Hablar de la Amazonía es hablar del 40% del territorio sudamericano y del bosque tropical más grande del mundo que alberga cerca de tres millones de especies de plantas y animales (Greenpeace Staff, 2020). Se trata, además, de un mosaico de paisajes culturales y ecológicos que se extiende por ocho países amazónicos —Brasil, Perú, Bolivia, Colombia, Venezuela, Guyana, Surinam y Ecuador- y por la Guayana Francesa como territorio amazónico de ultramar. En este bioma convergen temporalidades superpuestas, una extraordinaria diversidad biológica y complejos procesos ecosistémicos que inciden en la regulación climática de América del Sur, entre ellos los llamados ríos voladores (Arraut et al., 2012).
Todas estas características hicieron que la Amazonía fuese reconocida como uno de los siete ecosistemas clave del planeta para combatir el cambio climático, razón por la cual un grupo interdisciplinario de científicos naturales y sociales ha propuesto comprenderla como un “bien planetario común”, de modo que los Estados amazónicos, los pueblos indígenas y las comunidades locales asuman un papel central en su custodia y protección (Rockström & Kotzé, 2024). Así, el carácter transnacional de la Amazonía, y su importancia para el futuro del planeta, así como sus especificidades locales y el protagonismo de sus habitantes, precisan ser llevados en consideración cuando se discute sobre la región.
En ese sentido, el concepto de Pan-Amazonía surge como una categoría que aglutina y permite revisar la investigación reciente sobre este espacio transfronterizo que alberga más de cuarenta millones de habitantes (Gutiérrez et al., 2004; RAISG, 2020; REPAM, 2021; Toscano et al., 2023). La Pan-Amazonía se caracteriza por su biodiversidad, diversidad sociolingüística y complejidad geopolítica. Es el escenario de tensiones históricas y contemporáneas entre modelos de desarrollo extractivista, procesos acelerados de urbanización y narrativas contrapuestas sobre la sostenibilidad (Becker, 2013; Cardoso, 2021a; Dolce et al., 2025; Uribe & Guzmán, 2022). Asimismo, los imaginarios al respecto están marcados por la abundancia inagotable y disponibilidad de sus recursos naturales (Gondim, 2019; Guhl & Riaño, 2022; Loureiro, 2022). En ella convergen disputas por el control de recursos, economías ilícitas (Aragón, 2020; Cancimance, 2013; Vizcarra, 2025) dinámicas de ocupación territorial y resistencias lideradas por comunidades indígenas y locales, cuyas voces han sido marginadas bajo conceptos como la selva urbana o la selva humanizada (Arcila & Salazar Cardona, 2011; Becker, 1995; Begert & Durán-Calisto, 2020; Molina et al., 2024).
La diversidad étnica, lingüística y de nacionalidades del espacio panamazónico es un indicador de la riqueza de cosmovisiones forjadas a lo largo de milenios en esta región, con la capacidad compartida de coexistir con la biodiversidad y, a su vez, generarla (López, 2017; Schubert, 2021). Sin embargo, en el siglo XX, la sociodiversidad amazónica alcanzó su punto álgido de invisibilidad y devaluación. Se produjo un cambio de paradigma que rompió con la comprensión del paisaje basada en realidades concretas y dio paso a un enfoque abstracto del territorio, con un marcado sesgo económico (Killeen, 2022). La región fue concebida como una palanca para el desarrollo de los países panamazónicos y no como un referente de la cultura, la tecnología o la identidad sudamericanas. Esto la convirtió en un territorio a explotar, ajustándose a los parámetros de desarrollo establecidos por la coalición euroamericana.
El desarrollo de la red de carreteras desmanteló la conexión entre los asentamientos humanos, los ríos y los bosques, que fue sustituida por el interés económico y por la posibilidad de obtener materias primas, rápidamente transformadas en productos básicos (madera, minerales, petróleo, energía hidroeléctrica o tierras para el monocultivo) (Malheiro et al., 2021). Se recuperó el ideal de la plantación orientada a la exportación, que no fue viable en el siglo XVI, pero que, con la ayuda del financiamiento y de políticas públicas nacionales autoritarias, se hizo posible en el siglo XX. Esta superposición de mundos provocó conflictos e injusticias socioambientales.
Lo que era el espacio vital de los pueblos de la selva se convirtió en una zona de degradación, como externalidad de la industria extractiva o del agronegocio. Así, la renovación del extractivismo, el denominado Neoextractivismo (Gudynas, 2009; Svampa, 2019) a inicios del siglo XXI tuvo como escenario de expansión la Pan-Amazonía. Tanto las economías legales como la extracción de hidrocarburos (Fearnside, 2019; Trujillo Quintero et al., 2017; Vallejo, 2014), el agronegocio (palma, soya, entre otros) (Dammert, 2018; Monteiro & Bernardes, 2024), la explotación forestal como las economías ilegales (Manrique & Hernando, 2024; Vizcarra, 2025), incluyendo la minería ilegal, los cultivos de coca destinado para la producción de substancias ilícitas, y la tala ilegal de madera, impactaron en el ecosistema amazónico, aumentando la deforestación, así como la vulnerabilidad al cambio climático y a los incendios forestales en este espacio (Rodovalho et al., 2025). En nombre del desarrollo, diversas vidas, formas de vivir, saberes y costumbres fueron sacrificados.
La perspectiva abstracta de las cifras y la aglutinación de indicadores plantearon la conversión total del territorio y de las formas de vida en él como algo inevitable, sin considerar como seres humanos a los grupos poblacionales que dependían de la salud de los ecosistemas. Las ambigüedades, como la facilidad de desplazamiento por las aguas y el aislamiento, desde la perspectiva de los modos de transporte hegemónicos (por carretera y aéreo), generaron nuevas formas de presión por parte del crimen organizado, reactivando viejas justificaciones para la supresión de la sociobiodiversidad.
Durante décadas, el énfasis de las investigaciones académicas ambientales en la Pan-Amazonía estuvieron centradas en lo que estaba encima de las copas de los árboles, lo que ha perpetuado un antiguo malentendido sobre la relevancia de las discusiones sobre el cambio de uso de la tierra y la invisibilización del conocimiento de las poblaciones nativas o de aquellas que hace tiempo se han adaptado al modo de producción socio-bioecológico. Solo después de los cambios epistemológicos que ya se han producido en otros campos del saber, como la historia (Harris, 2026; Sarges et al., 2019), la arqueología (Heckenberger et al., 2008; Neves, 2022; Prümers et al., 2022; Rostain et al., 2024) y la antropología (Albert & Kopenawa, 2010; Viveiros de Castro, 2017), en la economía (Costa, 2019) y a partir de ensayos que surgen en otros campos como el urbanismo y la planificación urbana (Cardoso & Pereira, 2025, 2026; Desmaison, 2018; Durán, 2025; Guhl, 2025), las perspectivas multiescalares e interdisciplinarias han recuperado el enfoque en el espacio vital de las personas.
Dentro de esta pluralidad teórica y disciplinar, la Pan-Amazonía se piensa a sí misma, y confronta las narrativas sobre ella como una región selvática e intocada. Los nuevos estudios sobre civilizaciones y ciudades amazónicas precoloniales muestran que los procesos de urbanización datan de por lo menos 1500 A.C., y continúan en un ritmo de expansión actual acelerado y un crecimiento demográfico de casi un millón de personas al año (Killeen, 2024), de las cuales un 70% reside en áreas urbanas. Muchas de estas áreas son asentamientos no planificados que dependen de economías externas y agudizan la deforestación, y resultan en el abandono de espacios de resistencia. Las redes de aldeas y asentamientos urbanos distribuidos en la selva guardan el registro de una urbanización de baja intensidad y agroecológica, no reconocida por las políticas públicas (Cardoso, 2021b; Durán, 2024; Lapola et al., 2021).
Contrariamente, el Estado, a través de sus políticas públicas promovió la irrupción de megaproyectos logísticos y corredores de commodities, vinculados a lógicas de cadenas de valor planetarias (Vizcarra, 2018) que redefinen territorios antes considerados “vacíos”. En consecuencia, la fragmentación socioespacial y desigualdades afectan a migrantes, pueblos originarios y poblaciones en situación de vulnerabilidad. Esto abre diversas líneas de trabajo vinculadas a los desafíos socioambientales, las narrativas del Estado-frontera, los procesos de ocupación, la red de asentamientos humanos entre otros.
Frente a estos retos, emergen propuestas discursivas que buscan reimaginar y resignificar la gobernanza territorial. Conceptos como biodiverciudades y planificación anfibia (Lyons, 2019; Mantilla, 2022) plantean modelos urbanos adaptados a ecosistemas frágiles, integrando saberes tradicionales y estrategias de resiliencia climática. No obstante, persisten tensiones entre visiones centralistas vinculadas a intereses transnacionales y enfoques comunitarios que exigen diálogos interculturales, consultas previas y mecanismos de justicia espacial (Escobar, 2015). La urgencia de evitar un colapso ecológico demanda, además, un financiamiento justo y políticas que prioricen la protección de la biodiversidad frente a la expansión agrícola y los mercados inmobiliarios (Lapola et al., 2021; Schubert, 2021). A pesar de estas presiones, habitan en este territorio cerca de dos millones de indígenas pertenecientes a más de 400 pueblos, que mantienen vivas alrededor de 300 lenguas, cifra que supera la de las lenguas pertenecientes a las familias lingüísticas europeas y asiáticas. Junto con poblaciones afrodescendientes y locales, estos colectivos pueden comprenderse como “pueblos de la selva”, en el sentido propuesto por Eliane Brum (2024), es decir, como comunidades que, a través de conocimientos ancestrales, prácticas territoriales y formas propias de habitar, han contribuido históricamente a mantener la selva en pie, pese a las amenazas y presiones que han recaído sobre este bioma y a la violencia, criminalización y persecución sistemática que enfrentan quienes defienden la tierra, el territorio y los derechos ambientales (Global Witness, 2024).
La aceleración de la degradación ambiental, el debilitamiento de las funciones ecosistémicas esenciales, las sequías extremas recientes y el deterioro de absorción de carbono en algunas zonas de la Amazonía evidencian que este territorio atraviesa una coyuntura crítica. Diversas ciudades y asentamientos urbanos, conectados por ríos quedan aisladas durante la estación seca donde el aumento de las sequías ha llevado a situaciones límite como la falta de alimentos y agua potable. La adaptación desarrollada por eras de interconexión entre humanos, ríos y selvas se ve amenazada por el calentamiento global. Distintas investigaciones advierten que este bioma se aproxima al punto de no retorno, entendido como el umbral a partir del cual amplías áreas de bosque podrían perder su capacidad de regenerarse y transformarse de manera progresiva e irreversible, con graves efectos sobre el abastecimiento de agua, la salud, la energía y la estabilidad climática regional y global (Flores et al., 2024; Hirota et al., 2021; Lovejoy & Nobre, 2018). Esta dinámica afecta al continente como un todo y a cada territorio de los pueblos de la selva, que, tras resistir por siglos, están siendo obligados a migrar para zonas periféricas y precarias de las ciudades.
Es precisamente a partir de la comprensión de esta pluralidad empírica que resulta pertinente dedicar este número especial de la Revista Chasqui a la PanAmazonía, entendida no solo como una extensa región biofísica transfronteriza, sino como un espacio de disputas narrativas, territoriales y políticas cada vez más intensas. En esa dirección, los trabajos que componen este número examinan, desde diversas perspectivas, las formas en que el extractivismo, la urbanización y los debates sobre sostenibilidad reconfiguran territorios, subjetividades, conflictos y modos de habitar la región. También demuestran la forma em que iniciativas de cooperación pan-amazónica como la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA) o la Asociación de Universidades Amazónicas (UNAMAZ), no ha recibido la atención necesaria luego de su creación em las décadas de los años 1970 y 1980, respectivamente.
En este número se recogen artículos que presentan facetas de este caleidoscopio pan-amazónico, que dan voz a los pueblos indígenas, a las mujeres, a las organizaciones locales, así como a los registros sobre cómo se produjo la intensificación de la violencia o el borrado simbólico de identidades. El dossier se propone como un recurso para un movimiento de articulación pan-amazónico de la investigación sobre este bioma, donde todo se consolida, aunque se considere que los espacios de las vidas nativas son frontera de la expansión capitalista. Que este sea un paso hacia la construcción de redes de apoyo y el replanteamiento de conceptos y valores comprometidos con la mejora de la calidad de vida de las personas y de coexistencia con todas las especies que habitan este ecosistema.
Se espera señalar nuevas posibilidades e inspirar más búsquedas más allá de las recuperaciones indígenas de ciudades, que están construidas en suelos que ellos ya ocupaban antes de la colonización europea. Así, el monográfico incluye diversos artículos que permiten pensar la pluralidad de miradas en la PanAmazonía. El dossier incluye textos provenientes de la mayoría de los países de la región, Brasil, Bolivia, Ecuador, Perú y Colombia, con diferentes perspectivas teórico-metodológicas. Un primer bloque de artículos, compuesto por las cinco contribuciones de Caio Dayreel Santos, Miguel Angulo Giraldo, Ricardo Cabrera Cortés, Gustavo Durán, Camilo Molina Bolivar, Daniel Pontón y Carla Celi, abordan las disputas narrativas en torno al territorio amazónico desde una perspectiva genealógica. Los diferentes autores dejan en evidencia que existen diferentes tensiones en la construcción de los imaginarios sobre la región articulados a proyectos nacionales, económicos o emancipatorios que disputan las mentes y corazones no únicamente de los amazonidas, sino el conjunto de la población de los países de la Pan-Amazonía.
Estas narrativas están vinculadas por una parte al extractivismo, y a la visión de la región como una fuente inagotable de riquezas naturales, incluyendo biodiversidad, minerales y combustibles fósiles. Los artículos sobre “Negacionismo e imaginario extractivista” (Santos, en este número), “La Amazonía en disputa” (Angulo & Cabrera, en esta edición) y “Extractivismo y nación en Bolivia contemporánea” (Lobatón, en esta edición) evidencian como la construcción de estos imaginarios se realiza a través de la producción de subjetividades que reproducen visiones asociadas al proyecto moderno/colonial y subordinan la naturaleza a proyectos de acumulación de riqueza.
Tanto la racionalidad burocrática estatal como el negacionismo emergen como instrumentos que legitiman esta relación en el territorio amazónico. Frente a estas narrativas, resisten un conjunto de saberes locales, en muchos casos milenares, que han sido negados o marginalizados, y que proponen otra forma de vincularse con la naturaleza. Así, por ejemplo, Giraldo y Cabrera (en esta edición) nos presentan la forma en que los Kukama en Perú entienden al territorio como un ente vivo donde se tejen una red cosmológica de relaciones con los animales, espíritus y plantas. Colocando barreras conceptuales a nivel ontológico a la propia noción de extractivismo. No obstante, como discute Santos (en esta edición) el negacionismo promovido en la opinión pública también opera para borrar estas concepciones, y facilitar el avance del extractivismo.
Cabe destacar, que, en América del Sur, la extracción de recursos naturales ha sido un motor de construcción de estatalidad en el periodo posterior a las independencias como señala Mazzuca (2021). El desarrollo de presencia y capacidades estatales en el territorio amazónico está vinculado también a facilitar el funcionamiento de actividades extractivas, como muestran Molina, Pontón y Celi (en esta edición) con relación a Ecuador. Los autores presentan cómo se construye soberanía en las fronteras a través de narrativas de amenazas, que demandan una respuesta estatal, que conlleva al desarrollo de una presencia selectiva y excluyente. Esta dinámica también se reproduce en Bolivia, como muestra Lobatón (en esta edición), quien afirma que las narrativas que sustentan el extractivismo se contradicen al propio proyecto de Estado plurinacional. Estas narrativas del desarrollo también surgen en el contexto de los megaproyectos de infraestructura en Brasil, conforme presenta Wagner (en esta edición), donde el uso de metáforas geométricas y discursivas como corredores complejos arcos y mosaicos, son empleadas en el despliegue de estrategias de neocolonialismo promovidas por el Estado.
Otro motor de transformación de los territorios amazónicos, son los procesos de urbanización que se han multiplicado en las últimas décadas. La Pan-Amazonía es una región con una fuerte presencia urbana, que no está exenta de contradicciones, y que impacta de forma desigual a sus habitantes. Así, por ejemplo, Durán (en esta edición) visibiliza formas de producción espacial no hegemónicas de los pueblos indígenas en la Amazonía ecuatoriana a partir de los lentes teóricos de la urbanización residual. Esta perspectiva permite comprender formas de producir dinámicas territoriales que superan el binarismo urbano-rural, reconociendo la agencia de los pueblos originarios en la reconfiguración de la dinámica pan-amazónica. En ese sentido también, las contribuciones de Giraldo y Cabrera (en esta edición) también destacan que en el caso del pueblo Kukama, en la Amazonía peruana, los impactos de los procesos de urbanización han sido tanto materiales como ontológicos y afectivos. Por ejemplo, los núcleos urbanos quiebran con el silencio nocturno que el pueblo Kukama considera esencial para el equilibrio cosmológico con los seres no humanos. Así, como señalan los autores, comprender estas otras dimensiones permite repensar las formas de planeamiento territorial, integrando una dimensión inmaterial que contemple las agencias humanas y no humanas.
Este número también nos proporciona reflexiones sobre perspectivas metodológicas que nos permiten pensar la pluralidad en la Pan-Amazonía. Los diferentes autores reflexionan sobre estrategias específicas de producción de narrativas e imaginarios sobre la región desde la propia región. En primer lugar, el artículo “Amazonía en traducción” de Camila Arajo, Gabriela Reinaldo y Márcio Acselrad nos propone seguir el camino visual para comprender desde otra perspectiva la crisis climática en la región. Usando la semiótica de la cultura, las autoras proponen reflexionar a partir de la mirada femenina las vidas amazónicas atravesadas por el cambio climático y el racismo ambiental. La base material de esta reflexión es la obra de cuatro fotógrafas que retratan la Pan-Amazonía que usan la imagen como tecnología de denuncia.
En segundo lugar, el artículo “Soberanía Narrativa y autogestión territorial de Roque González Galván nos propone aproximarnos a las dinámicas de construcción y transformación de las narrativas sobre el territorio es la comunicación comunitaria, propuesta por [nombre autores “estrategias de comunicación comunitaria], que adentra en estrategias de construcción de soberanía narrativa para contrarrestar lo que denominan “la mirada extractiva”. Los resultados presentados muestran cómo comunidades amazónicas, usando diferentes formatos comunicacionales, las comunidades se tornan protagonistas de sus narrativas y producen estéticas post-extractivistas de reparación.
En tercer lugar, el artículo “Mapear para defender la vida” de David Jiménez García nos lleva a reflexionar sobre las prácticas de producción de cartografías y la soberanía sobre los datos producidos sobre la Pan-Amazonía. Usando tecnología abierta y un enfoque metodológico de Investigación-Acción Participativa, Jiménez presenta que la producción de datos cartográficos es también una forma de visibilización de la presencia indígena en el territorio y también una estrategia de fortalecimiento organizativo para estas comunidades.
Asimismo, proponen una reflexión necesaria sobre los accesos a dichos datos y los mecanismos de decisión sobre su divulgación fundamentales para discusiones asociadas a ciencia ciudadana y ciencia abierta. En cuarto lugar, el artículo “Voltear la canoa para que no entre el agua” de Jorge de los Ríos, nos proponen seguir el camino de la reflexión arquitectónica, desvendando las diferentes dimensiones asociadas a la construcción de la maloca del Cabildo de los Pueblos Indígenas Unidos de Leticia. A partir de la reflexión sobre la orientación y el trazado de la maloca, nos proponen entender a la orientación como un principio cosmológico y como una forma de producción de territorialidad.
El conjunto de los artículos pone en evidencia las diferentes tensiones que atraviesan las narrativas y concepciones en torno al territorio amazónico, así como sus impactos para la región. A nivel ontológico, la pluralidad étnicolingüística existente en este espacio se traduce en la coexistencia de diferentes cosmovisiones que orientan prácticas y relaciones con el territorio. Varios artículos de este número proponen conocer de una forma más detallada las cosmovisiones y prácticas de los diferentes pueblos indígenas que habitan este espacio, y cuyos saberes han sido subalternizados o negado a lo largo de los siglos. La comprensión e integración de estos conocimientos en la comprensión de la territorialidad amazónica es una forma de resaltar el protagonismo en la región. Asimismo, los diferentes caminos metodológicos para visibilizar y aprehender estos conocimientos muestran también prácticas concretas para facilitar el diálogo entre pueblos indígenas y autoridades públicas para la toma de decisiones sobre el presente y futuro amazónico.
A nivel narrativo y material, el extractivismo emerge como la principal tensión en los diferentes espacios nacionales de la Pan-Amazonía. Tanto en Brasil, Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú, el extractivismo deja sus marcas en el ecosistema amazónico, fauna, flora y seres humanos son impactados por la lógica de la extracción desenfrenada de recursos, con consecuencias muchas veces irreversibles. Los autores nos recuerdan que está es una lógica que data de tiempos coloniales, y que está asociada en términos epistémicos al proyecto de la modernidad/ colonialidad, que incorporar una visión utilitarista de la naturaleza y concepciones de la Amazonía como un espacio a ser colonizado y domesticado.
Así el extractivismo como proyecto de desarrollo se sustenta en narrativas conceptualizadas en muchos casos fuera del espacio pan-amazónico, pero promovidas dentro de él por actores privados empresariales y en muchos casos por el propio Estado, que incorpora al extractivismo como parte del proyecto nacional. Así las resistencias al extractivismo desde la Amazonia, protagonizadas principalmente por pueblos indígenas y activistas socioambientales incorporan un amplio repertorio que permita responder a los desafíos del extractivismo en diferentes planos. Esto incluye estrategias de confrontación directa, como protestas en el contexto de los denominados conflictos socioambientales, hasta estrategias indirectas comunicacionales y discursivas para contrarrestar problemas vinculados al negacionismo climático, la invisibilización de los pueblos indígenas y las propias contradicciones que la idea de desarrollo trae para la región y sus habitantes.
Como algunos de los autores presentan en este número, la resistencia al extractivismo se configura en espacios de desarrollo de una ciudadanía subalternizadas, que toma consciencia de los impactos de la presencia del extractivismo en sus territorios, y que busca caminos, estrategias y saberes para negociar, vetar y demandar cambios para la construcción de un horizonte de vida en la Pan-amazonia.
Asociada también a esta dimensión material, pero con impactos simbólicos y ontológicos, los procesos de urbanización aparecen también como un foco de tensión. Los autores de este número resaltan como los procesos de desarrollo urbano también estuvieron en cierta medida vinculados al extractivismo y marcados por una visión moderna, que ignoró las lógicas preexistentes de producción del territorio en el espacio amazónico. Cosmovisiones sobre la relación con lo no humano, formas de mapear y comprender el territorio, forma de construir y comprender las infraestructuras fueron ignoradas o marginalizadas.
Si bien los tres pilares de la sostenibilidad, con la búsqueda del equilibrio entre los aspectos económicos, sociales y ambientales, se han debatido desde la década de 1980, en la práctica, la perspectiva de gestión sustentada en la visión económica es recurrente en la selva tropical. Este punto se destaca en los primeros cuatro artículos de este número de la Revista Chasqui, donde se denuncian las limitaciones de las antiguas narrativas teóricas homogeneizadoras en cuatro países diferentes.
En la construcción de alternativas, surgen formulaciones a partir del contacto con la experiencia empírica, como las Nuevas Cartografías Sociales, realizadas en Brasil, o los nuevos mapeos de la Investigación-Acción colombiana, alineados con la premisa de Paulo Freire de que es necesario reconocer la realidad vivida para emancipar a las personas. La investigación-acción surge como respuesta a los impasses y urgencias no solo en la Amazonía, sino también en América Latina.
Desde la realidad tangible, es posible establecer contacto con los impactos de la transposición de formas de vida y producción, desde contextos industriales al contexto amazónico. El extractivismo y la urbanización son claves importantes para comprender países donde la selva tropical concentra la mayor parte de su población en ciudades, aunque esta categoría suele ser más simbólica y asociada a un imaginario, y no necesariamente algo equivalente a las ciudades históricas consolidadas de otros continentes, sino como una urbanización extensiva, investigada durante décadas por Roberto Monte-Mor (1994), como un proceso que produce un espacio urbano-industrial que va más allá de las ciudades y alcanza todo el espacio social, y se extiende a redes que penetran virtualmente todos los espacios regionales, integrándolos en mallas globales, para articular dialécticamente centros capitalistas dinámicos hacia las periferias y espacios remotos donde se explotan los recursos.
En Brasil y Bolivia, las metrópolis, a su manera, niegan su origen amazónico, como Manaos y Santa Cruz de la Sierra, mientras que, en Ecuador, la explotación petrolera promueve lo que Durán (2025) denomina urbanización residual, en corredores como el formado entre Tena y Archidona, reinterpretando las subalternidades ya construidas por la exploración petrolera, la minería y la agroindustria en Brasil y Perú.
Este dossier reúne estas experiencias para poner de manifiesto la necesidad de la pregunta: ¿hasta cuándo la selva y su población seguirán recibiendo este trato? Invitamos a los lectores y a las lectoras a responder esta pregunta a través de la lectura de este monográfico.