ya que permiten revelar cuáles eran las preocupaciones oficiales y objetivos del Partido en un periodo dado.

Respecto a las temáticas nacionales (Figura 7), la mayoría de contenidos, de manera invariable, fueron comunicados del PCE y sus organizaciones satélites. La prensa del Partido se usó principalmente para marcar directriz o reafirmar su postura respecto a los distintos acontecimientos, más que a atraer a sí a adeptos. Un resultado paradójico, y que contrasta con el lenguaje populista empleado, ya que dicha literatura de autoconsumo, para los ya convencidos, puede no ser de gran utilidad a la agregación de voluntades necesaria para la construcción del pueblo. A una distancia considerable se encuentran las informaciones sobre conflictos laborales -huelgas, encierros, despidos- y la coyuntura nacional. Es posible que esto refleje una preocupación por recoger conflictos tanto de carácter clasista como ideológicos en una proporción similar, mostrando, por un lado, querencia por los problemas de los trabajadores, pero sin desatender los propios de otros sectores sociales. En otro orden de cosas, la exposición de debates ideológicos fue reducida, apareciendo con una media de 0,7 ejemplares, lo que reafirma que El Pueblo no fue un espacio de ensayo o discusión, sino de exposición vertical del discurso.

Figura 7. Temática nacional

Respecto a las temáticas internacionales (Figura 8), El Pueblo dedicó más espacio a contenidos positivos sobre partidos y organizaciones comunistas en el extranjero -sobre todo, en América Latina y la Unión Soviética- que a denunciar las injerencias de los gobiernos enemigos -Estados Unidos, su bloque, y las dictaduras militares regionales-. Este resultado es aún más abultado si se suman las efemérides internacionales, que en su amplia mayoría recogen relatos simpáticos con el personaje fallecido.

Y esto puede tener una explicación. Siguiendo a Caballero (1985), la relación entre los partidos comunistas latinoamericanos y Moscú forma parte de una historia tormentosa de dependencia económica unilateral. Aunque tras la revolución cubana el PCUS comenzó a prestar una mayor atención a los procesos de liberación nacional en África, organizaciones como el PCE siguieron necesitando financiación de la URSS para, por ejemplo, enviar a sus militantes a realizar estudios oficiales en sus universidades.19 Asimismo, las relaciones, también discursivas, con el Estado soviético eran útiles para mantener la ficción de que la disputa con el PCMLE tenía, fundamentalmente, un calado ideológico y de contraste doctrinario.

Si observamos los datos por períodos, evidenciamos que la tendencia a reproducir las mismas temáticas se mantiene. Esto podría parecer que no revela nada. Sin embargo, si tenemos en cuenta que la realidad es cambiante, se antoja particular que no lo hiciesen los contenidos. Esta continuidad temática podría reforzar la idea de que esta prensa fue unidireccional, operando sólo para informar y no para formar a sus lectores, contradiciendo la fórmula leninista de que la prensa obrera debería permitir estudiar, hacer propaganda y organizar. Prestando mayor atención, los comunicados publicados nunca se convirtieron en “la otra opinión” (Archila Neira, 1986) o en el “vehículo divulgador del ideal libertario” (Colodrón Valbuena, 2016), sino que funcionaron como la única opción posible.

Por último, hemos analizado también las representaciones visuales (Figura 9). En este sentido, los retratos son la categoría unificada más utilizada. Las imágenes son, por tanto, preferidas para ilustrar a personajes protagonistas de los contenidos, reforzando así cierta querencia por los liderazgos, cuestión compartida tanto por el populismo como por el comunismo marxista de corte soviético. A estos, les siguen imágenes de manifestantes y de trabajadores de la ciudad. Una vez más, la línea entre una estrategia popular y otra clasista. Como ocurría con los contenidos y términos, los campesinos son representados en una proporción muy inferior al resto de sectores, ahondando en la posibilidad de que fuesen considerados de manera lateral para el proceso de cambio.

Figura 8. Temática internacional

Figura 9. Representaciones visuales

5.3 Elementos formales

En términos formales, El Pueblo no difiere de las características que presentan otros ejemplares de la prensa obrera, por lo que nuestro estudio no ofrece resultados singulares que merezcan extenderse en detalle. Algo que estaba previsto, ya que existe literatura académica anterior que da cuenta de las propiedades comunes de la prensa obrera, atravesada por su precariedad económica y falta de profesionalismo técnico (Arias Escobedo, 2009).

De este modo, el estudio nos arroja una media de siete fotografías y 1,73 ilustraciones por edición. Un 83,1% de las portadas contienen, fundamentalmente, textos verbales, mientras que sólo en un 12,9% su prioridad son los elementos visuales. Por último, la ausencia de colores es, también, mayoritaria (44,4%), y cuando la impresión contiene color, suele ser sólo uno, el rojo, una cromática simbólica para el marxismo (24,2%). Tan sólo en un 12,9% de las veces las ediciones cuentan con más de un color (además del negro), y se concentran en las más cercanas al final del periodo estudiado. En general, una publicación visualmente poco creativa y atractiva, pero que no reviste diferencias con las publicadas en otros países.

Conclusiones

Durante el periodo de estudios, el PCE vivió una doble identidad (soviética y latinoamericana) que influyó en los intentos de construcción del sujeto revolucionario y sus adversarios. Esto provocó discursos contradictorios, faltos de visión unificada, en los que se combinaban formas clasistas con populistas. Por ello, no es de extrañar que, por ejemplo, exsecretarios generales del Partido como Pedro Saad (2013) pudiesen mantener, al mismo tiempo, una visión amplia de quiénes podrían constituirse como fuerzas motrices del cambio y, poco después en la misma obra, interpretar que la alianza obrero-campesina, “para ser firme, necesita estar dirigida por la clase obrera” (p. 345).

El estudio de la prensa obrera no puede aportar las razones por las que son elegidos unos u otros discursos, pero sí permite hacer elucubraciones razonadas: así, es posible que esta hibridación pudiera deberse a procesos de formación precarios, a adaptaciones -deliberadas o no- del marxismo soviético a la cultura latinoamericana, o a una voluntad de mantener una cercanía a la URSS por razones utilitaristas, como la financiación o el sostenimiento de la batalla partidaria contra el PCMLE. En cualquier caso, la disputa entre el pueblo y la clase como identidad preferida por los partidos comunistas data de lejos y tiene recorrido en Ecuador (Bustos Lozano, 1991), lo que demuestra que el Partido nunca logró afianzar una posición al respecto o que, en el mejor de los casos, provocó dicha ambigüedad en búsqueda de algún beneficio político.

Fuera como fuese, su idea de clase sólo fue eso, una idea. Esta discusión inacabada sobre el sujeto revolucionario podría tener su origen en un problema de concepción, de imaginación, de pensamiento del obrero como estereotipo industrial, que no calzaba con la realidad del país andino. Todo lo demás podría ser considerado pueblo, y en él cabían de mejor forma aquellos profesionales, artistas, intelectuales y burócratas que fundaron el propio Partido.

Al mismo tiempo, sus contenidos parecerían estar más enfocados a mantener una mirada hacia adentro, una interpelación al interior de la misma organización, antes que a sumar nuevas voluntades o establecer mecanismos de pedagogía y agitación de masas. Ello, junto a un diseño pobre -aunque común en la prensa obrera- da cuentas de la falta de éxito de dicho semanario.

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1 Cabe reconocer, por demás, que esta no es una idea original de este siglo, y que ya en los años setenta del anterior Rifkin (1996) o Medá (2009) definieron con optimismo la posibilidad de que la tecnología actuara como disolvente de las clases sociales.

2 Por otro lado, se ha escrito mucho más respecto a la historia, composición y trayectoria de la clase obrera y sus organizaciones en Ecuador. Pueden consultarse a este respecto Muñoz Vicuña & Vicuña Izquierdo (1984); Bonilla Soria (1990; 1991); Icaza (1991); Ibarra (1992; 1997); Dávila (1994); Milk & Richard (1997); Miyachi (2000); Páez Cordero (2001); Mardesic (2004); Ruiz Acosta (2017); y Salazar Cortez (2017).

3 La interrupción forzada del período presidencial de Abdalá Bucaram abrirá un ciclo de inestabilidad política caracterizado por la salida anticipada de tres presidentes, en lo que Pérez Liñán (2008) denominó como una democracia estable con gobiernos inestables.

4 Esta certeza dio lugar, durante el gobierno de Iósif Stalin, a una visión más limitada y ortodoxa sobre cómo concebir la clase. Para el dirigente, en tanto que solamente el trabajador -estereotipado en su versión fabril- y su Partido pueden sostener la revolución, la Unión Soviética debía abandonar su realidad campesina e industrializarse a marchas forzadas (Zinóviev & Stalin, 2015). En suma, las fábricas soviéticas fueron más que una estrategia económica: también fueron necesarias para producir el hombre nuevo.

5 En efecto, la tradición soviética asume la diferenciación entre propaganda y agitación. Si la primera, en este contexto, se entiende como “difusión de ideas y conocimientos teóricos que expresan los contenidos esenciales de la ideología”, la agitación es la “exposición más popular de una de las ideas, de actualidad para el movimiento contemporáneo, que propone un objetivo práctico e inmediato para las masas” (Gran Enciclopedia Soviética, 1969-1978). Propaganda y agitación tienen un claro objetivo movilizador (Lenin, 1979b) y no rehúyen las simplificaciones dicotómicas que apelan directamente a las emociones más básicas.

6 Sirvan como ejemplo las palabras del comunista suizo Humbert-Droz, adscrito a las tesis soviéticas, y que defendió como “verdad elemental” que ya “no requería una nueva demostración” el hecho de que las sociedades latinoamericanas eran, en el mejor de los casos, semicoloniales y dependientes del capital imperialista, cerrando la posibilidad a discusión que pudiera poner en valor las contradicciones étnicas al interior de sociedades como la ecuatoriana (Páez Cordero, 2001).

7 Ecuador inició la segunda mitad del siglo XX con el auge en la producción y exportación bananera, ciclo desarrollista centrado en el modelo agroexportador. Las exportaciones crecieron de 63,1 millones de dólares en 1950 a 102,56 millones en 1960, y a 199,07 millones en 1971; mientras las importaciones pasaron de 41,33 millones en 1950 a 115,18 en 1960, y a 340,1 en 1971, haciendo que la balanza comercial fuese positiva solamente hasta 1956. Además, se organiza un nuevo modelo de Estado a partir de los postulados “cepalinos”, y se logró cierta estabilidad política desde 1948 hasta 1961.

8 La Central del Guayas, incluyendo sus Juventudes Comunistas, ratificaron su adherencia al XX Congreso del PCUS, famoso por sus críticas al recientemente fallecido Stalin. En Pichincha, en cambio, un sector continuó defendiéndole, postulando la lucha armada revolucionaria, y leyendo con simpatías las palabras de Mao Tse-tung. Esta pugna regional fue fundamental en la ruptura y creación del PCMLE.

9 Después del fallido intento de la guerrilla del Toachi (Santo Domingo de los Tsáchilas), la vía armada constituyó una quimera para los partidos de izquierda en el país. Con todo, el triunfo de la Revolución Sandinista (1979) reactivó la idea del foco revolucionario: las acciones de “Vencer o Morir” o el secuestro de Briz Sánchez, abrieron el camino para la lucha armada, deviniendo en la creación del movimiento Alfaro Vive Carajo (AVC). Esta iniciativa se produjo por fuera de la dinámica partidista de la izquierda, quiénes estaban enfocados en ese momento en el fortalecimiento de sus frentes legales, con el fin de intervenir en el proceso de retorno a la democracia.

10 Seguramente, el acontecimiento que marcó el divorcio definitivo entre las organizaciones políticas y sindicales, más orientadas hacia la política institucional, y el movimiento popular, crítico con ella, fueron las Jornadas de abril de 1978. También conocidas como la “Guerra de los cuatro reales”, se produjo cuando el Triunvirato Militar decretó el alza de cuarenta centavos en el transporte público. Sus principales actores fueron el movimiento estudiantil y sectores populares. Las jornadas estuvieron marcadas por la represión policial y militar, pero también fueron la coyuntura en que se consolidó la organización barrial como forma de lucha.

11 El debate al interior del PCMLE sobre si configurar una plataforma electoral o no, dio lugar a la renuncia al maoísmo y su estrategia de la guerra revolucionaria (Urrego, 2017). En adelante, la disputa entre el FADI y el MPD acabaría siendo más una pugna técnica que un verdadero debate ideológico sobre el pensamiento marxista y las estrategias de acceso al poder.

12 El nuevo Frente se aglutinó en torno a un plan conocido como la Plataforma de los nueve puntos, que recogía la inmediata solución de los conflictos de los trabajadores del campo y la ciudad; el derecho a la organización y a la huelga; el incremento de salarios; el cumplimiento total de la Ley de Reforma Agraria (1963); la reorganización del Ministerio de Trabajo; la nacionalización del petróleo, la industria eléctrica y el comercio exterior; y el congelamiento a los precios de los productos de primera necesidad (Muñoz Vicuña & Vicuña Izquierdo, 1984, pp. 252-253).

13 Cabe recordar aquí que, fuese o no la división electoral un error táctico, las adscripciones populares a los proyectos políticos no dependen solo de factores internos, y las condiciones exteriores también juegan un papel destacado. Así, la década de los ochenta estuvo marcada por un desencanto general desatado por la situación económica, que lejos de mejorar con el sistema democrático empeoró, como muestra el hecho de que en la década que va desde 1976 a 1986 la deuda externa se multiplicase por doce (Santos & Mora, 1987, pp. 19, 39-44).

14 La Comisión de la Verdad (2008) fue creada para investigar las denuncias de violaciones de los derechos humanos durante la administración del ex presidente socialcristiano León Febres Cordero (1984-88) y periodos posteriores. La Fiscalía del Estado judicializó 136 casos y recibió más de 3000 denuncias.

15 El exsecretario general del PCE, Alfredo Castillo (12 de mayo de 1991), explicó, a las puertas de la disolución de la URSS, este proceso: “Para 1991, en el mundo han evolucionado profundamente la cualidad del desarrollo social, las relaciones sociales y el sentido de la historia; es más, han cambiado los métodos, los condicionamientos y comprensiones del desenvolvimiento de la sociedad. [Antes] era un axioma la idea de que el desarrollo de la humanidad se impulsaba desde la oposición socialismo versus capitalismo o su inversa. Esa oposición suponía no sólo una contradicción, sino la posibilidad de negar, de dar por terminado uno de los dos modos de producción. Era una creencia incuestionable el triunfo del socialismo sobre el capitalismo, era una cuestión de doctrina que condicionaba, además, la antinomia entre el imperialismo y las naciones del mundo. Esta antítesis, que condujo gran parte de la política dinamizada por la presencia de la Unión Soviética y el campo socialista, no solo ha sufrido una evidente frustración, sino una definitiva ausencia como contenido, lo que afecta las relaciones políticas, dentro del país y a nivel internacional”.

16 Aunque el ciclo político concluía con la salida anticipada del gobierno de Abdalá Bucaram, no se hallaron ediciones del 90 al 96.

17 Para reducir los resultados marginales, se han obviado de la gráfica aquellos términos repetidos menos de diez veces. Esto ocurrirá, de aquí en adelante, en todas las representaciones de este artículo.

18 No fue hasta el Levantamiento Indígena de 1990 que los conflictos por la tierra se hicieron públicos y masivos, evidenciando la poca capacidad, y hasta ventriloquía, con la que operaban los militantes comunistas. Después del Levantamiento se legalizaron 2.300.000 hectáreas de tierra: 1 millón en territorios para las nacionalidades indígenas de la Amazonia, y 1,3 millones en títulos de propiedad por procesos de Reforma Agraria, especialmente en la Sierra, pero también en la Costa y la Amazonía.

19 Uno de los puntos álgidos de esta cooperación llego en 1974, justo un año antes de nuestro estudio, con la firma del convenio de intercambio estudiantil entre la Universidad Central del Ecuador y la Universidad de la Amistad de los Pueblos “Patricio Lumumba”.

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