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Periodismo y nuevas tecnologías:
los ejes del pensamiento hegemónico y una posible contra agenda

Florencia Saintout
Decana de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de La Plata. Doctora en Ciencias Sociales (Flacso). Autora de “Los jóvenes en Argentina. Desde una epistemología de la esperanza”. UNQ. Buenos Aires. 2013

Recibido: octubre 2013 Aprobado: noviembre 2013

Resumen
La relación entre periodismo y nuevas tecnologías ha sido pensada históricamente escindida de la dimensión del poder, separando la técnica de su espesor social desde una perspectiva instrumental de la misma funcional a una concepción administrativa liberal del periodismo. En la actualidad la pregunta por ese vínculo implica indagar si el periodismo asume la explicación neoliberal del mundo que lo condena a ser mera herramienta de un orden reproductor de la palabra de unos pocos; o si se posiciona en los procesos de construcción de emancipación de su pueblos ayudando a parir las voces, los olores, los sonidos, las imágenes y la lengua de aquellos que luchan por un horizonte de justicia.
Palabras clave: tecnologías, periodismo, comunicación, poder

Resumo
A relação entre jornalismo e novas tecnologias foi historicamente pensada fora da dimensão do poder, separando a técnica de sua expessura social, a partir de uma perspectiva instrumental, servindo a uma concepção administrativa liberal do jornalismo. Na atualidade, pensar sobre esse vínculo implica indagar se o jornalismo assume a explicação neoliberal do mundo, que o condena a ser mera ferramenta de uma ordem reprodutora da palavra de poucos; ou se está inserido nos processos de construção da emancipação de seu povo, ajudando a difundir as vozes, os cheiros, os sons, as imagens e a língua daqueles que lutam por um horizonte de justiça.
Palavras-chave: tecnologias, jornalismo, comunicação, poder.

Abstract
The relationship between journalism and new technologies has historically been thought cleaved from a power dimension, separating the technique from its social thickness, using an instrumental perspective which is functional to a conception of journalism both administrative and liberal. At present the question for that bond implies investigate whether journalism assumes neoliberal explanation of the world that condemns him to be a mere tool player by the word of a few, or if journalism take side in the process of emancipation supporting the people to bear the voices, smells, sounds, images and language of those who struggle for justice horizon
Keywords: technologies, journalism, communication, power

La historia del periodismo y la comunicación no puede ser escindida de la historia de las tecnologías. Esta relación que parece novedosa está en la base de la posibilidad del periodismo moderno: la capacidad de la reproducción de la información a gran escala. Pero es necesario decir que la relación no existe en sí misma (no está dada de una vez y para siempre) sino que tiene historia y que hegemónicamente se ha constituido a partir de ciertos ejes que es necesario poner en común con el objeto de plantear una nueva agenda tanto para el pensamiento académico como para la práctica periodística.

El primero de estos ejes ha sido la linealidad evolucionista. Se ha pensado una historia de las tecnologías y el periodismo siguiendo un modo de entender la temporalidad que ha sido el dominante para todo el proyecto civilizatorio moderno. Este ha sido el del modelo secuencia, lineal, en el que cada nueva etapa implica la anulación de la anterior. Así, el relato del progreso primero, y luego el del desarrollo (especialmente para pensar nuestra región) han sido la base de un pensamiento sobre las tecnologías en el cual la emergencia de cada nueva técnica implica un estadio superior que deja en el atraso y el olvido al estadio previo. La historia más o menos se cuenta así: la imprenta, el libro, la radio, el cine, la televisión, la multiplicidad de pantallas; de la cultura analógica a la digital.

Pero también, sostenido sobre la capacidad de desarrollo de las tecnologías, se ha alojado una mapa clasificatorio del mundo, donde unas naciones quedan atrás (y deben ser conducidas y tuteladas como niños o incapaces) y otras son las que pueden ocupar el lugar de la toma de decisiones.

Esta visión además se ha consolidado en la larga década neoliberal con una afirmación: que la historia ha concluido, que ha llegado a un lugar del cual es imposible moverse y que lo único que nos queda es aceptar ese orden (orden en el cual lo único que cambian son las tecnologías que nunca dejan de ser nuevas).

El periodismo queda así reducido a un afán por la adquisición de una serie de destrezas y habilidades que, se piensa, le permite acceder a los cambios tecnológicos últimos para dar cuenta con absoluta rapidez de lo que está dado ( y no se cuestiona) como la noticia: lo último.

El segundo de los ejes es el que ha pensado la tecnología en sí misma, es decir, por fuera de toda relación social, reducida a una mirada instrumental. Así la técnica es esa herramienta al servicio de cualquier poder. Y el periodista un experto o profesional que no decide nada ni tiene posición.

La tekhné deja de ser poiesis, es decir, se desprende de cualquier pasión sobre el bien o el mal. Se transforma en un saber en sí mismo que sabe de lo humano sin pertenecer a ese dominio. Que no acepta los misterios. Ni las tensiones. No hay herida. Una técnica ciega a la belleza y al horror en sus múltiples caras.

En esta matriz, la técnica no funda ni nombra nada. Escribe Schmucler (2008): “la técnica dejó de ser producción que adviene para convertirse en dominio planificado, en conminación provocante. El acontecer cedió ante el cálculo. Poesía y técnica dejaron de ser una misma cosa y el hombre empezó el camino de ser instrumento de los instrumentos que había construido. Alejadas de la poesía (o de lo político), las palabras del pensar técnico dejan de crear -en principio fue el verbo- y se resignan a expresar lo previsible.”

Por este motivo, la idea de la tecnología como un instrumento (que además es neutral: como una especie de herramienta o aparato por fuera de lo humano dispuesto a cualquier tipo de uso) es también absolutamente funcional a una concepción administrativa liberal del periodismo. Perspectiva administrativa que sostiene que los periodistas no tienen ninguna posición (ni de clase, ni de género, ni ideológica) y que, por lo tanto, su función se restringe a “reflejar”, a “contar” una realidad a la que acceden sólo mediados por la tecnología. Una realidad cuya existencia se presenta al desnudo ante los periodistas, que se limitan a dar cuenta de ella. .

El tercer eje sobre el que se ha articulado la relación periodismo/tecnologías es el que piensa las tecnologías de la comunicación como salvación, o lo que podemos denominar como las tecnoutopías de la sociedad de la información. La emergencia moderna de un relato sobre la comunicación está íntimamente ligada al ideal del progreso como proceso natural y guiado por una civilización blanca (patriarcal y de una única razón). Allí prevalece la idea de una comunicación “luminosa”, sin ruido, domesticadora de lo social, o de lo que aparece como anomalía con respecto al orden. Una condición moral; una búsqueda de bondad que acude a salvar lo humano de la barbarie y la oscuridad.

La emergencia de la llamada sociedad de la información no está exenta de estos relatos, por el contrario, la constituyen y marcan su identidad. Llamamos aquí sociedad de la información a una serie de procesos económicos, políticos y socioculturales -en un principio como proyecto ligado a las esferas gubernamentales norteamericanas- que permiten hablar del desplazamiento de un modo de sociedad que basa su sistema de producción en la industria hacia otro donde la información ocupa un lugar central. La información como insumo y como fuerza motriz en la reestructuración de los procesos productivos. La sociedad de la información supone además un des-anclaje en las categorías clásicas de tiempo y espacio, donde las verdaderas arquitecturas de la sociedad mundial son las redes en lugar de las naciones; la producción de bienes y servicios ligadas a la tecnologías de información y comunicación, en lugar de las fábricas.

Desde el punto de vista socioeconómico, este modelo productivo que intentó reemplazar al estado de bienestar está basado en la sustitución a gran escala del trabajo humano, en la centralidad del complejo de la microelectrónica y de la industria de las telecomunicaciones, en la interconexión financiera y comercial del globo, en la deslocalización industrial, en la consolidación del sector terciario y del empleo precario y en la promoción del consumo como relación social preponderante ( Becerra, 2003).

Como una suerte de continuación del proyecto del progreso moderno, se presenta como un nuevo modelo societario globalizado que promete un futuro de bienestar con carácter universal. Para esto necesita de ciertos relatos:

La metáfora de la aldea global, luego de ciertas operaciones de actualización, se sigue sosteniendo de manera especialmente rica para aquellos que sitúan el desarrollo de las llamadas nuevas tecnologías en un mundo que anhelan sin conflictos ni diferencias y que se presenta como resultado del imperio de esa técnica.

Si de acuerdo a la idea “macluhiana” una sociedad se define y caracteriza por las tecnologías de las que dispone, en el sentido no específico sino genérico, y en nuestra sociedades las tecnologías permiten pensar en un desarrollo infocomunicacional como nunca en la historia, para algunos será lógico creer que hemos pasado de la “galaxia Gutenberg” a la aldea global que ahora es más aldea que nunca (en el sentido de la proximidad) aunque esté “des/ordenada” (u ordenada en un nuevo orden: el del capital).

La diferencia de esta aldea de hoy con las aldeas del pasado es que se sobresalta la condición de la diversidad. Gianni Vattimo señaló que la característica central de nuestras sociedades es la puesta en visibilidad simultánea y caótica de infinitas culturas e infinitos mundos, y que en ese caos (caos como nuevo orden) residía la posibilidad de la emancipación. Escribía: “El sentido emancipador de las diferencias y los dialectos está más bien en el efecto añadido de extrañamiento que acompaña al primer efecto de emancipación. Vivir en este mundo múltiple significa experimentar la libertad como oscilación continua entre pertenencia y extrañamiento”. (Vattimo, 1996, p. 85)

Se celebra entonces una diversidad por fuera de todo marco estructural, entendida más como multiculturalismo que como interculturalidad. Como si en la aldea todas las voces tuvieran la misma fuerza.

En esta aldea no hay Estado, no hay clases, no hay fronteras (o se transformaron en fronteras porosas). Sobre todo, no hay conflictos. No hay política. Lo único que existe son las redes. Y si bien las redes habían sido pensadas previamente por la sociología en su carácter de lazos, ahora serán pensadas a partir de las posibilidades de multiplicación de los negocios.

En el mundo como aldea, la cuestión del poder se asume en un desplazamiento desde las lógicas de la dominación/emancipación hacia las metáforas rizomáticas, oblicuas, donde el poder al ser una dimensión de todo lo social, está en todas partes y en ninguna. Sobre todo no está para ser combatido.

El adelgazamiento de la problematización del poder, anclado en la idea de que este ha dejado de ser demoníaco y material para ser fluido, ambulante, creativo y subjetivo ha alimentado el abandono de la dimensión de clase para el análisis y comprensión de la cultura. Las ideas de la microcapilaridad del poder ligadas a su reubicaciones en la vida cotidiana y en su no exterioridad a la subjetividad fueron claves en el campo de la comunicación. Este giro epistemológico dio lugar a una serie de problemáticas: las audiencias, los llamados nuevos movimientos sociales, las resistencias ligadas a las reivindicaciones étnicas, de género.

Pero cabe decir que la ruptura fue parida por la derrota política y que esto no estuvo exento de consecuencias. La exaltación de las micro luchas ha venido de la mano de la ausencia de pensamiento sobre la existencia de una. Y, como si esto fuera poco, cada una de estas micro-disidencias han sido pensada en sí mismas sin la pregunta por su articulación con otras luchas dentro del espacio social. Es así que, por ejemplo, las capacidades de crítica, de resistencia de las audiencias han sido construidas al margen de su relación con un sistema social estructurado, pero además, al margen de las resistencias llamadas de género, o de etnia, y ni qué hablar de la articulación con una dimensión de clase.

Luego del 2001, cuando se hicieron visibles, por ejemplo en la Argentina, las consecuencias nefastas de los modelos políticos y económicos implementados en la región basados en la celebración del orden neoliberal existente como un orden casi natural, es muy complicado para la acción política, pero específicamente para la mirada epistemológica, no ejercer una crítica del poder que no desande muchas de las rupturas pero que se detenga en la fuerza arrolladora de unos poderes que no están sólo en los microscópicos deseos de la vida cotidiana sino en grandes relaciones estructuradas históricamente. Es necesario no clausurar en la agenda de investigación el escándalo de las vergonzosas consecuencias de unas relaciones de poder profundamente desiguales que no circulan todo el tiempo, de las que no se puede entrar y salir cuando a uno se le da la gana, que poco tienen de fluidos y de redes anestesiadas.

Por último, la aldea no podría existir sin una consideración sobre el estatuto de lo real. Si por un lado tenemos un empirismo brutal que asume que la realidad existe sin mediaciones y de lo que se trata es de reflejarla, por otro, de la mano del giro lingüístico con todas sus consecuencias y de la exacerbación del lugar de las tecnologías de comunicación (dos hechos que se realimentan), se va construyendo un modo de pensar lo social en el que lo real es puro lenguaje, pura construcción, puro relato. Ya no importa qué es lo real. Lo real se nombra y con eso alcanza. Esta posición epistemológica va a llegar a extremos como los de Jean Baudrillard que asegura que la guerra del golfo no ha tenido lugar (Baudrillard, 1991) o que los acontecimientos ya no existen (Baudrillard, 1993)

Es fácil imaginar entonces cómo si la verdad no existe y su lugar va a ser ocupado por puro lenguaje, por pura imagen, por pura construcción se muere la vía en la que se pueda distinguir entre verdad y mentira. Si no hay verdad tampoco hay mentira: que gane el más fuerte, ruge el mercado.

Un último gran eje que es aquel que sostiene que los grandes sujetos colectivos (especialmente el gran sujeto de la historia, el movimiento obrero organizado) se han adelgazado hasta desaparecer. En las sociedades posindustriales de la información se piensa que ya no hay un sujeto que movilice la historia. En todo caso hay movimientos en minúscula y en plural que de manera fragmentaria luchan cada uno por su lado. Y lo que sí existe y se celebra es un tipo de ciudadanía que se define por su capacidad de acción en el mercado. Ciudadanos/consumidores: si la ciudadanía moderna se defendía y ejercía ante el Estado, esta condición del consumidor se erige ante el mercado.

Por otro lado, en el que se considera el mundo autónomo de las tecnologías, hay una exacerbación del ciberciudadano, es decir, de aquel cuya actividad se hace lugar desde el uso de las tecnologías a través de las cuales constituyen comunidades de autogestión sumamente flexibilizadas, móviles. Señala Jorge Huergo: “La formación de esta ciudadanía está perfectamente articulada a nuevas formas de control lo que alienta la posibilidad de un ejercicio ciudadano despolitizado, es decir, sin ninguna expectativa de transformación del statu quo.”

El aliento al llamado tercer sector, la sociedad civil, o el conocido concepto de Ramonet del quinto poder (Ramonet, 2003) no hacen más que subrayar la aceptación que de la política y de los grandes colectivos politizados no es esperable nada.

Hasta aquí hemos expuesto los principales modos en que se ha pensado hegemónicamente la relación con las tecnologías y el periodismo. Como segunda parte de este recorrido parece pertinente presentar unos posibles otros caminos para esta agenda.

Del tiempo lineal como progreso a la multitemporalidad social

La imposibilidad de pensar la historia en su curso unitario como progreso sostenido, está relacionada con el hiperdesarrollo de las tecnologías de comunicación. Pero la idea evolucionista del tiempo narrado como progreso liberal que tiene su final en la hiperconexión de mercado ha entrado en una crisis radicalizada por diversos motivos: los procesos de descolonización primero, los procesos migratorios de los sures a los nortes, pero sobre todo, en los últimos años, por los movimientos de emancipación de la región que lo pusieron al desnudo en su papel de complicidad con la producción del horror (como heridas mortales a ese sueño universal).

En este sentido, lo que se hace presente es un tiempo social que tiene más de destiempo, de pasado que se recupera como memoria; de memoria que permite el nacimiento de lo nuevo.

Propongo para pensar la relación entre periodismo y tecnologías, la necesidad de moverse en la multiplicidad de tiempos que constituyen lo social. De esta manera, el periodismo jamás podría reducirse sólo a la búsqueda insaciable de “la noticia” como lo último sino que incluso, al fusionarse en el domicilio de las “nuevas tecnologías”, podrá bucear entre la multiplicidad de temporalidades que constituyen lo que se vive como presente, se narra como pasado y se añora como futuro, que está siempre rehaciéndose colectivamente.

De la transparencia a la técnica pensada en su espesor histórico

Fue Walter Benjamin quien mejor expresó una idea radicalmente distinta a la de la instrumentalidad transparente: que la técnica siempre es social antes que técnica. Que es imposible reducir su estatuto a una simple concepción instrumental. La técnica pensada en su espesor histórico nos sitúa en otro territorio de la reflexión, en el que pasamos de la pregunta sobre los efectos de las tecnologías en lo social hacia la pregunta por los modos de constitución de la sociedad y la cultura que producen determinadas tecnologías y no otras en su lugar.

Propongo el desafío de pensar el periodismo y el uso de las tecnologías en las complejidades/densidades de la historia, donde el periodismo deberá ejercitar la capacidad de leer a contrapelo, de caminar las tensiones, de elaborar las relaciones (que nunca vienen hechas “por la naturaleza”) y de escuchar los murmullos subterráneos de lo social.

El conventillo Global: la inscripción de los conflictos, la no comunicación y las concentraciones

Contra el imaginario tecnoutópico que habla de este afán de re-ligare el mundo más allá de la historia, se opone un mapa de desigualdades y concentraciones de poder que el periodismo no puede ignorar.

En primer lugar que la creciente interacción no es garantía de participación horizontal. La mayoría de los usuarios de Internet son simplemente consumidores activos, visitantes frecuentes de los productos creados por unos pocos, siempre por otros. Bajar videos o textos, al igual que música, si bien supone unas destrezas instrumentales, no modifica de manera sustantiva la posición receptiva frente al consumo.

Es necesario tomar las tecnologías y al periodismo sin perder de vista la dimensión del poder. Si bien es cierto que las tecnologías digitales abren un horizonte de posibilidades no es menos cierto que, como afirma García Canclini (2007: 42): “en la red hay dueños y visitantes, y quienes visitan no ponen las reglas de la casa”1

La nueva dinámica del mercado de medios no puede ser comprendida si no se considera que estos procesos de transformación avanzaron a partir de una importante derrota política que tuvo lugar a finales de la década del 70 y que reorientó a los principales gobiernos de occidente hacia una hegemonía neoliberal (Caletti, 2001)

La conformación de un mercado global concentrado solo ha sido posible por el paso al neoliberalismo que ha sido la fuerza motriz de ese proceso ya que supuso la eliminación o la relajación de barreras para la concentración de la propiedad de los medios y su explotación.

En este marco de desarrollo de un mercado global de la comunicación no se puede dejar de tener en cuenta la influencia de las organizaciones globales, fundamentalmente la Organización de Naciones Unidas (ONU) y las organizaciones vinculadas como la UNESCO, la UIT, la OMPI. Pero también organizaciones como el “grupo de los 8” o el Global Information Infrastructure (GII) y, fundamentalmente, la Organización Mundial del Comercio (OMC). Estas instituciones jugaron un papel central en el desarrollo de diseños políticos pro liberalización2.

Nunca en la historia la humanidad dispuso de la cantidad de fuentes, y dispositivos de producción, almacenamiento y distribución de datos e información con los que hoy cuenta. Conforme estas fuentes y dispositivos fueron multiplicándose, también creció exponencialmente el volumen de unidades de información producidas, almacenadas y distribuidas. Es, la presente, una sociedad surcada por los flujos de información. Sin embargo, “más información no equivale a mejor comunicación”.

Es necesario pensar que la utilización de la información y del conocimiento depende de sus propietarios. Estos recursos no son considerados bienes públicos, ni gratuitos, ni están disponibles para cualquier usuario. Tampoco se auto-generan ni circulan automáticamente. Lejos de ser irrelevante, la propiedad es determinante del destino de la información y del conocimiento.

Dice García Canclini (2007, p. 128): “en la Red el poder está desigualmente distribuido y desregulado: son pocos los que tienen el privilegio de conocer tus compras, tus viajes, los países que visitaste, tus creencias religiosas y las de todos los demás, y pueden pagar a agencias publicitarias para que simulen blogs y foros de consumidores, encuestas de opiniones sobre los paradigmas de la moda y sobre los gustos políticos.” En la actualidad, la mayoría de los sectores de Internet están ya dominados por una compañía en régimen de monopolio u oligopolio.3

Propongo, entonces, un periodismo consciente y conocedor de las desigualdades estructurales en la producción de la información. El periodismo no puede seguir trabajando en un estado de inocencia, de desconocimiento de las dimensiones estructurales y sus intereses, haciendo como si ellas no existieran (ni siquiera a la hora de hablar de las fuentes). Dar cuenta de esas asimetrías permitirá no sólo leerlas críticamente sino también producir otra información al servicio de los intereses de los pueblos y no sólo de las corporaciones.

Las concentraciones de propiedad corren paralelas a modos de acceso restringidos o desiguales (de accesos a las tecnologías, pero también de competencias para la lectura y producción). Para revertir esta situación son imprescindibles políticas de Estado que trabajen para todos (los sectores dominantes tienen el mercado, pero los pobres sólo tienen la política para construir justicia).

El retorno de lo político. Un periodismo con posiciones.

Cuando las fuerzas neoliberales habían asumido que la única posibilidad de los sujetos era la del consumo, surgieron gobiernos populares en la Región que, como ha dicho en varios discursos la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner “se parecen a sus pueblos”, en clara alusión a que representan los intereses de las mayorías y no los de las corporaciones al servicio de la reproducción del capital para unos pocos. En este sentido América Latina, luego de la llamada década perdida, recupera su historia combatiendo las políticas neoliberales de las décadas anteriores y sus consecuencias A partir de la articulación horizontal de las luchas de resistencia al neoliberalismo que se venían dando de manera fragmentada y al mismo tiempo de un proceso de articulación vertical que tiene en el Estado su eje vertebrador.

Estos gobiernos populares y progresistas, que algunos llamarán la Nueva Izquierda (Natanson, 2008) se enfrentan con dureza a los grandes actores corporativos que durante años se habían ido forjando al amparo del avance de un capitalismo feroz sin ningún tipo de regulación o límite. Entre estos actores están las corporaciones comunicacionales constituidas en la mayoría de los casos como grandes monopolios de la información y del entretenimiento. La avanzada de gobiernos que restituyen derechos políticos, sociales, culturales, incluso sexuales es vista por los grandes monopolios infocomunicacionales como una gran amenaza. Lo que tiene su explicación en el hecho de que estos monopolios, aliados a todo tipo de corporativismo de las derechas, habían sido durante los años de despojo los que marcaban las agendas de discusión de los pueblos construyendo la llamada opinión pública, esta que se asume como verdad desconociendo su historicidad, es decir, su carácter de construcción desde el poder de imprenta que en el capitalismo no es otro que el poder de empresa. Lo que aparece en juego es la disputa por quiénes son los que gobiernan: si es la política o el mercado con nombre de comunicación (enmascarado como apolítico y fluido).

En este sentido, no hay que pensar que cada conflicto entre Estado y medios es un hecho aislado o el conflicto entre un presidente y un periodista con nombre propio como tratan de plantearlo, sino que asistimos en América Latina a un momento de la historia donde la derecha se presenta travestida de medios de comunicación y libertad de expresión, ocultando en ese vestido (y por eso es tan importante ponerla al desnudo) su afán de reducir el Estado a su función represiva y rematar los logros obtenidos en esta década ganada para las mayoría.

Se pregunta Ernesto Laclau (2005, p. 43): “¿qué ocurre si una afirmación apela a reconocer algo que está presente en la experiencia de todos pero que no se puede formalizar dentro de los lenguajes dominantes existentes?” “¿puede una afirmación semejante -que sería como en San Pablo locura para los griegos y escándalo para los gentiles- ser reducida a una mentira por ser inconmensurable con las formas existentes de racionalidad social?”. Laclau ve en esa capacidad de pregunta lo que podría ser el nacimiento de una verdad al romper con la coherencia de los discursos existentes.

Pues bien, lo que está sucediendo en nuestra región tiene que ver con la afirmación desde la política de algo que estaba presente en la experiencia de todos, pero que no se podía formalizar en el lenguaje dominante existente diseñado, amasado, por las industrias culturales concentradas y al servicio del neoliberalismo. ¿Cuál es esa afirmación? Que la comunicación y sus tecnologías hegemónicas no sólo ocultan parte la realidad de los pueblos, sino que la modelan de acuerdo a sus mezquinos intereses privados y que incluso son capaces de mentir desvergonzadamente.

¿Cuál es la verdad que empieza a nacer? La conciencia de que la información no puede reducirse a un bien que se compra y se vende en el mercado, sino que debe ser entendida como comunicación y como un derecho inalienable de los pueblos. Lo cual es muy difícil de aceptar para aquellos que durante mucho tiempo ocuparon como únicos actores el espacio público, que creyeron era una aldea sin límites (esencialmente sin límites para sus negocios). Y mientras se auguraba la desaparición de la política y se celebraba el corrimiento de todo hacia el mercado, los medios se transformaron en los referentes de la palabra común. Con la derrota profunda de la política, con los políticos transformados en un sector profesionalizado y experto al servicio de los intereses del mercado y condenado por el resto de la sociedad, los medios y el periodismo se auto ubicaron como actores que tramitaban neutralmente las necesidades de la población. Fue así como ocuparon el lugar que correspondía a los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

La batalla por la construcción de sentidos será larga y ardua, y seguramente no tendrá (ni debería tener) un punto final de cierre: el horizonte de la democracia son los desacuerdos (Ranciere, 1996); la democracia es la posibilidad de practicar un disenso. Pero hay que saber que estos grupos empresariales no renunciarán fácilmente ni a la posesión de capitales concentrados que les permita un lugar aventajado en el mercado de bienes, pero tampoco a la capacidad privilegiada de construir sentidos sobre la realidad en un tono monocromático que les refuerza el poder de accionar sobre múltiples campos de la vida de las sociedades. No van a resignarse a perder poder como poder material pero también claramente como poder simbólico, ese que es “capaz de hacer cosas con palabras”, como tan simplemente lo definiera Pierre Bourdieu.

La pregunta por las nuevas tecnologías y el periodismo se transita hoy en este río: o el periodismo asume la explicación neoliberal del mundo que lo condena a ser mera herramienta de un orden ignominioso para lo humano, reproductor de la palabra de unos pocos; o se posiciona en los procesos de construcción de emancipación de su pueblos ayudando a parir las voces, los olores, los sonidos, las imágenes y la lengua de aquellos que luchan por un horizonte de justicia.

Bibliografía

Baudrillar, J (1991). La Guerra del Golfo no ha tenido lugar. Barcelona: Anagrama.

Baudrillar, J (1993). La ilusión del fin. La huelga de los acontecimientos. Barcelona: Anagrama

Becerra, Martin (2003) Sociedad de la información: proyecto, convergencia, divergencia. Buenos Aires: Editorial Norma

Becerra, Martín & Mastrini, Guillermo (2009) Los dueños de la palabra. Buenos Aires: Prometeo

Caletti, Sergio (2001). Sobre globalidades, democracia y autoritarismos. Revista Zigurat N° 2. Carrera de Comunicación. UBA.

De Moraes, Denis (2001) La cruzada de los medios en América Latina, Gobiernos progresistas y políticas de comunicación. Buenos Aires: Paidós.

García Canclini, Néstor (2007). Lectores, espectadores, internautas. Barcelona: Gedisa

Grüner, Eduardo (1998). El retorno de la teoría crítica de la cultura: una introducción alegórica a Jameson y Zizek. En: Jameson, Fredric y Zizek, Slavoj (1998). Estudios culturales: reflexiones sobre el multiculturalismo. Buenos Aires: Paidos

Mastrini, Guillermo, De Charras, Diego & Fariña, Cecilia (2008). Nuevas formas de regulación internacional y su impacto en el ámbito latinoamericano.  Eptic online: revista electronica internacional de economia política da informaçao, da comuniçao e da cultura, Vol. 13, Nº. 3, 2011 , 125-155.

Natanson, José (2008). La nueva izquierda. Buenos Aires: Debate

Ramonet, Ignacio (2003). El quinto poder. Le Monde Diplomatique. Octubre.

Ranciere, J. (1996). El desacuerdo. Política y Filosofía. Buenos Aires: Nueva Visión

Schmucler, Héctor (2008). La comunicación desde la reflexión sobre la técnica. Curso de doctorado del centro de estudios avanzados. Universidad Nacional de Córdoba. Noviembre de 2008

Vattimo Gianni (1996): La sociedad transparente. Buenos Aires: Paidós

Referencias

1 Las diez páginas web más visitadas en 2012 fueron Google, Facebook, YouTube (Google), Yahoo, Baidu.com (principal motor de búsqueda de China), Wikipedia, Windows Live (Microsoft), Twitter, QQ.com (el portal de servicios más utilizado en China) y Amazon.com.

2 La Organización Mundial de Comercio (Ex GATT) se incorporó a las problemáticas infocomunicacionales. La organización se creó en 1994 en Marrakech e incorporó los servicios GATTS y la propiedad intelectual al movimiento dirigido a la liberalización, privatización y desregulación del comercio audiovisual, la propiedad intelectual y las telecomunicaciones. El propósito de la OMC es negociar con los países miembros medidas para liberalizar el comercio. A partir de la Ronda de Uruguay del GATT se comenzó a gestionar el ingreso del sector servicios, incluidos los bienes culturales, a los procesos de liberalización del comercio (Mastrini, De Charras, Fariña: 2008)

3 Google posee el sector de la búsqueda; Facebook el de las redes sociales; e-Bay el de las subastas; Apple domina la entrega de contenidos online, Amazon controla el sector minorista; Skype controla las videoconferencias, twitter, las redes de mensajes

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