La urbanización residual indígena en la Amazonía ecuatoriana La urbanización residual es una propuesta teórica que se centra en la comprensión del fenómeno urbano en la región amazónica ecuatoriana. El concepto enfatiza una lectura crítica de la urbanización que emerge por fuera de la planificación hegemónica, concebida como procesos no regulados o marginalizados (Duque Fonseca, 2021), pero también como formas activas de producción espacial que tensionan los marcos dominantes de lo urbano. A diferencia de las interpretaciones limitadas de la urbanización planetaria en reconocer la coexistencia de procesos espaciales diferenciados y evitar una inclinación en presentar la urbanización como un fenómeno absoluto y omnipresente (Brenner, 2018; Brenner & Schmid, 2017). La urbanización residual problematiza dicha universalización al evidenciar la coexistencia de procesos espaciales diferenciados, incompletos y situados. Esta categoría conceptual pretende visibilizar realidades espaciales sin que necesariamente la urbanización sea totalizante y homogénea (Bayón & Durán, 2023) en regiones bioculturales como la Amazonía.
El aporte de la urbanización residual no se limita a plantear un enfoque alternativo, sino que interroga críticamente la centralidad epistemológica de lo urbano como categoría dominante, revelando que puede no ser determinante e incluso irrelevante en la configuración del espacio. Esta propuesta teórica se posiciona desde los márgenes (Morgan & Gulson, 2010), focalizando el análisis en espacios urbanos no centrales que, sin embargo, experimentan incrementos poblacionales, dinamización económica y expansión urbana, en lo que ha sido denominado “la era de las periferias” (Keil, 2018; Meth et al., 2021). Esta investigación profundiza el desarrollo teórico de la urbanización periférica residual indígena en clave a los hallazgos identificados en las dimensiones de análisis del paisaje, violencias territoriales y contestaciones sociales en la región amazónica norte, centro y sur del Ecuador.
Desde una lectura de la dinámica indígena amazónica, es posible tener un doble acercamiento a la dimensión del paisaje. Primero, la multilocalidad (Horn et al., 2023; Kennedy, 2023), como expresión de la territorialidad indígena aporta una óptica de múltiples paisajes entrelazados y por tanto de difícil fragmentación espacial urbano-rural. La fluidez de los pueblos y nacionalidades indígenas en transitar por diferentes configuraciones espaciales —la selva, las estructuras agroproductivas y los centros urbanos— se debe al desplazamiento forzoso (Bernal, 2021), la lucha por el reconocimiento legal de tierras (Alexiades & Peluso, 2016), o una característica inherente a su cosmovisión y su modo de habitar el territorio (Peluso, 2015). Segundo, la transformación del paisaje con fines de explotación de la naturaleza, por la implementación de infraestructuras viales, hidroeléctricas (de Castilho Rossi, 2021), y enclaves extractivos petroleros, mineros o agroindustriales (Feichtner, 2023). La alteración en el paisaje es parte de la memoria indígena vinculada con la explotación, la contaminación, el despojo y la resistencia.
La urbanización residual indígena se aleja del binarismo urbano y rural. Al contrario, existe una trascendencia territorial, configurada por una red de ocupaciones que articulan comunidades, áreas periurbanas y centros urbanos; sin que se produzca una ruptura entre ciudad y territorios de origen (GambaBarón et al., 2021). Estos territorios ancestrales sufren la presión extractiva del avance de infraestructuras petroleras, mineras y agroindustriales que obligan el desplazamiento de las familias hacia los márgenes urbanos, donde enfrentan dinámicas de segregación y exclusión (Scheidel et al., 2023). La movilidad producto de la violencia extractiva no necesariamente implica un fenómeno de éxodo o abandono de las comunidades. También se producen movimientos pendulares, estacionales y pertenencias entre territorios diferenciados denominado multilocalidad (Horn et al., 2023).
Existen formas de producción urbana indígena vinculadas con la multilocalidad, pero no es la única. En esta investigación se analiza también otro fenómeno identificado, se trata de la urbanización extendida de los núcleos urbanos tradicionales hasta absorber territorios ancestrales. La presión urbana obliga a las comunidades indígenas a adaptarse de manera socioespacial a la emergente área periférica con serias limitaciones en el acceso a infraestructura y servicios básicos. El avance de la urbanización dinamiza el mercado de suelo hacia territorios colectivos y entra en conflicto respecto a la propiedad de la tierra entre lo comunitario, lo privado y la legalización urbana.
De este modo, se forman comunidades indígenas urbanizadas enfrascadas en asimetrías sociales, económicas y ambientales. Las familias indígenas no acceden en igualdad de condiciones a los derechos urbanos, enfrentando discriminación en el acceso a vivienda, empleo y participación en la planificación territorial. Son violencias territoriales que atraviesan históricamente a los pueblos indígenas ligadas a las lógicas de acumulación y de poder (Salas Astrain, 2020). De ahí la importancia de identificar las múltiples violencias a las que están sometidos los indígenas en el proceso de urbanización residual. No obstante, esta colisión entre la urbanización capitalista y la cosmovisión indígena de ocupación territorial no es un proceso homogéneo de asimilación o resistencia unidimensional. Estas violencias territoriales también han dado lugar a contestaciones sociales, las comunidades indígenas reivindican su derecho a la ciudad mediante la autogestión de espacios de vivienda, la apropiación de mercados informales y la construcción de redes de solidaridad (Marek, 2020), reproducen sus formas de vida a través de la autoconstrucción, la gestión colectiva de servicios y la preservación de prácticas culturales (Varisco et al., 2019), que reconfiguran el espacio urbano amazónico.
A partir de un posicionamiento situado en la Amazonía ecuatoriana, esta investigación analiza ambos procesos de urbanización residual indígena, entendidos no como expresiones aisladas, sino como configuraciones diferenciadas de un mismo proceso de producción espacial residual. El primero ligado a la multilocalidad de la población indígena hacia el exterior del territorio ancestral. Al norte de la región se analiza las prácticas multilocales de familias Waorani que habitan entre el barrio Flor de Oriente, en El Coca ubicado en la provincia de Orellana y la comunidad de Bameno en el Yasuní. La segunda variante de urbanización residual indígena está vinculada a la presión urbana hacia territorios indígenas comunitarios. Los casos de estudio son el barrio Kichwa San Jacinto, ubicado al norte de la ciudad de Tena, en la provincia de Napo, y la comunidad Shuar de Nayanmak situada al sur de la ciudad de Gualaquiza, de la provincia Morona Santiago, ambos localizados en la región centro y sur de la Amazonía ecuatoriana.
El artículo está estructurado por la metodología que explica la elección de los tres estudios de caso en la región amazónica norte, centro y sur a través de la combinación de herramientas cuantitativas, cualitativas y visitas exploratorias clave para el contacto y la aceptación de la investigación por parte de las familias Waorani, Kichwa y Shuar. En la contextualización se pone en evidencia la coalición histórica entre los colonos y los pueblos originarios con la imposición de formas de asentamiento con la llegada de las misiones y las reconfiguraciones territoriales por la penetración de infraestructuras y economías extractivistas. En los resultados se describen las perspectivas recopiladas por los habitantes en cuanto a las dimensiones de análisis del paisaje, violencias y contestaciones. En las discusiones se pone en el centro la multilocalidad como generador de reconfiguraciones territoriales y finalmente en las conclusiones se proponen futuras investigaciones que ahonden la producción urbana desde la especificidad de las nacionalidades indígenas.
Integración metodológica mixta para comprender la urbanización residual indígena La investigación se desprende de un trabajo de campo realizado en 2024, cuyo objetivo fue comprender el proceso de urbanización indígena en la red de ciudades de la región amazónica ecuatoriana. A través del enfoque conceptual urbanización residual indígena, focalizado en las dimensiones del paisaje, violencias territoriales y contestaciones sociales, se seleccionaron tres estudios de caso. Al norte de la Amazonía, en el área urbana periférica de El Coca, el asentamiento autoproducido Flor de Oriente, habitado por familias Waorani.
En la región central, en las periferias del Tena, el barrio Kichwa San Jacinto, territorio ancestral de poblaciones Kichwas. Al sur de la región en las afueras del centro de Gualaquiza, la comunidad de Nayanmak, territorio ancestral de indígenas Shuar.
La selección de los tres estudios de caso se basó en una combinación de métodos mixtos, integrando la preselección en escritorio y visitas exploratorias en territorio. Inicialmente, se entrecruzaron los índices de urbanización amazónica (Cabrera-Barona et al., 2023; Cabrera-Barona et al., 2020) en su escala regional, el Índice General de Urbanización Amazónica (IGUA) y en su escala meso, el Índice Local de Urbanización Amazónica (ILUA). En esta etapa se seleccionaron los escenarios correspondientes a espacios donde convergen a altas mediciones de IGUA con bajas mediciones del ILUA, lo que indica la presencia de procesos de expansión periférica desarticulada en contextos de alta concentración urbana. Después, se realizó una búsqueda en internet acerca de la producción urbana indígena en clave violencias y contestaciones, en noticias, artículos y tesis.
Tras una preselección en escritorio, fue indispensable un campo exploratorio para concretar los casos finales de estudio, previa verificación acorde al escenario de análisis, y sobre todo tener la aceptación del estudio por los habitantes. Esta estrategia metodológica se aleja de los marcos epistemológicos tradicionales y promueve un diálogo con los conocimientos indígenas. Previo al trabajo de campo se consultó a líderes barriales, fundadores y habitantes quienes dieron el consentimiento a efectuar la investigación. Esto implica no solo estudiar a las comunidades indígenas, sino investigar con ellas, integrando metodologías participativas que permitan una construcción colectiva de conocimiento (Smith Tuhiwai, 2016). En vista de la urgencia de avanzar hacia investigaciones descoloniales en la disciplina de los estudios urbanos conjuntamente con los pueblos indígenas amazónicos (Bayón & Durán, 2023).
La perspectiva metodológica adoptada es interdisciplinaria, combina enfoques de los estudios urbanos, la geografía crítica, los estudios territoriales (Haesbaert, 2003) y la antropología (de Sousa Bemerguy & de Lima Oliveira, 2021). Este giro interdisciplinario fue fundamental para estudiar la urbanización indígena amazónica, hacia la comprensión de identificar continuidades y rupturas en los modos de habitar amazónicos desde los sujetos. En ese sentido se aplicaron metodologías cualitativas como etnografías móviles desde los márgenes urbanos (Reginensi, 2017), las entrevistas grupales con las familias y dirigencias barriales y la observación participante con los habitantes, combinadas con análisis espaciales basados en mapas parlantes y sistemas de información geográfica.
Este enfoque metodológico mixto permite avanzar hacia una comprensión más profunda de la urbanización residual indígena desde las propias voces provenientes del territorio amazónico en cuanto a la memoria histórica, cosmovisión y prácticas cotidianas (Chaves & Weißermel, 2024). Para ello,
Figura 1. Mapa de localización de los escenarios de urbanización residual indígena
Fuente: elaboración propia.
contar previamente con una radiografía del grado de urbanización en la región amazónica ecuatoriana identificada sobre técnicas cuantitativas estadísticas y espaciales. Adicionalmente, las trayectorias investigativas en las principales áreas urbanas facilitaron un acercamiento a las periferias urbanas y el establecimiento de contactos con los sujetos de cara a la aplicación de instrumentos cualitativos en los casos seleccionados.
Apuntes históricos de la urbanización en territorios Waorani, Kichwa y Shuar Las áreas urbanas de la región amazónica ecuatoriana no fueron creadas en un vacío demográfico, sino sobre formas de ocupación territorial de pueblos originarios que sistemáticamente fueron ignoradas y forzadas a cambiar por otros patrones de asentamientos (Sandoval Vásquez, 2022). Incluso hasta la actualidad persiste la idea de que la ocupación dispersa de los indígenas es un problema y que su solución es concentrar a la población (Calero et al., 2016; Vallejo et al., 2016; Wilson & Bayón, 2017). Con esta mirada ontológica fueron fundadas ciudades destinadas al control de recursos naturales y de la población. Los diferentes proyectos misionales mantuvieron la lógica de eliminar los asentamientos tradicionales por centros poblados estructurados a partir de la iglesia, la escuela y la plaza. La imposición de orden traducida en concentrar, urbanizar y civilizar a la población indígena, sentaron las bases espaciales para su posterior configuración en varias ciudades como El Coca, Tena y Gualaquiza.
Al Coca llega la orden capuchina en 1953, tras la creación de la Prefectura Apostólica del Aguarico. La nueva circunscripción compuesta por el Coca, Yasuní y el Aguarico avanza la evangelización sobre territorios Waorani. Los intentos de aglutinar a los indígenas estuvieron envueltos por la dispersión hacia la ribera del sur del río Napo, desplazados al interior de la selva. El posterior dinamismo petrolero es tan intenso que incluso amenaza espacios megadiversos como el Yasuní. Las comunidades Waorani resisten a la investida petrolera con iniciativas económicas alternativas como el turismo. Para ello, optan por atraer turistas desde El Coca, capital de la provincia de Orellana. A su llegada se asientan de manera temporal en barrios periféricos como Flor de Oriente, la actual zona de expansión urbana (Zárate Baca, 2021). Su ocupación multilocal tiene el propósito de conectar la comunidad, las periferias urbanas y la centralidad urbana, a través de viajes estacionales con turistas e insumos tanto para la comunidad como para la vivienda en el barrio periférico.
En el Tena se estableció la misión jesuita en 1560 con el fin de expandir la evangelización cristiana. Este proyecto largo e intermitente es la antesala para la formación del centro urbano hasta adquirir una jerarquía de capital de la provincia de Napo, robustecida por la llegada de población migrante dedicada a la administración pública, el comercio, el turismo y la minería. No obstante, más de la mitad de la población actual está compuesta por Kichwas amazónicos, seguidos de mestizos y Waoranis asentados en Chontapunta. La rápida expansión urbana en Tena está relacionada con el desarrollo de infraestructura vial (Perez Tarqui, 2024). La consolidación del eje Archidona-Tena, un tramo de la Troncal Amazónica E45 y a su vez conector de la región de norte a sur, está impulsando la conurbación entre ambos cantones. Esta presión urbana se ejerce en territorios ancestrales, como el barrio Kichwa San Jacinto. En sus orígenes fue fundado por familias Kichwas que vivían de manera dispersa y después se agruparon para autogestionar infraestructura, agua entubada y resistir a la especulación de suelo.
Gualaquiza se convierte en sede del Vicariato Apostólico de Méndez y Gualaquiza en 1893; la misión salesiana adquirió el desafío de evangelizar a los temidos Shuar. Las intervenciones de los salesianos tuvieron una gran influencia en la colonización y la elaboración del primer plano urbano del que se erigiría la ciudad (Sandoval Vásquez, 2022). Al arribo de colonos procedentes del Azuay y el consecuente crecimiento demográfico, años más tarde fue designada como capital cantonal. Desde entonces el centro urbano adquirió mayor dinamismo comercial y de servicios. El actual proceso de urbanización es hacia el sur, influenciado por la consolidación de la carretera E45, la Troncal Amazónica. Este eje estructurante conecta de norte a sur la región amazónica, atraviesa territorios Shuar en la parroquia de Bomboiza. Los habitantes aceptan la carretera con la promesa de acceder al tendido eléctrico. La primera comunidad Shuar muy próxima al área urbana de Gualaquiza se llama Nayanmak, emplazada entre la E45 y el río Bomboiza. Actualmente, en su superficie existen concesiones de minería aurífera en operación.
Resultados
Multilocalidad en la urbanización residual de los Waorani en Flor de Oriente, El Coca Una dimensión de la territorialidad Waorani es la multilocalidad, compuesta por un mosaico de paisajes que trascienden el espacio urbano periférico y se entrelazan fuertemente con la ruralidad y la selva. El mapa inferior construye una representación vibrante del paisaje, un tejido que se hilvana con sus prácticas cíclicas y multisituadas, desde la comunidad de Bameno, ubicada en el corazón del Yasuní, conectada de manera fluvial y terrestre con el barrio Flor de Oriente, localizada en los márgenes urbanos de El Coca. En el marco de la urbanización residual, esta condición no solo describe movilidad, sino una forma específica de producción territorial que desborda y reconfigura los límites de lo urbano periférico. La multilocalidad constituye un paisaje en movimiento, en transición e interconectado espacial y temporalmente por las hibridaciones materiales, funcionales y simbólicas. El territorio es un tejido vivo que integra múltiples lugares, la selva, los ríos, la chakra, las comunidades y los núcleos urbanos. La multilocalidad articula distintas territorialidades en un contexto de constante transformación, permitiendo a los Waorani sostener sus modos de vida ancestrales al tiempo que disputan su presencia en el espacio urbano.
Figura 2. Mapa de trayectorias: barrio Flor de Oriente y la comunidad de Bameno
Fuente: elaboración propia
La ocupación Waorani en áreas urbanas periféricas en El Coca es el resultado de las violencias territoriales históricas a las que se han enfrentado los pueblos originarios en el Yasuní. Un hombre Waorani relata “Prefiero vivir en ambos lados. Voy al colegio de mi hija y cuando viajo a la comunidad llevo sal, azúcar porque no hay allá, se acaba, no hay tiendas. Llevo carga de abastos, desde la ciudad llevo implementos de limpieza detergente, jabón, de la comunidad traigo yuca, verde, pescado”. La evidencia empírica sugiere que la multilocalidad es una respuesta a una forma de violencia estructural anclada en la negación sistemática de derechos y en la exclusión histórica de territorios con alto valor biocultural, permanentemente amenazados por intereses extractivos, en particular la expansión petrolera. El desplazamiento hacia áreas periféricas como Flor de Oriente constituye un acto de retorno condicionado al territorio usurpado, pero bajo nuevas formas de marginación. En estos espacios, los Waorani enfrentan no solo carencias estructurales —en salud, educación, vivienda y empleo— sino también violencias interpersonales y comunitarias asociadas al racismo, la criminalización y la presencia de economías ilícitas vinculadas al narcotráfico y la minería ilegal. Esta situación reproduce un ciclo de exclusión que se extiende desde las comunidades tradicionales hasta los márgenes urbanos, configurando una cartografía de la desigualdad profundamente arraigada en las relaciones de poder del Estado y el capital.
En ese contexto, la multilocalidad como forma de ocupación de los Waorani es una contestación social frente a la exclusión estructural. Esta estrategia multisituada mantiene la protección del territorio de origen presionado por
Figura 3. Puestos de venta de artesanías en el malecón de El Coca
Fuente: Elaboración propia
frentes petroleros y la disputa por un espacio en la ciudad en búsqueda de condiciones materiales para la reproducción de la vida. Una mujer Waorani expresa: “Yo hago artesanía, maca, shigra, pulseras, eso me trabajo [...] eso a veces me estoy en local, me voy a dejar y a veces me piden pedido y yo envío y a veces que está Bameno con pasajeros, yo envío con mis hijos para que vendan allá y vean mis hijos, con eso nomás yo vivo y mantengo a mis hijos”. Las interacciones urbanorurales estacionales generan un sistema de circulación de bienes, personas y saberes entre ciudad-selva, que fortalece la economía familiar a través de la comercialización de artesanías en la zona central de El Coca, como se observa en la fotografía, el turismo comunitario y el trabajo temporal en el entorno urbano. Esta doble permanencia abre las oportunidades de acceder a servicios de salud, educación y trabajo. Por todo ello, la multilocalidad reivindica la subsistencia familiar comunitaria no solo en la ciudad, sino también en la comunidad. Representa una praxis territorial que desafía los límites impuestos por el modelo de desarrollo dominante y reafirma su derecho a habitar múltiples mundos desde una lógica propia.
Figura 4. Mapa de trayectorias: Barrio Kichwa San Jacinto, Archidona, Tena, Santa Clara y Puyo
Fuente: elaboración propia
Expansión urbana sobre el barrio Kichwa de San Jacinto en Tena La presión urbana hacia San Jacinto evidencia una forma particular de territorialidad, que puede leerse como una expresión de urbanización residual, donde la expansión urbana no sustituye plenamente las lógicas territoriales indígenas, sino que se superponen y entra en tensión con ellas. Además, está marcada por la multilocalidad, entendida como una articulación simultánea de lugares en las trayectorias de vida de sus habitantes. La transformación del paisaje —de un entorno poco intervenido, caracterizado por vegetación densa, ríos limpios y una morfología territorial orgánica— hacia una configuración urbanizada coincide con la construcción de la Troncal Amazónica. Así lo expresa uno de los fundadores de San Jacinto “Yo me acuerdo que cuando yo era chiquitito, el puente era de madera [...] El camino era bien cerrado, no había carretera, cuando se abrió lo del petróleo en Nueva Loja, tuvo también su influencia acá, porque las carreteras se empezaron a abrir”. Este cambio, a la vez que reconfigura materialmente el espacio, facilita la multilocalidad. El mapa de trayectorias representa la alternancia de las familias Kichwas entre la ruralidad para desarrollar prácticas agrícolas en sus chakras y la centralidad urbana para desempeñar labores temporales en sectores como la construcción, la hostelería o el transporte. La espacialidad del barrio se convierte en un ensamblaje híbrido, en el que conviven estructuras urbanas compactas con parcelas agrícolas familiares. Este patrón de ocupación y movilidad refleja una lógica territorial relacional, donde el paisaje es vivido y significado más allá de sus dimensiones físicas, integrándose en la cotidianidad a través de prácticas laborales, simbólicas y familiares interconectadas.
La pérdida progresiva del territorio comunal en San Jacinto constituye una expresión clara de violencia estructural que socava los derechos territoriales de los pueblos indígenas. El relato de un dirigente manifiesta: “A inicios tuvimos problemas con los mestizos que llegaron. Hubo engaño con bebidas alcohólicas, disputa de tierras, avasallamientos, antes era más grande la superficie de la comunidad, fuimos avasallados por los colonos”. La presión ejercida por agentes externos para la apropiación del suelo y la expansión de la mancha urbana continuó con el eje carretero Archidona-Tena, ha generado una reducción significativa del espacio colectivo Kichwa. Frente a ello, la población inició un proceso de regularización según los marcos legales urbanos, que promueven una readecuación morfológica y la fragmentación del territorio con el cambio de propiedad colectiva hacia la propiedad individual. Esta transición todavía inconclusa implica una sujeción a un sistema desigual de obligaciones fiscales, en el cual pocas familias asumen el pago de impuestos por la existencia de una única escritura global. La ambigua situación legal del barrio limita su acceso a proyectos urbanos, afectando negativamente la provisión de infraestructura básica, servicios públicos y equipamientos. Estas condiciones perpetúan un ciclo de marginalización estructural que profundiza la desigualdad territorial.
La organización comunitaria es un contrapeso a la exclusión social a la que se ve sometida la población Kichwa. A partir de la unión de familias que vivían de forma aislada lograron una serie de contestaciones colectivas relacionadas con la autogestión y acción colectiva. Uno de los fundadores recuerda: “Y otros vivían más abajo otros más adentro y ahí vienen saliendo poco a poco […] ya se fueron consolidando aquí. Es muy interesante la conformación unidos aquí todos en un centrito. Unimos ya todas las familias”. Mediante liderazgos locales y una fuerte voluntad comunitaria, los habitantes lograron la construcción de áreas recreativas, el centro de educación inicial y la casa comunal (ambas visualizadas en la siguiente fotografía), mejoras en la vivienda, conexiones eléctricas y redes de agua canalizada. Estos logros han sido posibles gracias a estrategias de articulación con instancias gubernamentales que, aunque parciales, facilitaron el acceso a recursos materiales, técnicos y financieros. La participación activa de los vecinos, a través del uso de su propia mano de obra y recursos económicos, ha sido crucial en la materialización de estos proyectos. Esta praxis colectiva remite a formas ancestrales como la minga, el manejo de la chakra y la celebración de festividades, reafirmando la continuidad cultural Kichwa en el contexto urbano. Así, la organización comunitaria actúa como mecanismo de resistencia territorial y afirmación identitaria frente a la exclusión.
Figura 5. Gestiones comunitarias de la casa comunal y el centro de educación inicial
Fuente: elaboración propia
Interacciones urbano-rurales de la comunidad Shuar de Nayanmak en Gualaquiza Desde la mirada de la población Shuar de la comunidad de Nayanmak, el paisaje tiene profundas transformaciones asociadas a las dinámicas infraestructurales y extractivas. Estas transformaciones dan cuenta de una urbanización residual impulsada por infraestructuras y economías extractivas que fragmentan el territorio sin integrarlo plenamente a las lógicas urbanas formales. La construcción y expansión de la Troncal Amazónica E45 ha inducido un proceso de fragmentación espacial de la comunidad, separando su tejido territorial entre el margen norte, próximo al río Bomboiza, y el sector sur, caracterizado por la presencia de serranías y cascadas que poseen un alto valor simbólico y espiritual, especialmente en el sector nombrado La Cascada. No obstante, esta vía es funcional en la conexión longitudinal con el centro parroquial de Bomboiza y la centralidad urbana de Gualaquiza. Así lo expresa un hombre Shuar: “Nosotros nos dirigimos por medio de transporte, ya que tenemos la vía interoceánica, nos transportamos para sacar los productos, igual con eso. Aquí nosotros nos mantenemos en la producción y el campo más agricultura, ganadería”, dinamiza
Figura 6. Mapa de trayectorias: La Cascada de la comunidad de Nayanmak, Gualaquiza y Pumpuis
Fuente: elaboración propia
la histórica multiactividad de las comunidades con el centro urbano, en cuanto a la comercialización de productos agrícolas. En simultáneo, el avance de la explotación de oro está alterando el paisaje por la creciente deforestación, la modificación del curso del río Bomboiza y su consecuente degradación del suelo y agua.
La inserción de la infraestructura vial y la expansión minera hacia la comunidad Shuar es parte de la violencia estructural que replica lógicas colonizadoras, al tiempo que genera efectos ambivalentes en la economía local. Las concesiones mineras se sobreponen a los territorios ancestrales y arremeten intervenciones con consultas parciales. Las mineras recurren a acuerdos individuales con las familias para el arriendo o venta de tierra para su explotación. Aunque las actividades extractivas pueden generar ingresos inmediatos y empleo temporal, los testimonios recogidos en la comunidad evidencian que dichos beneficios son efímeros y están marcados por la incertidumbre. “Entonces, yo nunca le he visto que la minería es desarrollo. Hablan mucho de desarrollo. Yo no le veo desarrollo. Porque yo tengo a mi cuñada, vendieron siquiera unas veinte hectáreas [...] tenían plata, yo decía que quisiera esa plata. Ahora ya están más quebradas que nunca” es uno de los relatos de un hombre Shuar. El deterioro de parcelas agrícolas —antes productivas para el autoconsumo familiar— y la pérdida de capacidades locales de autosustento acentúan la dependencia del mercado urbano. En este sentido, la relación con la ciudad de Gualaquiza se presenta de manera ambigua: por un lado, es el centro
Figura 7. Familias Shuar comercializan sus productos afuera del mercado central de Gualaquiza
Fuente: elaboración propia
de intercambio y comercialización agrícola; por otro, reproduce relaciones desiguales, como se observa en la fotografía inferior, la inexistencia de puestos de venta para los productores Shuar, quienes deben instalarse alrededor del mercado.
Frente a estos procesos de despojo y marginación territorial, la comunidad de Nayanmak ha desplegado formas activas de contestación social mediante la consolidación de su estructura organizacional. La presencia de autoridades territoriales en cada unidad de asentamiento, así como el liderazgo ejercido por mujeres y hombres comprometidos con las causas colectivas, ha fortalecido la capacidad de gestión comunitaria y la interlocución con instancias gubernamentales. La lideresa del sector La Cascada de la comunidad de Nayanmak comenta una experiencia: “Ahí sí empezamos a luchar. Desde la multicancha, el ingeniero nos dio ya la multicancha y todo. Y después también nos ofreció darnos el espacio cubierto. Estamos en esto. Nos ofreció el agua entubada. También nos dio el municipio el agua entubada”. Esta articulación ha permitido acceder a proyectos de infraestructura, educación, agua potable y espacios recreativos, a través de mecanismos basados en la deliberación y el consenso. La comunidad ya sea a través de su estructura organizacional en las distintas escalas territoriales o por líderes que se movilizan por la ciudad local y la capital del país, crean lazos sociales dirigidos a la construcción de confianza y reciprocidad, con autoridades del gobierno local y representantes políticos para coadyuvar los proyectos de la comunidad. La articulación con organizaciones sociales y políticas indígenas es un canal para la ejecución de proyectos y programas sociales en la comunidad.
Discusión final
Los resultados obtenidos permiten identificar que, aunque los tres casos analizados responden a contextos diferenciados, todos se inscriben en dinámicas de urbanización residual que operan mediante lógicas distintas pero comparables: la multilocalidad en el caso Waorani, la presión urbana sobre territorio comunal en el caso Kichwa, y la fragmentación infraestructuralextractiva en el caso Shuar. Esta lectura comparativa permite problematizar la urbanización residual no como categoría homogénea, sino como un campo de variaciones territoriales situadas.
Referente a la dimensión del paisaje se identificaron territorialidades indígenas amazónicas con ritmos de vida transitorios. El hallazgo de la multilocalidad como una característica de habitar el territorio, muestra múltiples paisajes que entrelazan actividades, conocimientos y memorias que se hilvanan, superponen y complementan. En los testimonios recopilados sobresale la multilocalidad como modo de vida para su reproducción, en tanto produce paisajes heterogéneos, compuesto por objetos, acciones y significados. Existen territorialidades entrelazadas en la dinámica Waorani por la multilocalidad, relacionada con la salida forzosa de su comunidad en la búsqueda de mejores condiciones de vida y la protección de su territorio. En la dinámica Kichwa se entrecruzan prácticas de multilocalidad y multiactividad, varias familias que se dedican a la agricultura viajan a sus fincas por fuera del barrio; en el caso de la multiactividad está ligado a las ocupaciones temporales en los centros urbanos que pueden ser con fines de estudio o trabajo en la construcción, hostelería, transporte, comercio, entre otros. La dinámica Shuar de la comunidad de Nayanmak está más asociada a la agricultura y su comercialización en el mercado urbano. Estas diferencias identificadas dejan entrever que las territorialidades indígenas están ligadas a la multilocalidad y/o multiactividad.
El paisaje en movimiento se expresa en los relatos recuperados en términos espaciales y temporales. Así se refleja en las percepciones vinculadas con la transformación territorial, el espacio-tiempo van de la mano, en la memoria afloran recuerdos del pasado y el presente para la explicación de la reconfiguración de la territorialidad, entre esos objetos que alteran los paisajes sobresalen las infraestructuras, las carreteras, mucho más marcada en la comunidad Shuar que vivió la fractura de su territorio con la llegada de la Troncal Amazónica. Mientras que la población Kichwa de San Jacinto la construcción de la carretera lo asocia con el boom petrolero y sus efectos con la llegada de la urbanización hacia su territorio. En ambos casos se resalta que la vía facilita el transporte. Otra modificación del paisaje es la minería aurífera que fue descrita por varios habitantes de Nayanmak, al respecto surgen opiniones a favor y en contra de la actividad. Entonces, es posible argumentar que la alteridad del paisaje en la percepción indígena está asociada a las infraestructuras viales, la minería y la urbanización.
A los paisajes percibidos por los indígenas se adhieren violencias estructurales como el desplazamiento forzoso hacia el espacio urbanizado en la búsqueda de mejores oportunidades y accesos a derechos marginados en la comunidad originaria. Es una violencia territorial que excluye históricamente a los sectores oprimidos independientemente de la espacialidad urbana-rural. El acceso a suelo para viviendas se da en zonas periféricas, marginadas de prestaciones sociales, empleo y vulnerables al latente crimen organizado. Es ahí que se produce la urbanización residual indígena, producto de la multilocalidad que implica trascender la espacialidad de la comunidad hacia la ciudad, en esa búsqueda de acceso a derechos sociales la opción es el asentamiento en las periferias urbanas como contestación a la violencia sistémica. En el caso de los Waorani que salen de Bameno y llegan a Flor de Oriente, la exclusión no finaliza al salir del territorio de origen, se sigue reproduciendo en la ciudad que los expulsa de los centros urbanos y los relega hacia sus áreas de expansión periférica, desatendidos por políticas que tengan en cuenta sus especificidades e ignorando el rol que desempeñan en la ciudad.
En el caso de San Jacinto la modificación del paisaje por la Troncal Amazónica es un vector para la urbanización y la reproducción de la violencia estructural vinculada con la pérdida territorial por el avasallamiento de tierras por colonos que operan bajo mecanismos coloniales del engaño y la especulación inmobiliaria. A ello se suma la rigidez de normas urbanas que exigen una regularización del barrio Kichwa San Jacinto para su reconocimiento formal y la obtención de proyectos públicos. La violencia estructural está presente en relegar la legitimación de los derechos territoriales y negar formas distintas de organizar y administrar el territorio sujetas a normas urbanas legales homogéneas. Este sometimiento a legislaciones urbanas implica una demora en la resolución del proyecto urbano del barrio, lo que ocasiona tensiones y asimetrías internas sobre el pago de impuestos que denota una ambigüedad entre la formalidad-informalidad. En el caso de la comunidad de Nayanmak se entrecruzan la infraestructura vial y la minería de oro, en la representación del paisaje que divisa las violencias territoriales que son inherentes al modelo de acumulación capitalista basado en el extractivismo de la naturaleza a costa de la destrucción del territorio. Una violencia estructural basada en la sobreposición de concesiones mineras sobre territorios indígenas por las instancias gubernamentales estatales, y la manipulación hacia las familias con falsas promesas de activar el desarrollo por las empresas mineras. Una violación al derecho territorial por saltarse la consulta y el consentimiento previo libre e informado.
A la violencia territorial ejercida a los pueblos y nacionalidades indígenas amazónicas marcadas por la exclusión, surgen resistencias contestatarias que fueron recopiladas de la propia voz de mujeres y hombres indígenas en movimiento. La multilocalidad es una contestación para el sostenimiento de la vida y los territorios indígenas. En los casos estudiados se identificaron dos variantes de ocupación espacial asociadas a la multilocalidad. En el primer caso se trata de salir de la comunidad, pero sin que implique su desconexión total, por lo que se produce una dinámica de dispersión de adentro hacia afuera constante. En el segundo caso ocurre a la inversa, se trata de una concentración hacia adentro con la finalidad de proteger la demarcación territorial frente a la intensificación del mercado de suelo con la consolidación de un eje troncal de orden regional. A partir de las reconfiguraciones espaciales materializadas desde la cosmovisión indígena de salvaguarda de sus territorios frente a las vulneraciones vividas, se produce la urbanización residual por fuera de los marcos normativos urbanos como resistencia y agencia territorial.
En ese sentido, la urbanización residual indígena es una construcción colectiva y paulatina, en la que convergen liderazgos barriales, la voluntad colectiva y la organización comunitaria para lograr prestaciones sociales públicas. Ese proceso no implica una urbanización total o sujeta al modelo urbano dominante occidental, sino una imbricación de conocimientos tradicionales, culturales, costumbres, prácticas agrícolas, modos de convivencia que se adaptan y combinan con la morfología, actividades y modos de vida urbano. En los tres casos analizados se identificaron estas adaptaciones socioespaciales que escapan de representaciones estáticas. Las familias Waorani se abastecen de insumos de la ciudad difíciles de acceder en la comunidad. Mientras que las familias Kichwa combinan morfologías espaciales compactas con áreas destinadas a la chakra para el autoconsumo. Respecto a las familias Shuar se articulan políticamente con autoridades y políticos de las esferas locales hasta nacionales para la concreción de obras públicas.
Reflexiones finales La multilocalidad como hilo conductor de la urbanización residual indígena Esta investigación introduce la noción de la urbanización residual indígena estudiada no solo como categoría descriptiva, sino como herramienta analítica que permite tensionar los marcos dominantes de comprensión de lo urbano en contextos amazónicos. A través del análisis de las dimensiones del paisaje, violencias territoriales y contestaciones sociales emergieron categorías clave para la comprensión del proceso urbano. Una de ellas es la multilocalidad y multiactividad que desafía las lógicas convencionales de ocupación urbana fijas, delimitadas o lineales. De modo que se abran futuras investigaciones que amplíen el enfoque de la multiterritorialidad por fuera de los marcos tradicionales de la migración o el éxodo rural. El estudio de la multilocalidad merece mayor profundidad analítica en cuanto a su incidencia en la producción de espacialidades híbridas, que rompen con la dicotomía urbana-rural y denota la multiescalaridad. La identificación de la multilocalidad como ritmo de vida de las familias indígenas aporta con una visión propia del paisaje entendido en movimiento no sólo espacialmente, sino temporalmente, según las trayectorias y las múltiples actividades que realizan a modo de complementariedad en varias locaciones —multiactividad— tal como expresaron las voces indígenas que participaron en el trabajo investigativo.
Es así que la multilocalidad y la multiactividad son conductores de la producción de la urbanización residual indígena como respuesta que reivindica su permanencia territorial como sujeto originario del territorio amazónico que disputa retornar, proteger y desenvolverse frente a la violencia estructural y sistémica de exclusión, forzadas a establecerse en formas de ocupación territorial ajena a sus modos de vida y relacionamiento con la naturaleza. La imposición colonial de asentamientos se da desde los tiempos de la intervención de las misiones religiosas bajo la figura de las reducciones. A estas formas de ocupación dominantes se suman la reconfiguración territorial, en su momento por el boom petrolero y actualmente por el boom minero. Por otro lado, las normas urbanísticas pensadas desde otras regiones como la Sierra, para blancos y mestizos, son inflexibles y reproducen imposiciones a las comunidades indígenas que atraviesan adaptaciones socioespaciales tal como se evidenció en este estudio.
Finalmente, la urbanización indígena en la Amazonía ecuatoriana no es un fenómeno reciente, el sujeto indígena siempre ha estado presente en la producción urbana, desde tiempos precoloniales, coloniales y contemporáneos. Los resultados de esta investigación permiten cuestionar las lecturas que subsumen estas dinámicas bajo categorías urbanas generales, evidenciando que la urbanización indígena constituye un proceso situado, históricamente configurado y políticamente disputado. Esta investigación aporta en visibilizar las particularidades de la configuración urbana-rural que escapan de las formas convencionales y blanqueadas. Dado que existe una composición diversa de los pueblos y nacionalidades indígenas, es preciso profundizar más estudios y al mismo tiempo otorgar mayor especificidad para no recaer en generalidades y homogeneización. Más al contrario, indagar la producción del espacio en relación con sus propias ontologías, cultura, lengua, bagaje histórico y contextualización actual, de modo que pueda contribuir en el robustecimiento teórico y metodológico alrededor de la urbanización residual indígena. En este sentido, más que una excepción, estas formas de urbanización revelan los límites de las teorías urbanas hegemónicas y abren la necesidad de marcos analíticos que reconozcan la pluralidad de formas de producción del espacio.